Decir aunque todo se haya dicho

Pablo Anadón ha logrado sintetizar de modo notable el movimiento de las últimas tres décadas de poesía italiana en la antología El astro disperso (Ediciones del Copista). Más allá de las diferencias de temas, los nuevos poetas privilegian el acento y el ritmo y utilizan la rima sólo como antídoto musical
Pablo Anadón ha logrado sintetizar de modo notable el movimiento de las últimas tres décadas de poesía italiana en la antología El astro disperso (Ediciones del Copista). Más allá de las diferencias de temas, los nuevos poetas privilegian el acento y el ritmo y utilizan la rima sólo como antídoto musical
(0)
26 de junio de 2002  

En El astro disperso, el nuevo libro de Pablo Anadón, el poeta y traductor cordobés compone una nutrida antología del complejo y riquísimo panorama de la poesía italiana entre 1971 y 2001, precedida por un estudio crítico y nueve breves ensayos monográficos dedicados a cada uno de los poetas incluidos en la antología.

En la introducción a su libro, Anadón establece claramente los criterios de selección de los materiales y los elementos comunes que los vinculan. Para ello, se vale del concepto de generación y divide la producción poética del período en tres fases: la gestación (1968 a 1975), la manifestación y expansión (1975 a 1985), la decantación y cristalización (desde 1985 en adelante). Los nueve poetas italianos reunidos en El astro disperso (Dario Bellezza, Rita Baldassarri, Maurizio Cucchi, Giuseppe Conte, Mirella Muià, Patrizia Cavalli, Paolo Ruffilli, Milo De Angelis, Valerio Magrelli) nacieron entre las décadas del 40 y del 50 y asistieron jóvenes a la fiebre neovanguardista de los años sesenta, contra la que ellos mismos reaccionaron. De hecho, ante el fracaso de la línea programática de la neovanguardia italiana, liderada por Edoardo Sanguineti y Elio Pagliarini, los nuevos poetas se refugiaron en la propia experiencia, contrariando desde la base el principio antilírico de sus predecesores. No es extraño, entonces, que así como los neovanguardistas destacaban el carácter técnico de la manufactura literaria, los nuevos poetas hayan acentuado el aspecto ritual de la escritura. A la "visión esquizomórfica del mundo" que proponía la neovanguardia, la nueva poesía opondrá una nueva comunicación a través de la renovada búsqueda de la "ilusión lírica".

Para Anadón, el nuevo lenguaje del cuerpo y la recuperación del sentido de la poesía -de regreso a la tradición, de espaldas a la experimentación- no lograron demoler el verso libre, visible y maciza fortaleza edificada a lo largo de todo el siglo XX. Por otro lado, los nuevos poetas quedaron atrapados en un espacio cada vez más elitista, más cerrado y exclusivo, favorecido por la disolución de la figura sociocultural e ideológica del autor. La contracara de dicho enclaustramiento fue (y es todavía) la búsqueda de un estilo propio que condujo a un cierto manierismo.

Según el crítico argentino, en fin, la poesía de los últimos treinta años es un "astro que ha estallado, que se ha fragmentado", pero que no impide vislumbrar la existencia de un mismo sistema estelar, con elementos en común y partículas irreconocibles y dispersas.

Al análisis de Anadón, podríamos agregar algunas observaciones. En primer lugar, señalar que la poesía de los últimos treinta años es la primera que nace y crece con la televisión, es decir, víctima del sense of no place que los medios multimedia acentuaron en los últimos años. Esta poesía cambió el registro lingüístico de una tradición centenaria. Magrelli anota en sus versos un sutil razonamiento acerca de la televisión: "Esta es la fuente de identidad/ de ella se emerge iguales/ a como habíamos entrado,/ iguales, es decir peores/ porque un poco más viejos".

