Olímpico
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Fue mucho antes de la pandemia que vinieron Los monstruos; salieron de la Bienal de Arte Joven -lamentablemente discontinuada- y esa temporada no dejó un premio sin ganar. Entonces estaba cerca de los treinta, por eso lo traigo a cuento, porque todavía hoy sub-40 no hay que dejarse engañar por las apariencias: Emiliano Dionisi es enorme. Después de la pandemia llegó El brote, un unipersonal imperdible, que tiene editado libro propio y un extenso derrotero (agéndense: el 7 de febrero vuelve al Picadero). No imaginé, corta de miras, que pudiera hacer tan lindos infantiles (Recuerdos a la hora de la siesta, en el San Martín, Moliendo a Moliere, en el CETC) ni mucho menos animarse a un espectáculo para el Ballet Folklórico Nacional (Comunidad, en el Cervantes). Pero evidentemente, más que un don, lo que tiene el autor y director es un talento desmesurado. No es exactamente Dionisio, pero es olímpico. El fin de semana estrenó Astor, Piazzolla eterno, y puso al Teatro Colón, repleto, de pie. Musical dedicado a la biografía elemental del genial compositor, cautiva no solo por el arrollo visual y las actuaciones de músicos y cantantes, sino por los aciertos de un texto en primera persona a seis bocas que encuentra mayor sensibilidad en las imágenes más pequeñas: la respiración de todos sobre el escenario (debajo también) va acompasada con el fuelle del bandoneón.
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