
Crónica de Florencia
Durante un mes, la escritora vivió como en un film de James Ivory. Se alojó en un convento de la ciudad italiana, vio obras de arte, visitó villas centenarias y rastreó historias para sus libros. La música sacra y la profana marcaron sus días
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Para LA NACION
Florencia. El nombre guarda para mí casi treinta años de breves o largas estadías que han adquirido ya un carácter hogareño. Quizá porque los argentinos sufrimos de una suerte de orfandad congénita, las amistades son familia de sangre y la mía en este rincón de Italia es Anna, mi amiga florentina, a quien visito con regularidad desde hace décadas. Debía suceder alguna vez que ella no pudiera alojarme y ocurre ahora, cuando llego con el propósito de apuntar notas para un libro sobre los escritores ingleses que hicieron de Florencia un escenario de novela. Pero mi proyecto no se frustra. Anna consigue un sitio que califica de "humilde pero útil para escribir tranquila". Más que tranquila. Mi cuarto propio es un convento. Del siglo XV. En pleno centro histórico.
Como en el libro de E. M. Forster, es "un cuarto con vista". Da a un barrio que encierra la loggia de Brunelleschi en el Hospital de los Inocentes, la Iglesia de la Santissima Annunziata, la Academia, donde el original del musculoso David de Miguel Angel parece protestar contra un cielo raso demasiado bajo mientras su copia toma aire en la gran Piazza della Signoria. Da al Museo Arqueológico, con los enigmáticos antepasados etruscos de la población recostados en sus divanes funerarios, y a un laberinto de callecitas hondas que corren entre palacios e iglesias con puertas abiertas a innumerables obras maestras. En el fondo de la antigua Via Lunga o Calle Ancha, se alza la cúpula del Duomo. ¿Todo esto es mío? Sí. También la habitación que me han dado las monjas, la número 1. Tengo terraza propia, el claustro abajo con las palmeras de rigor y verdes bancos de plaza, la pileta de mármol renacentista, las rosas que se cortan diariamente para el altar de la capilla, y adentro, el lujo de un escritorio y lámpara flexible, estantes para libros, la luz de la ventana con malvón y cortinas de macramé. Me pregunto si mi Ángel de la Guarda, que juzgaba literario y viajero, no se me ha vuelto religioso y quiere convertirme con regalos como este. Un otoño perfecto, un silencio de torre y solo un puñado de turistas sueltos.
El primer día cumplo con la superstición de los viajeros solitarios. Una cábala contra el mal tiempo es buscar un sombrero de paja de Italia en el Mercado del Porcellino; la segunda es visitar el oratorio de San Martino al Vescovo para garantizar mi regreso a Florencia, como hace un año me prometió la señora que cuida la capilla si compraba la flor de hilo rojo, imitación de la que se colgaba, siglos atrás, en las llaves de hierro de los cofres. Compré y he vuelto. San Martino merece el oscuro respeto de mi credulidad.
La iglesita no es fácil de encontrar. Está oculta por la vecina y teatral Casa del Dante, que atrae regimientos de veneración turística, pero su singularidad no es el escaso tamaño ni la tradición que cuenta que ahí se casó Dante Alighieri con Gemma Donati en 1295. Es el propósito concretamente terrenal, el indestructible cimiento del que se eleva la espiritualidad artística de Florencia, lo que le dio el nombre por el que se la conoce: Oratorio de los Pobres Vergonzosos .
