
Curioso enigma hípico
Savater, que también es autor de narraciones y obras de teatro, urde en esta obra ganadora del Premio Planeta 2008 una intriga cuyos protagonistas no son, ciertamente, académicos, aunque no por ello dejan de cavilar sobre las vicisitudes de la existencia humana
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La hermandad de la buena suerte
Por Fernando Savater
Planeta/281 páginas$ 53
¿Qué es la "buena suerte"? ¿A qué llamamos el "sentido de la vida" y cuáles son las motivaciones que nos impulsan, los a menudo peligrosos objetos del deseo? Éstas son las preguntas que se plantea La hermandad de la buena suerte , del profesor y filósofo Fernando Savater (San Sebastián, 1947), bien conocido por un público amplio gracias a su presencia habitual en los medios de comunicación masiva, así como por su cuantiosa producción escrita en el campo de la divulgación filosófica.
Savater, que también es autor de narraciones y obras de teatro, urde en esta obra ganadora del Premio Planeta 2008 una intriga cuyos protagonistas no son, ciertamente, académicos, aunque no por ello dejan de cavilar sobre las vicisitudes de la existencia humana. La acción no se despliega en las aulas universitarias o la vida conventual, que han tentado a otros filosófos-escritores, sino en el ambiente del turf . Lo hípico, con no poco de épico. La disputa por el poder y la gloria, pero también el desafío al destino o el azar, el afán de modificarlo y de torcerlo, empujan a sus personajes a partir de dos contendientes centrales, poseedores de grandes fortunas turbiamente obtenidas: el Dueño (José Carvajal Ferreira) y el Sultán (Ahmed Basilikós). El primero está empeñado en que el caballo Espíritu Gentil obtenga el Gran Premio que le arrebató, en un certamen anterior, un caballo del Sultán, y el segundo vive obsesionado por impedirlo, a tal punto que se lo sospecha culpable de haber mandado secuestrar al único jockey capaz de montar con éxito al rebelde Espíritu Gentil y conducirlo a la victoria que merece por sus excepcionales cualidades.
Un grupo de cuatro mercenarios al servicio del Dueño será el encargado de rastrear al jinete perdido: el Príncipe, el Profesor, el Comandante y el Doctor. Sus noms de guerre se relacionan con sus orígenes o con características de sus personalidades, aunque la ironía da sobre esto una vuelta de tuerca: el Doctor, por ejemplo, que tiene veleidades científicas y desprecia la sensiblería del Profesor (homosexual y filósofo aficionado) habla cotidianamente con su mujer muerta. Una narración ordenada va llevando a los buscadores de aventura en aventura, con algún saldo inesperado (como el descubrimiento de quién ha sido el asesino del Rey, padre del Príncipe). El ritmo es ágil y ameno, pero no despierta, como el thriller , ansiedad compulsiva por el desenlace. Cada episodio abre espacios para la meditación, el humor, el ensueño o la pesadilla (en los que cae frecuentemente el Profesor) y conduce al encuentro, siempre entretenido, de otros personajes (un ladrón del hipódromo, un fundamentalista islámico que trabaja de fotógrafo y tiene peculiares teorías sobre el poder) así como de insólitas cofradías: la hermandad de la Buena Suerte que da título al libro y a la que pertenece el jockey buscado, Pat Kinane.
En la novela alternan un narrador en tercera persona con capítulos contados desde la voz de los principales caracteres. El autor implícito se ha preocupado por marcar, casi didácticamente, quién narra en cada caso, y de identificar con claridad a los protagonistas (a través del recurso de unas "fichas semipoliciales"). Los epígrafes literarios y filosóficos funcionan como alusiones simbólicas y también, a veces, como contrapunto humorístico de lo que ocurre en cada capítulo.
Fuera de las fichas y de la intriga mafioso-policial queda el personaje cuya percepción cerrará el relato. Al margen del duelo entre el Dueño y el Sultán, el entrenador Wallace, enfermo terminal que trata de morir lo más elegantemente posible, no aspira al dinero o el poder y ni siquiera a la gloria que serán para el caballo y su jinete, no para él. Casi sabio, capaz de mirar el mundo "con los ojos de la despedida", se mantiene ligado sólo al Gran Premio y a Espíritu Gentil, cuyos triunfos "fueron para su entrenador mucho más que un éxito profesional: una especie de arrobo, la vocación de su vida legitimada". Podría decirse que esa vocación no es sino el acabado cumplimiento de una forma de la belleza: la más efímera, la que pasa como un soplo (metáfora de la vida misma), y se realiza en la velocidad y la armonía impecable de los movimientos.
Esta falsa novela policíaca proporciona al lector dos desconciertos: uno, la abrupta sencillez de la respuesta de Pat Kinane a la pregunta sobre la mejor suerte que puede esperar un hombre. Otra, el final sin final que pasa por los ojos de Wallace, agonizante ante la pantalla de TV donde se proyecta la carrera.
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