“De película”: Federico Klemm entre panteras, galgos y Maria Callas a todo volumen
Dos muestras, en la fundación creada por él hace tres décadas y en el Recoleta, coinciden este mes en rendir homenaje a su legado; artista, mecenas, coleccionista, galerista y personaje mediático devenido icono queer, marcó un hito en la escena porteña
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A todo volumen sonaban las óperas de Maria Callas dentro del auto con chofer que lo dejaba en Marcelo T. de Alvear y Florida. Federico Jorge Klemm entraba cantando, a veces acompañado por sus galgos, a la sede de la fundación creada por él hace tres décadas. La misma donde llegó a celebrar sus cumpleaños con panteras y donde ahora se exhibe parte de su legado con una muestra que incluye a Andy Warhol, Pablo Picasso, René Magritte y Marc Chagall en diálogo con artistas argentinos contemporáneos.
Como si esto fuera poco, a fin de mes el Centro Cultural Recoleta inaugurará otra con más de noventa obras del propio Klemm, fallecido en 2002, que presentó allí exhibiciones y performances emblemáticas en los años 90 y 2000. Protagonizará así un doble homenaje este artista, mecenas, coleccionista, galerista, cantante lírico amateur e inolvidable conductor del programa televisivo El Banquete Telemático, donde lució el traje de piel de pitón que perteneció a Rudolf Nureyev.

“Era de película”, lo describe en diálogo con LA NACION Valeria Fiterman, codirectora junto con Fernando Ezpeleta de Fundación Klemm. Un espacio céntrico de la escena porteña que se fue transformando: el proyecto de Federico nació en 1992 como galería, en un local remodelado década antes por Clorindo Testa y Giancarlo Puppo para alojar la sede argentina de la emblemática Bonino. A fines de 1995 se transformó en la Fundación Federico Jorge Klemm, que anexó un subsuelo contiguo donde solía funcionar la discoteca Rugantino.

“Estábamos buscando un lugar en Palermo cuando vimos que el que estaba justo al lado se ofrecía en remate judicial –explica Fiterman-. Nunca me voy a olvidar cuando entramos por primera vez. Era un sucucho todo pintado de negro, teníamos miedo de encontrarnos con cualquier cosa”.

Igual de imborrable es el recuerdo del descubrimiento de este espacio subterráneo que tiene Mariano Mayer, curador de la exposición inaugurada anteayer y casualmente titulada A la espera de que el sueño me traiga olvido. “La primera inauguración a la que fui en mi vida fue en Klemm –señala-. Era una muestra de Robert Mapplethorpe, y para mí fueron tan importantes las obras como el ambiente. Era fantástico, otro mundo. Y dije: ‘Yo quiero ese mundo’”.

A tal punto se cumplió su deseo que ahora no sólo seleccionó dos de las fotografías exhibidas aquella vez, sino que pudo elegir entre las 760 piezas que componen la colección. Según su administradora, Cintia Mezza, ese acervo está compuesto por obras de importantes artistas argentinos y extranjeros compradas por Federico; las realizadas por él; las ganadoras de 28 ediciones del Premio Klemm e incluso por muebles y pinturas –como una de Miguel Carlos Victorica de 1946- que decoraban la casa de Klemm, ubicada en French al 2800.

Allí vivió el artista con su madre, a la que adoraba, hasta que ella murió a comienzos del nuevo milenio. De origen checoslovaco y casada con un industrial alemán, Rosita Merecek había emigrado a Buenos Aires en 1948, seis años después del nacimiento de su único hijo en la actual República Checa.

El clima kitsch creado por Federico hacia el final de su vida quedó registrado en dos fotografías tomadas a principios del milenio por Gustavo Lowry e incluidas en la muestra. El Salón Venecia incluía un mueble con forma de góndola que mandó a construir especialmente, sillones de Versace, banquetas tapizadas con animal print, paredes con imágenes de olas y un piso con backlight que completaba la ambientación marina. “Una grabación reproducía el ruido de mar –señala Ezpeleta-. Y así fue como se prendió fuego la casa, que era vieja y en cada habitación tenía un solo enchufe. Los bomberos hicieron un desastre”.
Lograron salvar sin embargo el traje de piel de pitón de Nureyev, el gran bailarín ruso con quien Federico habría tenido un affaire durante su visita a Buenos Aires en 1983. No tuvo la misma suerte Olaf, el amado perro de Federico.
Otros animales más peligrosos, una tigresa y dos panteras, participaron de una de las célebres reuniones organizadas por Klemm en la fundación, hace tres décadas. “Federico se había encaprichado con que quería animales salvajes –relata Fiterman. Los alquiló y no sabés lo que fue bajar a esos bichos hasta acá, tuvo que hacerlo todo un equipo. Primero estaban en una jaula, pero en un momento Federico decidió abrirla y un paseador empezó a caminar por la sala con una de las panteras. La gente se asustó, y yo también. Empezamos a subirnos arriba de las sillas. No hicieron nada, porque estaban dopadísimas. Pero después de eso me fui a Nueva York, y en una galería me preguntaron por lo que había pasado. Se sabía por todos lados la locura que había sido esto, se hizo famosa enseguida la fundación”.

Más famosa se hará desde fin de mes, cuando las nuevas generaciones que integran el público masivo del Recoleta se encuentren con las obras de alto voltaje erótico de este icono queer que marcó un hito de la escena porteña. Curada por Federica Baeza, Guadalupe Chirotarrab y Santiago Villanueva, la exposición titulada Federico Klemm: iluminador de mitos ocupará tres salas: una abordará la relación con su madre, las figuras femeninas que admiró, el amor por lo escénico y la ópera. Otra, la historia bíblica de Sansón y Dalila, relato que inspiró su última serie. Y la tercera, sus representaciones de cuerpos masculinos, vinculadas con mitos y relatos religiosos en foto-pinturas, con tomas que él mismo hacía de sus modelos.

Para agendar:
A la espera que el sueño me traiga olvido. Obras de la Colección Klemm, hasta octubre en Fundación Klemm (Marcelo T. de Alvear 628). Y Federico Klemm: iluminador de mitos en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930), desde el 30 de abril hasta el 27 de septiembre. Ambas con entrada gratis.
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