Pobres nunca han faltado, pero estos para cuya asistencia se creó en 1432 la cofradía de los Buonomini habían sido muy ricos. La tumultuosa vida política toscana, con sus guerras, asesinatos, torturas y ejecuciones sangrientas, hoy callada en la paz y en la belleza de los monumentos, habla para los ojos en la pintura de sus artistas, la denuncia o celebra. Aquí son los frescos de Ghirlandaio el diario de una situación y sus fotografías periodísticas. Los pobres de San Martino, antes prominentes ciudadanos, caídos en desgracia, confiscados sus bienes por los cambios de mano del poder, se muestran recibiendo ayuda. Y la calidad de esa ayuda es la que viene dando a Italia su mayor atracción para los extranjeros: el amor de la buena vida. Porque a los desposeídos de Ghirlandaio, cuya vergüenza consiste en la imposibilidad de mendigar, se les entrega vino, pollos, telas para sus trajes. No un mendrugo de pan. Como diría Voltaire, cuando exiliado y sin recursos lo acusaron de conservar cuadros carísimos: "Para el pobre, lo superfluo es lo necesario". ¿Por qué los perseguidos del gobierno de turno debían vestir harapos y privarse del chianti secular?
La iglesia de los Pobres Vergonzosos también dejó un proverbio que hoy se usa: "Estar reducido a la velita". Si los fondos de la congregación se agotaban, en una cruz de la puerta se encendía una vela. Era el aviso de que los caminantes debían colaborar. Leo en una placa de mármol la siguiente inscripción: "Cuando uno da limosna a los Pobres Vergonzosos, compra dos mil ocho años de indulgencias". Dejo la mía. Dos mil años de perdón por mis pecados me parece justo. Los otros ocho me llenan de perplejidad. ¿Serán un plus por los que voy a cometer a partir de hoy? El crédito extra y corto me hace ver que los hombres de la Cofradía no eran solo buenos; eran sabios.
¿Quién vive en el piso alto del número 28 de mi calle? En mi primera semana, formulo la pregunta. Ocurre así.
Mi jornada en el convento empieza en el Refectorio, a oscuras. No importa en qué lugar del mundo me halle, me despierto entre las cinco y las seis, cuando no hay nadie a la vista. Las hermanas (debo tener un alma monacal) a las seis ya están en la capilla, oyendo misa que da un cura joven y buen mozo, Dios me perdone la frivolidad. Bajo en puntas de pie y entro en el vasto comedor con el fresco de La Última Cena , de Matteo Rosselli.
Las suore dejan las jarras de café y té y las canastas de pan y dulce listas antes de orar. Pero no encienden la luz hasta las siete y muero de ganas de un café. De mis ocho años de indulgencias gasto uno en meterme sin permiso y en servirme una taza, que tomo mientras oigo el dulce canto de un salmo y la plegaria de mi infancia: "Ave María, llena eres de gracia..." Luego escribo mi diario y salgo a la terraza a fumar un cigarrillo. Es entonces cuando me alcanzan las notas de un piano. La melodía sobrevuela los tejados rojos del barrio, se posa en el claustro, se detiene y se aleja. La curiosidad me lleva a la calle. ¿Hay un conservatorio cercano? No. El único es mi convento. La placa en el frente dice Conservatorio pero se refiere a "conservar" la virginidad de las muchachas que se alojan aquí. No las de hoy, claro. En el siglo XXI, apenas las tienen zumbando en cuanto a horarios de entrada y salida y el orden de sus habitaciones. Pero mi pianista secreto y excelente se convierte en una compañía. Durante las semanas que siguen, aprenderé a distinguir en su práctica la inspiración y la frustración, los gritos y susurros de teclas invisibles. La música rebota contra las paredes de los palacios enfilados, los acaricia, se interrumpe, diluyendo el origen. ¿Viene del número 28? "En el fondo de la antigua Via Lunga, se alza la cúpula del Duomo. ¿Todo esto es mío? Sí, también la habitación que me han dado las monjas, la número 1. Tengo terraza propia, el claustro abajo, con las palmeras de rigor y verdes bancos de plaza, la pileta de mármol renacentista, las rosas que se cortan diariamente para el altar de la capilla"
Pocas veces puedo escucharla entera, entre el paso del tram y la bulliciosa salida de los chicos de la escuela secundaria de enfrente, que está a metros de donde Jacopo Pontormo, el gran pintor, levantó su casa con un primer piso al que subía con una escalera de mano, que retiraba para evitar interrupciones. ¿Quién vive en el número 28? No importa. En un barrio siempre se hacen amigos. Como los artistas Pontormo, Andrea del Sarto y Franciabigio. Están a unas tres cuadras, en los frescos del Pequeño Claustro que antecede al templo de la Santissima Annunziata. Cada mañana los visito, antes de tomar mi segundo café en el Due Fontane, en un ángulo de la vasta plaza.
