
El amor de un esclavo
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NO obstante el nombre, Marcelo Pestarino, y la ascendencia (su padre nació en Italia), este joven escritor argentino (alto, delgado, más bien moreno) tiene el aspecto de un inglés salido de Oxford cuya corrección y compostura recuerdan ciertos personajes de Henry James, que toman té a cualquier hora y en cualquier ocasión. En los últimos días del año pasado apareció su primera novela, Confesiones de un esclavo , que transcurre en Roma en el siglo II. Marcelo me cuenta:
-En principio, la novela fue pensada como el primer libro de otra mayor, cuya segunda parte, moderna, me pareció muy pretenciosa y la dejé caer. El tema que me interesaba desarrollar, la esclavitud del amor, es de Propercio, y para hacerlo creíble, quise recrear un contexto romano. El protagonista es un muchacho liberado de su condición de esclavo a través de dos amores: su amor por una matrona romana, mujer mayor que él de la cual se convierte en amante y que puede exigirle al marido su manumisión, y su amor al conocimiento. Este último fue el caso del primer poeta latino, Livio Andronico, un esclavo liberado por su amor a la cultura.
-¿De dónde te viene este amor por lo romano?
-Es un amor transferido de todo lo italiano, de mis raíces. Primero me enamoré del Renacimiento; muy joven, con verdadera pasión, leí Bomarzo , la estupenda novela de Mujica Lainez. Y cuando viví en Italia, en el pueblo de mi padre, Monferrato, vi el castillo de la familia Doria. Allí, en los límites de la República de Génova, descubrí que la tierra había sido poblada con los esclavos traídos por los cistercenses para pisotear el vino. Quizá yo desciendo de alguno de ellos.
-Aspecto de esclavo no tenés.
-Pasó mucho tiempo. Pero todos, alguna vez, fuimos esclavizados por el amor a otra persona. También yo he pasado por esa dependencia de no vivir ni hacer otra cosa que no sea por el amor de una mujer. Por otra parte, advertí, no hay testimonios de esclavos desde la esclavitud. Hay esclavos que han escrito, sí, pero no lo hicieron sobre su condición servil. Entonces, traté de buscar la forma de salir de la esclavitud, no vía Hollywood, al estilo Espartaco , con terribles levantamientos de esclavos, sino de un modo más íntimo y entrañable: por una doble vía de amor, amor al conocimiento y a una mujer.
-Tu novela es muy erudita. Eso no quiere decir que sea tediosa, sino que revela un profundo conocimiento de la época, siglo II, de las costumbres, de los vestidos, de la comida, en fin, de todo. ¿No sentiste la influencia de Las memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar?
-No, deliberadamente no quise leerla antes de escribir mi libro. La empecé a leer después, pero tuve que dejar por falta de tiempo. Sin embargo, es un enfoque distinto: allí se toma la época desde el poder.
-Y desde el punto más alto de la escala social, y vos lo tomás desde el más bajo. ¿Qué te dio más satisfacción en estas Confesiones ?
-Escribir el libro. Estar dentro del viaje. Irme a dormir pensando qué harían los personajes frente a las diferentes situaciones.
-Tus personajes viven situaciones muy terribles. ¿No te angustiaron?
-Sí. Las escenas de sometimiento físico y las otras, del triclinio romano, , en las que el servidor se siente realmente pisoteado. Pero así como todos nos hemos sentido enamorados, ¿quién (no en este grado extremo) no ha sido humillado alguna vez? Quiroga decía que no hay que escribir bajo la emoción sino después, cuando se la evoca.
-¿Tu matrona romana es un personaje totalmente ficticio?
-Sí. Y si me preguntás por qué la hice mayor que el protagonista, y admirable, te diré que fue para que el sentimiento de dependencia y de gratitud estuviera implícito en la relación.
-Él la ve como se mira a Dios.
-Porque además de ser muy hermosa es el elemento de su liberación y una mujer muy culta.
-¿Qué es lo que más te interesó de los dos personajes?
-En el muchacho, el encantamiento progresivo que produce la erudición y el cultivo del intelecto, y luego la relación con su maestro, su padre espiritual. En la mujer, la contradicción que existe en alguien que muy joven se vio obligada a casarse con un noble romano al que no amaba, y en la madurez se enamora de un chico al que ella va formando con bondad.
-¿Tu profesión se compadece con tu vocación?
-No, para nada. Me lleva mucho tiempo ser banquero y es muy difícil encontrar en ese ambiente a alguien que tenga las mismas inquietudes con respecto a la literatura. Italo Svevo y T. S. Eliot eran banqueros y, aunque están en un nivel sideralmente superior, eso me consuela.
-¿Te hubiera gustado vivir en la Roma del siglo II?
-Sí, porque el siglo II hasta Marco Aurelio dicen que fue la época más feliz del Imperio. Época de paz, de refinamiento (basta ver las comidas que se servían), de cultivo del conocimiento. Pero me hubiera gustado vivir como señor, porque como siervo debe de haber sido insoportable.
María Esther Vázquez
(c)
La Nacion
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