
De cara al nuevo siglo
Van Eyck cierra su temporada con una excelente individual de Alejandro Boim; la Fundación Klemm hace lo propio con una muestra del también pintor Marcelo Torretta.
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SE sabe que todo artista requiere un tiempo de afianzamiento. En principio, para darse a conocer, y en segundo término, para generar confianza en su continuidad y probar su idoneidad. El proceso suele demandar años de energía y de entrega personal. Por una u otra razón, pocos alcanzan un perfil que permita creer en su proyección. Por lo general, no basta con el talento. Por eso, conviene tener en cuenta especialmente la labor de aquellos que se destacan regularmente por su seriedad profesional y su persistencia en el ejercicio de una carrera particularmente azarosa, incierta.
Teniendo en cuenta ese fundamento, nos permitimos afirmar que la galería Van Eyck cierra su temporada 1999 con una excelente muestra individual de pintura. El hecho podría ser uno más de una larga serie de circunstancias análogas si no fuese porque Alejandro Boim dio ya numerosas pruebas de su profesionalismo y de su convencimiento íntimo, tanto en Europa como en nuestro país. No podemos decir que recién comienza, tampoco que está asentado definitivamente, pero sí que vale la pena conocer su obra. Hay en ella una promesa cuyo principal postulado pone de relieve una maestría que se niega a la decadencia formal de la pintura. De ahí, en parte, las distinciones que viene obteniendo desde 1993, cuando recibió el Premio Proarte de Córdoba para menores de 35 años. Entre ellas destacamos los primeros premios del Salón Fernán Félix de Amador (1994), de la Bienal de Arte Sacro (1996) y del segundo Salón Nacional (1999). Una trayectoria que se va afianzando rápidamente porque Boim tiene mucho que decir y lo dice con un estilo propio, particularmente en la representación del espacio. Su manera dinámica de encararlo nunca es convencional.
Las imágenes responden a un enfoque figurativo cuya actualidad se advierte no sólo en los objetos que representa, propios de nuestro tiempo -un televisor, una motoneta, un panorama urbano-, sino también en el modo de representarlos. Es el caso del óleo La rosa , donde se ve un jarrón que contiene una flor solitaria, cuya perspectiva parece hacerlo salir del plano, así como al perro que está saltando sobre él en una carrera vertiginosa.
Esa voluntad de movimiento preside todos los cuadros, cuyo eje dramático es el hombre. La composición está resuelta desde varios puntos de vista simultáneamente, y estos diversos ángulos se reflejan e integran como si fuesen partes de lo que podría ver un espectador omnisciente. El extraordinario dibujante que hay en Boim obtiene esa elasticidad, que nace en el acto de pintar apuntalando las formas fugitivamente entrevistas pero cuidadosamente realizadas. Los encuadres son tan raros como las perspectivas, a menudo distorsianados, como si estuviesen tomadas por una cámara deformante.
Boim tiene una conciencia del oficio ligada a las tradiciones de la buena pintura y no hace ejercicios vacuos o puramente esteticistas. Por el contrario, alcanza un nivel comunicativo profundo sin abusar de las lindezas a las que podría conducirlo el virtuosismo. En cierto sentido, hasta se opone a lo que podría considerarse una manera excepcionalmente suelta de trabajar con "descuidos", que enriquecen la factura de su obra.
Todo lo que hace tiene un sentido. Cada una de sus pinturas proviene de una acción vital, pero pausadamente calculada. Las texturas varían la superficie de los cuadros, y por eso nunca resultan relamidos. La punta de la espátula o el cabo de los pinceles fortalecen el dibujo mediante raspados que destacan los contornos de las figuras. En algún caso, un pequeño ensamblado refuerza el volumen de la materia, siempre espesa y elaborada.
( Hasta el 28 de noviembre, en Van Eyck, Santa Fe 834 ).
Una cuestión de identidad
Las piezas que el pintor cordobés Marcelo Torretta expone en la Fundación Klemm plantean cuestiones de identidad. La idea que recorre la muestra es buena, pero demasiado cerrada sobre sí misma. En su presupuesto intelectual hay una limitación que le impide desarrollar otras ideas. Lo respaldan sus 37 años cargados de experiencias, premios y muestras personales, en las que dio repetidas pruebas de su fantasía acá y en Europa.
Torretta se estableció en Italia entre 1987 y 1994. Allí expuso individualmente en distintos lugares, como Suecia, Dinamarca y Suiza. Ahora, exhibe una serie de retratos uniformes en los que las personas, siempre de frente, observan fijamente al espectador. En todos los casos tienen colgadas de sus cuellos una chapa oxidada con letras y números: son viejas patentes de automóviles. La repetición de las dimensiones y de los planteos crea una especie de situación serial compuesta por treinta y seis imágenes tomadas de fotografías (según indica en el catálogo Julio Sánchez).
La exposición, si bien es de notable interés, muestra una postura sistémica algo modesta, que reduce a un solo planteo la capacidad de Torretta para realizar grandes trabajos de composición. Aunque como conjunto acentúe la idea madre, repetir obras semejantes -o en el mejor de los casos, equivalentes- supone un trabajo que pone la función visual en juego con otras funciones intelectuales. De todos modos, considerados unitariamente, los "retratos" demuestran una tesis que se refuerza por el método acumulativo. Se explota la idea de que lo colectivo tiene más fuerza que lo individual sin mellar el interés de cada caso. Tal vez, la esencia de esa paradoja reside en que lo general no siempre se opone a lo particular.
( Hasta fines de noviembre, en la Fundación Klemm, Marcelo T. De Alvear 626 ).