Las vidas de los pintores de Giorgio Vasari, esa obra maestra de biografías de artistas del Renacimiento, escrita a mediados del siglo XVI por un testigo apasionado y comprometido, me es tan familiar que hasta fui a su casa en Arezzo, conmovida por la modestia de las estancias que un dueño orgulloso de su prosperidad exhibía como un palacio, con retratos de sus amigos en las paredes, entre ellos Miguel Angel, su mentor e irónico corresponsal desde Roma. Siempre atento a las injusticias sufridas por sus colegas, Vasari describe a Andrea del Sarto como "tímido, de poco carácter". El caso es que tanto Pontormo como Del Sarto, muy pobres, entre 1513 y 1514 hicieron esas maravillas casi gratis, estafados por un astuto fraile de la congregación de los Siervos de María. Franciabigio también se enojó con el monje, su furia puesta en el martillo con que rompió la cabeza de la Virgen en su fresco de los esponsales. La sagrada novia sigue descabezada ya que -también sagrado esprit de corps - ningún pintor aceptó repararla. Sin rencores, el amable Andrea está enterrado aquí, su vida cotidiana aflora en escenas evangélicas: un amigo, el viejo Andrea della Robbia con bastón, un hijo rubio y delicado en un milagro de resurrección, un perro, un vecino dormido como un tronco mientras nace la niña que será madre de Jesús. La delicadeza de los colores, los pliegues naturales de la ropa están vivos como el momento en que los pintó. Como este momento, en que entro en la iglesia para escuchar la misa que transcurre, íntima casi, de espaldas al altar, en la capilla de la famosísima Annunziata, la Madonna del 1300 que según la leyenda iluminó en un sueño al fraile anónimo que la diseñaba, dándole el rostro que eludía al artista. No creyente, me parece una descortesía eludir la ceremonia para la que trabajaron mis amigos del claustro con tanto desvelo y termino por ir a misa todas las mañanas, como mis monjas el domingo.
Siempre me gustaron los niños, al natural. Pero en arte, mis elegidos son los de Andrea della Robbia y de su escuela, en terracota vidriada, una técnica que él inventó para darles colores perfectos. Los doce bebés en pañales de los tondi o medallones que decoran el fronstipicio del Hospital de los Inocentes están fajados hasta la cintura, según la costumbre de la época, inclusive los brazos, sueltas las vendas para que puedan abrirlos en una actitud suplicante.
Los Inocentes fue el primer orfanato a gran escala en la ciudad, fundado y pagado por el Gremio de la Seda, al que pertenecía Brunelleschi, en 1412. Junto a la entrada, está La Ruota , la ventana atrás de la pila bautismal en que madres o padres abandonaban al recién nacido de noche y una campanilla despertaba a la mujer vigilante, quien recogía al niño. Los huérfanos eran criados y educados hasta los quince años, cuando salían para trabajar, los varones, en un taller o en el campo; las niñas, en las casas, o ser adoptados por familias prominentes. El tesoro de información de los archivos de la ciudad conserva un dato a sotto voce : los esclavos importados en la Toscana entre 1363 y 1450. Las causas de esta sombría regresión a la Edad Media fueron la peste de 1348, que mató a la mitad de la población, y el prodigioso desarrollo del comercio italiano en Oriente. Sin mano de obra, los priores de Florencia debieron firmar un poco cristiano decreto para autorizar la compra de esclavos "siempre que fueren de origen infiel". Marinos genoveses los raptaban, los padres los vendían.
