
Despojos de la ilusión
EXTINCION Por David Foster Wallace-(DeBolsillo)-Trad.: Javier Calvo-300 páginas-($ 19)
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David Foster Wallace (Ithaca, New York, 1962) es uno de los adalides de la generación narrativa integrada por Rick Moody, Jonathan Franzen o Chuck Palahniuk, en la que el retrato inclemente de la sociedad estadounidense contemporánea se funde permanentemente con la reflexión sobre los posibles alcances del lenguaje y la imaginación. Antes de Extinción , provocaron asombro y elogios en la crítica sus relatos de La niña del pelo raro , el ensayo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer y su extensa novela La broma infinita .
Heredero de autores como Thomas Pynchon y de Don DeLillo por la complejidad de las tramas y su irreverencia ante los emblemas norteamericanos tradicionales, Foster Wallace propone una visión escéptica e irónica sobre el presente con un sesgo tortuoso en el modo de narrar: la acción principal de sus relatos se bifurca y enrarece en paralelismos, meandros y espejismos varios.
En una singular recapitulación de la narrativa metaficcional de John Barth o de William Gaddis, los cuentos de Extinción recusan con audacia el consumismo norteamericano mediante referencias minimalistas al mundo doméstico o laboral y profesional.
Lo más perturbador de estos relatos, sin embargo, son sus abundantes notas al pie, los símbolos gráficos, las transcripciones de e-mails , así como los abruptos ingresos y egresos de la conciencia de los personajes, algo que le permite al autor una cruda vivisección de los lazos entre la realidad y la fantasía de la vida cotidiana del americano medio.
En Extinción , los tecnicismos, las jergas profesionales y los lenguajes cibernéticos, a veces crípticos, dan pie a un desparpajo lúdico, pero también son un modo de sitiar los paralizados deseos de los personajes. La reversibilidad entre lo serio y lo cómico, el brutal abismo entre el desasosiego y la incertidumbre, el encuentro entre lo irracional y la búsqueda de respuestas en la tecnología, el consumo y el marketing , y la postulación del arte y la creatividad como antípodas del horror, son los ejes temáticos que recorren estos provocadores relatos.
En "El alma no es una forja", por ejemplo, asistimos a la reflexión introspectiva de un adulto sobre su niñez, en particular, el recuerdo de un rapto de locura casi homicida de su maestro de primaria en plena clase, que se enlaza con la tardía comprensión de la abúlica soledad de su padre.
"Encarnaciones de niños quemados" se interroga sobre la impotencia ante el dolor y la vulnerabilidad de la inocencia. "El neón de siempre" y "La filosofía y el espejo de la naturaleza" revisan las personalidades en las que los defectos se truecan en virtudes y tematizan el vano intento de vitalizar el tedio.
"Señor blandito", por su parte, se detiene en el mundo de los análisis y las estrategias de mercado para dejar que el protagonista termine por identificar la golosina que pretende instalar en el mundo del consumo y su propio cuerpo.
"Otro pionero", a través de la reconstrucción y deconstrucción de una leyenda urbana sobre las capacidades fantásticas de un muchacho salvaje, propone un paralelismo entre el mundo civilizado y el primitivo, en medio de un velado reclamo por una ficción que desnude, antes que nada, la verdad oculta del hombre.
"Extinción" y "El canal del sufrimiento" son los dos mejores relatos de la colección. Los integrantes del lánguido matrimonio del primero se acusan mutuamente de impedirse el descanso nocturno por culpa de la insoportable sinfonía de ronquidos que ambos le adjudican al otro, pero la crudeza de la disputa crece hasta revelar la desunión y la pasmosa ausencia de afecto.
En "El canal del sufrimiento", los periodistas de la revista Style deben cubrir dos extraños fenómenos de la realidad, aunque ignoran que están condenados porque la sede se encuentra en las Torres Gemelas, antes del célebre atentado.
Los cuentos de David Foster Wallace buscan construir un espejo ácido y deformante del universo exterior e interior de sus personajes, un entramado anodino pero feroz en el que la libertad y el sometimiento se intercambian, donde el placer es un territorio desconocido o una asignatura pospuesta y la conciencia, un campo de batalla abandonado, sembrado de los despojos de la ilusión.
El estilo, crispado, oscila entre la digresión y el detalle, entre la obscenidad y el eufemismo, entre la confidencia más íntima y la jerga engorrosa, que, junto con las notas al pie, da forma a una narración cuya riqueza y profundidad radica en, paradójicamente, no dejar nunca de lado la simplicidad o la transparencia del tema propuesto. Extinción es, en suma, un tour de force , un desafío para el lector que, una y otra vez, debe desenmascarar la anécdota.