En segundo lugar, es necesario insistir en el triunfo indiscutido de la lírica, que en Dario Bellezza, por ejemplo, es indagación de sí y del propio cuerpo que desea, herencia clara de Pasolini. El ansia de autoconocimiento conserva del psicoanálisis sólo la pretensión de una verdad humilde (son lejanos ya los tiempos en que Sanguineti había llamado a los poetas a cantar el "teatro del inconsciente"). El yo que ha estallado en pedacitos puede reconocerse sólo por partes: una uña, una lágrima, los órganos sexuales. Cualquier aproximación a un yo totalizador culmina como en los versos de Cucchi: "Yo soy de esos que guardan las migajas en el bolsillo del chaleco." O en los de Conte: "¿Giuseppe Conte, yo? ¿Es posible?/ ¿Desde hace cuánto dura la ficción?" La lírica solipsista y autoindagatoria llega a su paroxismo en la poesía de Patrizia Cavalli: "Poco de mí recuerdo/ yo que he pensado siempre en mí./ Desaparezco/ como un objeto/ mirado demasiado tiempo./ Retornaré para decir/ mi luminosa desaparición". En fin, hemos regresado a la lírica pero en la nueva poesía no hay un sistemático ahondamiento del yo en su propia esencia sino tan sólo pulsiones efímeras y agonizantes.

Otro punto interesante es detenerse en la función que cumplen en todas las poesías seleccionadas la naturaleza y los objetos. No aparece la naturaleza madrastra de Leopardi, culpable silenciosa de los males del hombre, ni el paisaje inmenso y dialógico de Montale en sus Huesos de jibia , sino la naturaleza brutalmente desfigurada, devastada hasta su más íntima fibra. Como bien señala Anadón, no hay alegato ecologista, sino un acercamiento vencido ante los vestigios de una grandeza pasada. El paisaje, captado en escorzo, se ha vuelto una ruina asfixiada en las ciudades. Escribe Baldassarri: "Quizás el pino está enfermo./ Desgajadas le cuelgan ramas muertas/ como manojos de piel escamada". Tampoco es inocente el hombre desmemoriado, que en Conte confiesa: "no recordamos nada, ni// el acre olor de las raíces,/ ni el inmenso crecer de las mareas, ni los meses/ que la luna anuncia con la hierba roja/ o el rosa de las ramas". A esa visión catastrófica podríamos contraponer el ansia de horizontes soñados en toda la poesía de la segunda mitad del siglo XX italiano, para la cual el viaje es todavía una perdurable forma dieciochesca de exotismo.

En un texto de los años sesenta, Luciano Anceschi, excelente crítico de la poesía italiana del siglo XX, había señalado que uno de los dos elementos fundacionales y más productivos de la poesía del siglo XX fue la recurrencia al objeto, el desentrañamiento de su ley y su esencia. El padre de tal fe fue Pascoli; el mayor cultor, Montale. Los poetas contemporáneos no han podido escapar a esa tendencia. Giuseppe Conte llega a definirse como un "arqueólogo de días", que desentierra "los nombres de los árboles, las floresÉ", "el eterno/ renacer y mudo de las// cosas". Para Cavalli, que exhorta a los objetos a transformarse ("¡Ah, silla, deja un poco de ser silla!/ ¡Y ustedes, libros, dejen de ser tan libros!"), los objetos se empeñan en ser las "formas señoras siempre iguales" que se nos imponen cotidianamente. "La playa, los maderos podridos, las cubiertas/ hinchadas, las botellas, esas cosas/ corrompidas y rotas" son los residuos amados por Magrelli: es necesario señalar en estos versos la inmensa deuda con los "huesos de jibia" montalianos, metáforas de la fragilidad de la condición humana, y con los restos de la resaca en la poesía de principios de siglo de Camillo Sbarbaro, el poeta ligur que tanto influyó en Montale. En Magrelli, pues, testigo de una sociedad signada por su propio bienestar económico, persiste el lenguaje contrapuesto de los restos y de las sobras.

