De la revelación a la lectura
El éxito de las obras de Paulo Coelho ( El alquimista ) y de Robert Fisher ( El caballero de la armadura oxidada ) muestra una vez más que no todo libro es literario y que, cada vez con más frecuencia, los libros no literarios son los de mejor venta.
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"LA cantidad excluye la calidad." ¿Juicio acertado o prejuicio de exquisitos? Se lo podría formular de otro modo, diciendo que los buenos perfumes vienen en frascos pequeños, a lo que algún desconfiado añadiría que los venenos también. Sea como fuere, y tratándose de libros, el éxito cuantitativo abrumador de algunos hace sospechar de sus valores literarios. Y si bien es cierto que esos valores literarios no existen en los textos de autoayuda, en los de horóscopos y otros de apabullantes ventas masivas, nadie cuestiona la existencia de aquellos en las novelas de García Márquez, por no citar sino un ejemplo entre los tantos que desmienten la creencia de que mucho es siempre sinónimo de malo.
Las posiciones extremistas nunca conducen a nada bueno, quizá porque sostienen ideales absolutos: los de una supuesta perfección canónica, impuesta desde afuera como un "modelo" basado en arbitrariedades varias. De modo que aquí no pretenderemos ni condenar ni salvar al best seller , sino analizar dos casos interesantes en los albores del tercer milenio. Los responsables de esos casos son el brasileño Paulo Coelho (autor de El alquimista y otros éxitos) y el norteamericano Robert Fisher (que con El caballero de la armadura oxidada bate récords de ventas entre nosotros desde hace la friolera de cuatro años).
Iluminaciones
Paulo Coelho (Río de Janeiro, 1947) confiesa que no se considera un líder espiritual, que no pretende cambiar el curso de la historia ni la mentalidad de la gente. Y quizá no lo logre, pero en cambio ha conseguido algo más inmediato y positivo (al menos para él) desde el punto de vista práctico: las ventas de sus libros han superado los 21.000.000 de ejemplares en todo el mundo. Y sin duda son millonarios sus derechos de autor. En su reciente visita a Buenos Aires, durante la última Feria del Libro, ofreció una conferencia que tuvo que exhibirse en pantallas gigantes fuera de la sala destinada, puesto que el público rebasaba multitudinariamente el espacio previsto. Su novela más reciente, Veronika decide morir, alcanzó las cifras de El alquimista , que estuvo meses en las listas de los "más vendidos".
El brasileño atribuye su éxito a ciertas "revelaciones" que habría recibido a lo largo de su azarosa vida, que -siempre según él- estuvo llena de experiencias esotéricas y hasta de incursiones en la magia negra. Una de esas revelaciones nos es relatada por Coelho en sus Memorias , subtituladas La forja de un mago, al narrar una visita a Europa junto a Cristina, su mujer. "En Yugoslavia compramos un auto. Fue durante ese viaje que conocí a mi maestro. Ocurrió en una visita a uno de los campos de concentración de la última guerra mundial que pueblan el viejo continente: en uno de ellos tuve una visión. En ella él me dijo que nos veríamos en Amsterdam, Holanda, dentro de dos meses. Me asusté y creí que eran delirios que me asaltaban desde el pasado, por causa del ácido que había tomado durante los años 70. Ya no usaba drogas, pero lo cierto es que mi experiencia había pasado por todas ellas, menos la heroína. De todos modos, sesenta días después estaba en un café, en Amsterdam, cuando lo vi. El hombre de la visión se apareció a mi lado". Coelho añade que superó sus miedos y habló con la visión corporizada quien, desde entonces, se convirtió en el maestro que cambió su vida.
Buena parte de sus experiencias están noveladas en sus libros, todos ellos de lectura fácil y de un accesible esoterismo optimista. Son textos que conforman a todas las creencias, ecuménicos de una manera agradable y quizá demasiado complaciente. El único que podría despertar objeciones en el dogma católico es A orillas del río Piedra me senté y lloré , pues en él se identifica a la Virgen María con la prístina Diosa Madre pagana. Y se sugiere que uno de los rostros de Dios es femenino.
Pero, en general, las "revelaciones" que cada texto descubre sólo son tales para un lector ingenuo. Para los otros -los menos- son obviedades. Y además se convierten en reiteraciones que adoptan la forma de sentencias, consejos, aforismos, exhortaciones y admoniciones. Lo argumental es lo de menos: basta con saber que pase lo que pase durante la aventura, tanto la felicidad como Dios están dentro de uno mismo y es allí donde debemos buscarlos. En fin, la vieja receta del Pájaro Azul pero en el contexto light de fin de siglo, es decir con especias orientales, una pizca de sufismo y otra de sabiduría derviche, varias cucharadas de vinos medievales -de ser posible templarios, los más misteriosos-, guarnición alquímica y listo. Casi nada de sexo y absolutamente nada de violencia. Así se garantiza una saludable digestión por lo menos en los casi cuarenta idiomas a los cuales han sido traducidos los libros de Coelho quien, más acá o más allá de cualquier ironía, ha recibido reconocimientos que indiscutiblemente lo prestigian desde el punto de vista ético e intelectual. El Ministro de Cultura de Francia lo nombró Caballero de las Artes y las Letras en 1996, recibió el Premio Crystal Award otorgado por el Foro Económico Mundial en 1999, es Consejero Especial de la UNESCO para programas de convergencia espiritual y diálogos interculturales.
