
Dos patitos feos y una amistad cósmica: la entrañable conexión entre Víctor Magariños D. y Federico Manuel Peralta Ramos
La muestra “Cosmonautas”, en la galería Del Infinito, reúne cartas y obras que intercambiaron los artistas durante casi dos décadas; curada por Javier Villa y Juan Cruz Andrada, recupera el vínculo entre dos creadores muy distintos que parecían no tener puntos en común
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“Te extraño. El cafecito en las mesas de este universo siempre está presente”, le escribió Federico Manuel Peralta Ramos (Mar del Plata, 1939/Buenos Aires, 1992) a Víctor Magariños D. (Lanús, 1924/Pinamar, 1993) en una de las tantas cartas que le envió durante casi dos décadas, desde el comienzo de los setenta hasta principios de los ochenta. Y abajo dibujó una tacita de café. Este escrito cuelga hoy, juntos a otros, en la galería Del Infinito. Es parte de Cosmonautas, una muestra curada por Javier Villa y Juan Cruz Andrada que recupera la historia de amistad entre dos artistas cuyos lenguajes estéticos eran tan distintos que no parecían tener tanto en común.

Federico Manuel Peralta Ramos fue un hombre capaz de convertir una cena en el Alvear en una obra de arte y pagarla con una beca Guggenheim, como lo hizo en 1968. O de exhibirse a sí mismo como objeto artístico, como ocurrió en 1972 en el Centro de Arte y Comunicación (CAYC), con la obra El objeto es el sujeto. Artista de vanguardia, se acercó al arte relacional, performático, empujando los límites del arte para fundirlo en la vida misma.
Víctor Magariños D., en cambio, iba por otro camino. Desarrolló lo que él llamó “arte cosmológico” y exploró el lenguaje de la abstracción en sus distintas vertientes, en soportes como el papel o la tele, o explorando el espacio a través de la escultura. “Para él, el arte no debía ilustrar el cosmos sino producir una experiencia de sus fuerzas y espacios en transformación, donde la forma parece encontrarse siempre en un proceso de expansión”, explican los curadores en el catálogo de la muestra.
El vínculo de amistad entre estos dos artistas es el protagonista de la exposición. A partir de varios documentos conservados en el archivo Magariños D., los curadores construyeron un diálogo entre las cartas de Federico [que además de testimonios de una amistad forman parte de la obra del artista], y las obras de Víctor. Con ellas desplegadas en la sala y organizadas en siete núcleos, se propone una suerte de conversación abierta, como si las imágenes de uno “respondieran” a las palabras del otro y viceversa, o como si los textos de las cartas dieran voz a las imágenes, y estas, a su vez, ilustraran esos textos.

“Cuándo vi esas cartas por primera vez, me llamaron la atención, porque uno no tendería a asociar de primera mano la obra de Víctor Magariño D. con la de Federico Manuel Peralta Ramos, porque la estética que transitaron era muy distinta”, confiesa Andrada, miembro del equipo del Centro de Arte Víctor Magariños D., en diálogo con LA NACIÓN. “Yo no sabía que habían tenido esta relación porque a nivel obra son muy distintas; pero al mismo tiempo se unen”, coincide Julián Mizrahi, director de la galería, en conversación con este medio.

Había mucho que los unía. Federico consideraba que ambos eran “psicodiferentes” o “patitos feos” como el cisne del cuento de Hans Christian Andersen. “Por eso, los psico diferentes como nosotros (...) vamos a empezar a dar amor”, decretaba en sus escritos. Federico sentía que Víctor lo conocía muy bien: “Me hace mucho bien que me conozcas. Creo que si hay alguien que puede conocerme sos vos”, le escribió en alguna ocasión. Y también lo admiraba: “(...) creo que sos un santo a la antigua y en el nuevo galope mental vas a alimentar mucho la realidad (...)”.
Para Andrada, esta amistad tenía distintas dimensiones: “Un fundamento intelectual, pero también filosófico y emocional. Sentían que su conexión era metafísica”. “Se vinculan muchísimo desde la parte metafísica, energética, del cosmos. Constantemente estaban hablando de eso”, suma Mizrahi. De esa conexión cósmica surge el título de la muestra.

