Del grabado al collage
Las xilografías de Luis Seoane, Gabriela Kovacevich y Adrián Pandolfo; los grabados de Daniel Cocca; los zapatos de Dalila Puzzovio, y los collages de Alejandra Padilla
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La obra de Luis Seoane (1910-1979) como grabador es bien conocida en la Argentina. También lo es su generosidad, de la que pueden dar cuenta varios entidades públicas y privadas. No obstante, vale la pena acercarse al breve panorama xilográfico que se expone en estos días en el Museo del Grabado, donde es posible conocer los tacos originales y las litografías que legó a esa institución y que, obviamente, no están siquiera en la fundación gallega que lleva su nombre.
Aunque hay ediciones, ilustraciones y otros documentos que complementan la exposición, no se desarrollan los diseños de páginas, las posibilidades de impresión ni la variedad de procedimientos que practicó. Sin embargo, conviene conocerla. Una concepción figurativa de corte expresionista preside todas las piezas. Abunda la conciencia de lo propio, aunque no falten atisbos del expresionismo alemán y algunos acercamientos a Picasso, a quien conoció personalmente. En su galleguismo se advierte la tendencia a asimilar lo ancestralmente popular y lo moderno. La gracia y el desenfado que aportan las experiencias intensas ponen de relieve nuevamente su virtuosismo y su apego al concepto plano de la imagen que practicaron los muralistas románicos.
Seoane nació en Buenos Aires, pero hizo sus estudios primarios, medios y terciarios en Santiago de Compostela. Allí se recibió de abogado y allí terminó sus días. Después de la Guerra Civil Española regresó a la Argentina, donde fue miembro de número de la Academia Nacional y obtuvo, en 1962, el Premio Palanza.
Viajaba regularmente a Buenos Aires, aunque tenía su casa en La Coruña, donde se radicó en 1971. Allí se hizo en 1989 una muestra antológica de sus obras y en 1996 se estableció la fundación que guarda la mayor parte de lo suyo.
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En un espacio aledaño al de la exposición de Seoane exponen Imágenes patagónicas Gabriela Kovacevich y Adrián Pandolfo. El dominio de los medios xilográficos les permite crear una imagen de corte figurativo que evoca de un modo personal y romántico los paisajes. Sus grabados muestran sin describir los espacios de una naturaleza que la atmósfera de las obras hace sentir.
Separadamente expone Daniel Cocca, grabador que se formó en nuestro país. Después de egresar de la Facultad de Bellas Artes de Rosario, trabajó en el taller de Alfredo De Vincenzo con Oscar Manessi y ejerció la docencia. Vivió en Roma dos años y finalmente se radicó en Suecia. Allí cumple tareas docentes y fundó con otros grabadores el VGG (Artistas Gráficos de Estocolmo), donde trabaja actualmente y se desempeña como director.
Su obra se resuelve en imágenes de muy buena factura a medio camino entre lo racional y lo irracional. El surrealismo le permite alternar la figuración y la no figuración.
(En el Museo del Grabado, Defensa 372. Hasta el 28.)
Los zapatos en La parusía
Las modas suelen reflejar el gusto de una época; según Moravia, son efectos y no causas. La mayor parte de las veces están de paso. No obstante, los zapatos variopintos que Dalila Puzzovio expone en estos días repiten una serie famosa en su momento y, a juzgar por los resultados, aún después. En ese sentido, no es imposible invertir el sentido de la frase y decir que son la causa que da origen al conjunto de trabajos que actualizan su pensamiento. Los hizo a partir de 1998 y forman parte de la exposición que evoca su paso por el arte con un enfoque actualizado y atrayente. Constituyen el tema central, como el resto de las piezas que la componen (una cincuentena de trabajos entre collages y procedimientos mixtos). Todas son obras sobre papel, incluso los zapatos. Pero sus representaciones en dos dimensiones están realizados con fotografías recortadas de paisajes diversos que los acompañan graciosamente. Son interpretaciones algo efectistas encaradas con libertad. La composición, los colores, la distribución de los espacios, el trazo y los demás componentes de las imágenes les dan una apariencia móvil y exultante que exalta la naturaleza artística de los enfoques.
La exposición se denomina La parusía (voz de origen griego que se refiere al advenimiento glorioso de Jesucristo al fin de los tiempos) y tiene el carácter de homenaje a la memoria de Guido Di Tella.
Puzzovio surgió a comienzos de los años sesenta. Había estudiado dibujo y pintura en talleres particulares, entre otros, con Juan Batlle Planas. Entonces comenzó a mostrar sus pinturas y objetos en exposiciones individuales y colectivas, y a presentarse en los salones, donde recibió diferentes recompensas. También realizó instalaciones y happenings. Pero su notoriedad mayor proviene de mediados de la década, cuando obtuvo el Premio Nacional Torcuato Di Tella dos años seguidos y, al año siguiente, el Premio Internacional de la misma institución. Contribuyó a aumentar su nombradía un cartel en la esquina de Viamonte y Florida donde estaba junto a Carlos Squirru y Edgardo Jiménez. Los acompañaba la leyenda: "¿Por qué son tal geniales?"
A fines de los años sesenta, hizo diseños de papelería y accesorios de moda y en 1970 desarrolló colecciones con el mismo fin; en 1987, junto a Carlos Lizardi, hizo líneas cosméticas y perfumería. Como se ve, su dedicación al arte tuvo aplicaciones poco convencionales, entre las que incluyó la gráfica publicitaria. El resultado es que hoy se la relacione indisolublemente con el pop art y el desarrollo de lo cotidiano.
(En el Fondo Nacional de las Artes, Alsina 673. Hasta el 30 de agosto.)
Collages y ensamblajes
En momentos en los que la pintura ejercitada con el pincel empieza a escasear, no sorprende que otras prácticas igualmente manufacturadas la reemplacen. No importa el "cómo", sino el "qué". De ahí, el interés de la obra que viene desarrollando Alejandra Padilla (San Miguel de Tucumán, 1961). No es pintora en el sentido estricto del término, pero actúa como si lo fuese desde 1992, cuando comenzó a aplicar con persistencia admirable la técnica que la caracteriza. Precisamente, por esa peculiaridad su arte vale por lo que es, aunque no tenga una realización convencional. ¿Cuál es la diferencia? Que en lugar de usar el collage como un recurso, hace de él el sostén básico de su obra. Prescinde de los pinceles. En otros casos, practica el ensamblado de materiales. El hecho no modifica lo esencial. Simplemente, refleja una cuestión formal que parece negligencia y, en realidad, proviene de un artificio refinado, montar los elementos en juego y manufacturar la sencillez mecánica del procedimiento. Si como alguna vez leímos, en un mundo refinado la simplicidad misma es refinamiento, su labor merece atención y respeto por la calidad de los resultados. De ahí que valga la pena conocer sus obras; no están hechas a la ligera. Por el contrario, el prurito de presentar impecablemente la imagen preside hasta los detalles complementarios, que se materializan en apoyos cóncavos o convexos de exigida realización.
(En Rubbers, Suipacha 1175, planta baja. Hasta el 31.)