Desdichados jóvenes, niños griegos, tártaros, rusos, búlgaros, pasaban del mercado internacional de Alejandría a Génova, Pisa y Venecia, a razón de quince mil por década. Las niñas de entre once y doce años eran las más pedidas. Se las marcaba con tajos en la cara o con tatuajes en la mano para reconocerlas en caso de fuga. Le rosse , es decir las de Rossia , Rusia, eran preferidas por su hermosura y docilidad. Pero por el Código de Justiniano, los nacidos de esclavos eran libres y los amos se deshacían de ellos dejándolos en el Hospital de los Inocentes. En una sola generación, esta sangre extranjera se mezcló con el linaje toscano. En los frescos de la Capilla Brancacci, el gran Masaccio dejó una inolvidable mujer de turbante y ojos orientales con un niño en los brazos, quizá un futuro integrante de las scuole de arte.
"Hoy, jueves, estuve a punto de morir", he apuntado en mi cuaderno. Maña de un cerebro que tiene grabado Buenos Aires a fuego, para mí las calles angostas son de una sola mano. Crucé atenta a un ómnibus que venía por mi derecha. No vi el de la izquierda. Sentí el metal contra mi brazo como un gato chocándome. Un gato amarillo, enorme, silencioso: el tram número 6. No, mi vida no desfiló ante mis ojos. Solo el sentido porteño del ridículo. Yo había paralizado a los transeúntes, gente de ojos con espanto, bocas abiertas. Ni siquiera el chofer del tram dijo nada. Durante eternos segundos, me miraron callados. Creo que como vivía en un nido de ángeles y madonne protectores, alguno que pasaba me salvó. El golpe de la trompa del bus no fue más duro que los bigotes de un felino, pero qué susto, pensar que hubiera muerto sin recorrer las villas donde paraban los escritores del siglo pasado. Y esa misma tarde, por si las moscas u otro tram , fui al Cementerio de los Ingleses, donde está la tumba de Elizabeth Barrett, la autora de Sonnets from the Portuguese , la dueña de Flush , el perro cocker que en el libro de Virginia Woolf cuenta la perfecta historia de amor de la poeta inválida con otro poeta, Robert Browning. También arrebatados amantes de Italia, a la manera de Stendhal, en 1846 se instalaron en Casa Guidi, frente al Palazzo Pitti, adonde llegaron huyendo del padre de Elizabeth, que les prohibía casarse. Pero el camposanto no es su sitio. La muerte en estas vidas fue un detalle menor, aunque a la necrofilia victoriana le hubiera encantado el nombre que hoy le dan al lugar: Isla de los Muertos. Porque la obra vial que en el siglo pasado arrasó con muros medievales y joyas arquitectónicas para abrir la avenida de circunvalación, dejó el cementerio inglés empotrado en asfalto, como una piedra en un anillo de autos y de motos. Más justo que una lápida es el mármol que cita, en Casa Guidi, estos versos de Browning: "Oh mundo como Dios te ha hecho,/ Todo es tan bello y saberlo es amor, y amor la obligación./ Qué más puede pedirse". Ahí nació el niño de los dos. "Mi hijo es italiano", escribió Elizabeth con orgullo, en el oscuro piso desbordante de libros. Nada de villas para gente feliz.