Entre las herencias más marcadas, baste mencionar el ejemplo de Milo De Angelis, en cuya poesía se visualiza claramente la supervivencia de la poética del hermetismo, la corriente nacida en Florencia en los años 30, que propulsaba las atmósferas enrarecidas, una decidida fe en la fuerza gnoseológica de la poesía, en la palabra órfica y visionaria.

Pero lo cierto es que la conciencia de la falta de un centro, de una unidad orgánica y sistemática, se prolonga en la nueva poesía: el compromiso es sólo con el propio desengaño y con la constatación de una esterilidad inamovible, como en Cavalli: "Lo mismo que antes/ sigue la vida,/ gente de pie, sentada,/ y que camina".

La antología culmina con la deslumbrante poesía de Valerio Magrelli. Anadón recoge una observación de Octavio Paz acerca del poeta romano: "su poesía es un soliloquio escrito con lápiz en un pequeño cuaderno a las horas más altas y solitarias de la noche", esto es, poesía de minuciosa lectura del mundo, que se transforma en una lente que focaliza los objetos y las emociones para desmenuzarlos hasta su más ínfimo detalle. "Prefiero venir desde el silencio/ para hablar. Preparar la palabra/ con cuidado, así llega a su orilla/ deslizándose sumisa como una barca,/ mientras el pensamiento/ traza su curvaÉ La escritura/ es una muerte serena".

Ni bohemios ni burgueses, licenciados en Filosofía y Letras y profesores universitarios. Este es el perfil social de los nuevos poetas, lectores principales de las poesías de sus colegas. Para ellos, retomando una feliz observación sagaz de Alfonso Berardinelli, el crítico más citado por Anadón, "la poesía es la prosa que prosa no es". La nueva poesía, como dijimos, parte del verso libre, privilegia el acento y el ritmo y utiliza la rima sólo como antídoto musical, recupera la lógica y el sentido, aunque aferrada al fragmento. En 1921, Montale escribió: "aquí nos toca también a los pobres una porción de riqueza,/ y es el olor de los limones". Una de las poesías de la antología sostiene: "quedará siempre una palabra/ una palabrita por decir,/ quizás para decir/ que ya no queda nada por decir". Esta es, en fin, la nueva riqueza de los poetas contemporáneos.

Pablo Anadón -poeta, crítico, profesor universitario y traductor- nació en Villa Dolores, Córdoba, en 1963. Entre sus libros de poesía se destacan Estaciones del árbol (1990), Cuaderno florentino y otros poemas italianos (1994) y Lo que trae y lleva el mar (1994). Entre 1987 y 1994 vivió en Italia, donde enseñó Español y Literatura Hispanoamericana y donde se especializó en poesía italiana. Ha publicado en libros, diarios y revistas del país y del exterior numerosas traducciones de poesía italiana, entre las que se destacan las versiones de El dolor , de Ungaretti, que preparó junto a Esteban Gabriel Nicotra. Desde 1997, dirige la revista y colección de libros Fénix .

La prosa medida y precisa de Anadón es una sabia conjunción entre el saber académico y el talento del lector crítico e intuitivo. Sus traducciones son el resultado brillante de un trabajo silencioso, constante y apasionado. Para Anadón, la traducción es una recreación sutil y respetuosa de la creación ajena: el verso es fiel, aunque autónomo, la métrica y el ritmo, impecables. En El astro disperso , la voz poética y crítica de Pablo Anadón ha alcanzado plena madurez. Ante la publicación desmesurada de libros improvisados en apenas una estación, El astro disperso , fruto de años de trabajo, descuella por su intensa propuesta, por la bellísima selección de poesías y por su acertada originalidad, que le permitió al crítico respetar las voces de los poetas desatendiendo las leyes imperiosas del mercado editorial y de los cánones preconstituidos.

La poesía italiana en la Argentina tiene en este libro uno de su mejores capítulos. Después del magisterio de Horacio Armani, es necesario celebrar el afianzamiento de la palabra de Anadón, que se impone como una de las voces centrales de la crítica y la traducción de poesía en nuestro país.

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.