De la mano
Su edad es imprecisa, pero por su apariencia los dos superan los 80. Ambos usan anteojos y visten de entrecasa o, mejor dicho, ropa de paseo como si hubieran ido de picnic. Tal vez ese hombre y esa mujer estuvieron conversando y dejándose acariciar por el tibio sol de esa mañana en la hermosa plaza que linda con la estación del ferrocarril, y ahora, cerca del mediodía, volvían para almorzar, en casa o en algún bolichito del barrio.
Se nota entre ellos mucha fluidez en la conversación, aun en su tono cansino y suave. Hay en ella una sonrisa pícara, como riéndose de alguna situación que presenciaron o en la que participaron. Él, aun compartiendo el sentido de la anécdota, comenta algo en tono socarrón.
Una cosa es segura: allí hay mucha ternura, mucho amor a pesar de los años seguramente transcurridos juntos. Es que van de la mano, podría asegurarse como el primer día, a pesar de que su paso es mucho más lento. No se sabe si tienen buen pasar, acomodados económicamente; si cobran la mínima, si hay hijos que los ayudan. Lo único visible, y no es menor, es que allí hay complicidad en el modo de encarar la vida. Que seguramente la hubo siempre, y por eso pudieron llegar a este estado de felicidad. Que no es poco.
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