En 1877, Henry James, huésped vitalicio de Florencia, comentó: "Si uno es extranjero, la mitad de la conversación es sobre las villas. Esta tiene una historia, aquella tiene otra. La mayoría se alquila y un alto número está en venta, a precios extrañamente bajos. Su vastedad, su masa han tomado un cierto aire irrisorio por contacto con su actual destino. No se las construyó con esos muros tan gruesos, esas escaleras tan imponentes, solo para ofrecer a familias inglesas y norteamericanas una barata residencia de invierno". La frase "cierto aire irrisorio" engloba exactamente el matiz de frivolidad de buena parte de los residentes anglo-americanos de entonces. Una aristocracia decadente, una burguesía con aspiraciones de nobleza como la de Evelyn Waugh, que en sus libros casi parafrasea la sentencia de Scott Fitzgerald: "Los ricos son diferentes", a la que contestó Hemingway: "Sí, tienen más plata". Chismes, lujos, mezquindades, una actitud peyorativa con los nativos, que estos retribuían llamando "inglés" a cualquier extranjero estrafalario, surcaban este mundo de privilegios debido al poder cambiario de la libra esterlina. Pero hasta en la pavada el arte es una salvación y una franja imponente de talentos y genios literarios, de estudiosos coleccionistas de arte y de materiales de ficción dieron los hilos más fuertes de la trama británica. En las Memorias de un esteta de Harold Acton, nacido en Florencia de padres millonarios, dueño de La Pietra, una de las magníficas villas mediceas, la fiesta interminable y "el aire irrisorio" conviven con una frenética laboriosidad. Consagrados o aspirantes al éxito, los escritores en villas propias o ajenas, como Edith Sitwell, Somerset Maugham, Henry James, Edith Wharton, Sinclair Lewis y tantos otros, se ven siempre inmersos en una obra en progreso. Hasta Lord Byron, el apuesto donjuán con un séquito de bufones y de animales, escribió en su exilio de Italia los mejores poemas, y fue la mujer de su íntimo amigo el poeta Percy B. Shelley, Mary Shelley, quien en una noche de tormenta, mientras jugaban a ver quién escribía el más impresionante cuento de horror, creó un monstruo inmortal, el triste Frankenstein.
El origen de la villa , como el milagro histórico del Renacimiento en la Toscana, no fue cosa de un día ni exclusivamente aristocrática. De hecho, los espectaculares palacios, hoy museos o universidades, son hermanos menores de la primera burguesía florentina y de la estrecha relación ciudad-campo. Fueron los comerciantes prósperos quienes iniciaron la construcción de un "retiro campestre" a modo de granja y de cultivos. Ya en tiempo de los Medici, Maquiavelo aconsejaba qué tipo de villa era la adecuada tanto para el goce como para la producción y Cosme I vigilaba atentamente el estado de sus viñas. La supuesta tacañería toscana, señala Mary McCarthy en su libro Las piedras de Florencia , no es más que la costumbre de siglos de vivir ajustándose a lo que da la tierra, sin el despilfarro de palacios inútiles que hundió a la nobleza siciliana.
"Ah, qué bella Florencia vista desde una colina en una clara y límpida mañana. Mírenla, en el valle iluminado por el sol, regada por el Arno sinuoso, las cúpulas, las torres y palacios que se yerguen en un grupo centelleante, circundado del campo en flor, brillando al sol como de oro puro", escribió Charles Dickens en 1888. Y así es como la miro, en mi visita a las villas que quedan abiertas al público, como La Petraia , donde los invitados del 1500 entraban a caballo en lo que ahora es un salón de baile, o como la cercana Villa Salviati, donde el 1º de enero de 1638, Japoco Salviati recibió un canasto con la cabeza de su amante Caterina, asesinada por su esposa, Veronica Cybo.
Los fantasmas del pasado están en el presente florentino como la sangre de los niños abandonados en el Hospital de los Inocentes, corriendo en la costumbre y en la tradición, silenciosos pero visibles en los rasgos que aún conserva la ciudad, en el cuadernito donde la Madre Superiora del convento ha marcado con cruces los días de mi alojamiento a pesar de la computadora novísima y el secretario contratado para llevar las cuentas que ella me hace con lápiz en un papelito. Están vigentes como los Buonomini de San Martino y el clavel rojo de mi donación, como el vino que produce el valle desde época romana, que me sirven en el desfile de la bendición del Chianti en el Duomo, del carro tirado por bueyes blancos con 1600 botellas. Y el arte no es una exhibición abstracta en una galería sino la historia de hombres y de mujeres, su gente impuesta a la que hoy pasa y admira.
Desde mi terraza en el convento, en el último día de mi estancia, siento a Florencia despidiéndome a su exquisita manera, en el concierto aéreo de un piano que alguien toca en el número 28 de una calle de este barrio ya mío, por vivido.




