
El amigo del rey
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POR el balcón entra un viento amable, el té perfumado y la tarta de manzana servidos por la dueña de casa armonizan con la paz y el silencio del cuarto en esta tarde tranquila de diciembre. Los espejos duplican las flores en los jarrones, el rostro del visitante, los cuadros y los muebles. Dos pisos más abajo se alcanza a ver un parquecito arbolado de verdes cambiantes. Sólo falta, para que la imagen idílica del hogar sea perfecta, un gato perezoso y gentil descansando sobre los almohadones blancos de los blancos sillones del living. Pero María Esther de Miguel ha prescindido por ahora del sugestivo, y para ella hipotético, encanto de estos tigres mínimos, sin fiereza.
Hablamos del tema común a los escritores, la literatura, y María Esther -docena y media de libros publicados- se refiere al último, que acaba de aparecer: Un dandy en la corte del rey Alfonso .
-Se trata de una novela, no es una biografía, pero el protagonista existió. Soy tan haragana que no invento personajes, tomo los que me regala la vida. Este se llamaba Fabián Gómez y Anchorena, convertido en conde del Castaño gracias a la generosidad de Alfonso XII, su amigo, quien le restituyó un antiguo título familiar, abolido por la Asamblea del año XIII. Pertenecía a una de las familias patriarcales del país. Lo llamaban "el niño de oro" porque era muy rico y quedó huérfano y sin hermanos siendo chico. A los diecinueve años se enamoró de una diva, Josefina Gabotti, se casó, después anuló el matrimonio y se fue a Europa. Lo curioso es que murió pobre, sin escribir un libro, sin tener un hijo y sin plantar un árbol. Murió en 1917, a los sesenta y dos o sesenta y tres años. No hay datos concretos sobre él; sólo aparece en un libro de Pilar de Lusarreta, Cinco dandys porteños . Me han llegado algunas pocas anécdotas, y lo demás lo he imaginado.
-¿Reconstruiste la vida en la corte de Alfonso XII?
-Sí. Alfonso XII es, por entonces, un jovenzuelo que vive con su madre, la reina Isabel II, una mujer muy particular en todo, desde la soriasis que padece desde niña hasta los amantes que se suceden y el amor que le tiene el pueblo, pese a haberla echado de España. Ella vive entonces exiliada en Francia, en el palacio de Castilla, adonde ha llevado sus mantones de Manila, sus cantantes... En fin, su corte, que es muy divertida, muy fin de siglo pasado. es la época de los dandies . Y la novedad que yo aporto para los españoles es que en ese grupo había un argentino, este "niño de oro" que crece en educación y deja de ser un rioplatense para convertirse en un hombre de mundo: se bate a duelo, se casa con una condesa, se convierte en un coleccionista...Y cuando Alfonso XII muere, a los veintiocho años, tuberculoso, Fabián vuelve a la Argentina y se encuentra con un país muy distinto al que había dejado. En el libro hablo de la Revolución del 90, de los grandes cambios, del Centenario.
-Es una época de personajes muy atractivos, como la Infanta Isabel, que visita Buenos Aires para el Centenario, gorda, grande, con sus sombreros llenos de plumas...
-Y que también tiene una historia trágica: jovencita la casan con un viejo que termina pegándose un tiro. Después ella trata de poner orden en esa corte tan desquiciada y de educar a sus hermanas menores.
-¿Te enamoraste de tu personaje?
-Sí, por supuesto. Era buen mozo, con una cara un poco melancólica, con barba... Pero creo que a lo mejor fui demasiado benévola con él; al fin y al cabo era un claro exponente de la oligarquía que nunca trabajó, que gastó plata. Sin embargo, en él hay como una añoranza de lo que podría haber sido si hubiera tenido otra escuela...
-Fue una época de ocio de oro para los hijos de las grandes familias y de latón medio oxidado para los de las clases bajas.
-Ah, sí. Eso es indudable. Y esa juventud del esplendor gozaba de todo: las veladas fastuosas del Colón, las fiestas espléndidas. También fue el momento crucial de la política y de la politiquería, nace el partido radical...
-¿En qué se parece este libro a tus novelas anteriores?
-En nada. Mi vena más bien es dramática, siempre épica, y acá he tenido que contar las diversiones de un grupo de jóvenes amantes de la parranda, de las mujeres y del vino. Pero tiene una vuelta de tuerca final que no es nada frívola y espero que la gente la vea. Es el hombre que, después de tanta juerga y de tanto bochinche, deja el afuera para irse hacia el adentro, hacia un yo esencial y ahí encuentra otra sabiduría.
-Te gustó mucho escribir esta novela, ¿no es cierto?
-Sí, ojalá a la gente le guste leerla tanto como a mí me gustó hacerla. Me da placer escribir y cuando encuentro un tema que me atrapa y me meto en él, ya forma parte de mi vida cotidiana.
-Es como una virtud.
-No, más bien se trata de perseverancia.
-¿Cuál es tu mayor virtud?
-Mirá, no me encuentro ninguna. O quizá sí, no soy rencorosa.
-¿Qué virtud valorás más en los otros?
-La generosidad, porque como a mí me falta, la aprecio en los otros.
-¿En qué momento supiste que la escritura sería tu destino?
-A los nueve o diez años, cuando en una revista infantil me publicaron una colaboración. Ahí, al ver la letra impresa, me di cuenta de que ése era el camino.
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