Otro visionario
También Robert Fisher, autor de El caballero de la armadura oxidada , dice haber tenido sus revelaciones. En una entrevista realizada por la revista Vital , de Ediciones Obelisco, confiesa que esta novela es la historia de una sanación. "De mi propia sanación. Hace muchos años, los médicos diagnosticaron que todo mi cuerpo estaba en la fase terminal. Cuando estaba dándole un repaso a mi vida, oí una voz que decía: ´No debes morir, todavía no has completado lo que has venido a hacer´. No pude sustraerme a esa voz que me llevaba hacia tiendas de comida natural, a herbolarios y a conocer técnicas de curación alternativas [...]. Un día, cuando estaba sentado en la sala de espera de un eminente médico de Nueva York, sentí de repente la necesidad de tener papel y lápiz. Necesitaba escribir algo, pero no sabía qué [...]. Entonces oí de nuevo la voz que escuché cuando estaba muriéndome, diciéndome ´el caballero de la armadura oxidada´. En ese momento escribí lo que sería la primera página del libro."
Este héroe que no puede despojarse de su metálica protección -como no pudieron hacerlo los Amadises de las novelas de caballería, prisioneros de un arquetipo hasta que los liberó Cervantes con su don Quijote de la Mancha- ha llegado a los lectores argentinos con una fuerza metafórica asombrosa y, por así decirlo, "natural". Sí, "natural", porque no se impuso mediante un aparato publicitario efectivo y efectista -como ha sucedido con otros best sellers -, sino paulatinamente, mediante un irrefrenable "boca a boca", poco a poco e in crescendo ... ¡a lo largo de cuatro años!
Literatura y consumo
El caballero de la armadura oxidada ha sido traducido a ocho idiomas. Lleva más de 1.000.000 de ejemplares vendidos en el mundo y 80.000 en la Argentina a través de 32 ediciones.
No sabemos la edad de Robert Fisher. Pero suponemos que no es precisamente joven si -como nos dicen algunos datos escuetos- comenzó su carrera como guionista de Groucho Marx, para seguir con otros cómicos como Bob Hope, Red Skelton y Lucille Ball. Anotemos como mérito que el humor no está ausente de El Caballero de la Armadura Oxidada , por suerte. El espíritu que dictó aquella primera página sabía sonreír. Y aunque las comparaciones sean odiosas, anotemos que el humor no abunda en los libros de Coelho; en cambio, surge incluso en las declaraciones de Fisher al narrar una anécdota: "Cuando le dije a Groucho Marx, desde mis 19 años, que el dinero no puede comprar a la felicidad, él me respondió que tampoco la felicidad puede comprar al dinero".
Aunque aceptemos que más de una vez puede encontrarse calidad en la cantidad -es así en el caso de los libros-, aún resulta difícil establecer criterios en lo que respecta a definir lo específicamente "literario". Cuando se dice que ni la obra de Coelho ni la de Fisher son "literatura", es imprescindible preguntarse qué es literatura para los que no pertenecen a la elite de los elegidos. Y habrá que buscar una respuesta sin connotaciones demagógicas, como lo sería sostener que "así como todo lo que se vive es cultura, todo lo que se lee es literatura". No todo lo que leemos es literatura. No todo libro garantiza que su contenido sea literario. Ni es literatura únicamente aquello que exige un desmesurado esfuerzo mental, una medulosa intepretación social, psicológica o metafísica.
¿Y si empezamos por el diccionario? Encontraremos que literatura es el "arte que tiene por objeto la expresión de ideas y sentimientos por medio de la palabra". Se sobreentiende que hablamos de palabra escrita. Por lo tanto, no hay literatura sin escritura, y aquí nos damos cuenta de que no sólo se trata de "expresar ideas y sentimientos" sino también de que hay que hacerlo con "arte".
Ahora bien: hay lectores y lectores. En esta época de globalización y consumo, la inmensa mayoría está cada vez menos habituada a la lectura profunda. La "civilización de la mirada" nos ha conducido a un punto en que concentrarse, meditar y reflexionar se hace cada vez más difícil, quizá menos necesario.
Hace alrededor de medio siglo una novela titulada Demian , de Herman Hesse, nos decía más o menos lo mismo que hoy nos dicen Coelho y Fisher. Pero todo venía envuelto en una gran calidad estética, en una unidad de belleza interior y exterior conmovedora. Aun así, hubo quien sostuvo "esto no es literatura". Hace medio siglo no estábamos todavía tan pendientes de la televisión y pocos imaginaban la computadora, Internet y la masividad compulsiva de los medios. Hace medio siglo éramos otros lectores. Aceptemos que los de hoy no se nos parecen y demos gracias porque leen los libros de Coelho y de Fisher cuyo sentido, obvio para los menos, no lo es tanto para los más.
Se trata de obras claras, fluidas, quizá "facilistas", pero no se puede decir que estén muy mal escritas ni que carezcan de ciertos valores literarios. Son probablemente valores elementales pero no hay que dudar de su efecto positivo si inducen al acto infrecuente de la lectura. Por algo hay que empezar. Al fin y al cabo, quien esto escribe reconoce que accedió a Dostoievski por haber leído primero Crimen y Castigo ... en una revista de historietas.





