
Diecisiete sílabas
Por Ana María Shua Para LA NACION -- Buenos Aires, 2006
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Tu piel despide
un suave olor a humo.
Estoy ardiendo.
La luna muere
y cada mes renace.
El hombre muere.
Las palabras son
como el agua que fluye.
Y como rocas.
Enteramente
otra sed, pero también
eternamente.
El crisantemo
¿está desnudo al sol?
¿o está llorando?
Sois bienvenidos.
Dejad toda esperanza
en el perchero.
Huele a verde
¿herrumbre, primavera,
o mutuo olvido?
Flor del país,
mandrágora del aire,
semen de ahorcado.
Pescado en lata
que fue señor del mar,
que fue sirena.
Por el agujero
espío tu deseo:
desde mi ombligo.
Mundos antiguos
fulgor de carne y luz
en el escote.
Piel que fuí,
íntegra yo y mi piel,
que ahora es lastre.
Cuerpo que fui
en el que ahora vivo,
encadenada.
Cuerpo en tinieblas
que a la luz de un farol
estrena muerte.
Entre tus manos
mi corazón reseco
y sin embargo...
Me siento zorro
cuando el semáforo suelta
a la jauría.
Qué vil mentira
crecer y sus promesas,
víbora vida.
El mar entero
morirá con mis ojos.
Qué breve mundo.
La alcantarilla,
ese turbio afluente
del océano.
Ay de ése árbol
de ciudad. Responsable
de todo el verde.
Función de niebla
es atenuar abismos
de la memoria.
Casa embrujada
este cuerpo que habito
como un fantasma.
Hay, finalmente,
ciertos riesgos de otoño
todo el año.
Dame la mano,
los ojos, el ombligo,
tus pies, el viento.
Tierra a la vista
la que me está mirando
paciente y fría.
Volviste, vida,
y dejé que te fueras
por distraída.