Firmamento interno
Según la correspondencia que integra el archivo, la amistad habría nacido hacia 1965, cuando, gracias a una beca del gobierno de Estados Unidos, viajaron allá junto con Pablo Suárez, Ary Brizzi y Rogelio Polosello. Dos años después, Magariños D. se instaló en Pinamar, en una casa sobre un médano pegadito al mar [este espacio, dicho sea de paso, luego devino en Casa Museo y suele abrir al público en las temporadas de verano y en ocasiones específicas durante el año]. Las cartas, que reflexionaban sobre Dios, espiritualidad, el futuro de la humanidad, energías positivas y negativas, el arte y la vida, el bien y el mal, o el cosmos, se hicieron puente entre la costa y la capital, donde estaba Federico.
“Cuando el nihilismo y la desesperación nos invadan, siempre nos acompañará un firmamento interno que todos tenemos adentro”, le escribía Federico a Víctor, refiriéndose al “endocosmos” o “intracosmos”. En la muestra, estas palabras encuentran eco en unas obras de Víctor de la serie Finito infinito. En ellas, líneas ondulantes azules que generan sensación de movimiento, envuelven un centro de colores verde, azul, amarillo y rojo, como si un universo diminuto viviera dentro de otro mucho más grande, y ambos fueran parte de un mismo todo.
En el siguiente núcleo del recorrido, un poema de Federico describe una escena en una noche de campo mirando al cielo y la sensación de que al fin lo imposible sería posible. “Era algo caliente, muy caliente”, remata. A su lado, otra obra de la serie Finito infinito concentra un rojo intenso en el centro, como si fuera energía.
Vivir en arte
La conversación continúa en otro rincón de la sala. En una carta de seis páginas escrita en rojo y letra grande, Federico reflexiona sobre el arte y la vida. “No creo en el artista que no ha hecho la colimba. No hablo de la colimba del ejército sino la colimba de la vida”. Para él, el artista que no ha hecho esa “colimba” no va a ser un gran “transmisor de vida” como es el artista verdadero. En las obras de Magariños D. que acompañan estas palabras, líneas de distintos colores se desplazan, se curvan, se transforman, se separan, se unen, van y vienen. Como la vida, nunca lineal.

“Los dos tienen una fe absoluta en el arte, lo encausan con todo su cuerpo, en cada decisión que toman. Creen en el arte como forma de vida.”, sostiene Javier Villa.
Cada uno a su manera
“Estoy mirando atrás y puedo ver mi vida entera y sé que estoy en paz pues la viví a mi manera”, escribe el marplatense, adaptando la canción que inmortalizó Sinatra. Víctor, quien también hacía las cosas a su manera, “responde” con unas obras suyas muy particulares: hojas de papel con seis imágenes independientes dibujadas de diez por diez centímetros cada una. “Algunos las llamarían bocetos porque algunas son versiones de obras que después él pasa a tela. A mí me cuesta llamarlo así, porque en realidad lo que Víctor hacía era pensar las imágenes en proceso”, señala Andrada.
Para Villa, “la historia del arte está construida a partir de pequeños relatos y de grandes relatos. Este tal vez sea un pequeño gran relato”. Un relato de amistad que hoy vuelve a cobrar vida en la galería Del Infinito. El montaje acompaña poéticamente el guion curatorial, con algunas obras sutilmente suspendidas, como si flotaran. Aún con cierta literalidad entre algunas asociaciones que se propone, lo lúdico deja espacio para la libre interpretación y el juego del espectador.
“Acordate que los patitos feos se diferencian de los demás habitantes de este mundo porque están llenos de amor”, le recuerda Federico a su amigo Víctor.
Para agendar
Cosmonautas puede visitarse de lunes a viernes de 11 a 17, en la galería Del Infinito (Quintana 325, PB).



