
El arte de la encuadernación: la escuela argentina de la Biblioteca Nacional ganó el primer premio de la Bienal en Francia
A lo largo de una década, la institución creada por Andrés Casares formó a un centenar de encuadernadores artísticos, con cerca de 3.000 libros recuperados
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El ritual es minucioso: unos 40 pasos intervienen en el proceso de encuadernación artística y artesanal de un libro. Se doblan y cizallan los pliegos, se prensa el papel, se cortan las guardas, se cosen los libros; se deshilachan las sogas, se encola el lomo, se saca el cajo. Se incorporan cartones y protecciones de tapas y guardas, se vuelve a prensar, se coloca el capricho, se cortan las gracias y se realiza a mano el capitel bordado con hilo de seda. Se pegan los papeles del lomo, se aseguran las tapas, se lija el lomo, se preparan las lomeras falsas, se rebaja el cuero, se diseña cuando corresponde la pieza a mano alzada y esas formas se cortan con tijera o bisturí; luego, se da al conjunto la forma definitiva con moldes de plástico hechos a medida. Se pegan los cueros, se dejan secar, se rellenan las tapas, se colocan los papeles de guarda, se vuelve a prensar, se lustra y se hace la rotulación a mano. El oficio, propio de otras épocas, aún suma adeptos en Argentina, donde encontró en la última década un espacio de formación pública y gratuita en la Escuela de Encuadernación de la Biblioteca Nacional, que este año obtuvo el primer premio interescolar en la Bienal Mundial de Encuadernación Artística en Francia.
La institución formó en ese período a más de un centenar de egresados, con cerca de 3.000 libros recuperados. El proyecto fue impulsado en 2015 por el encuadernador, restaurador y dorador Andrés Casares, quien se inició en este arte a los 15 años, en 1988, de la mano de Juan Gullin, a quien recuerda como “el encuadernador más prestigioso de Buenos Aires” en aquel momento. “En una buena encuadernación cuenta el oficio y los detalles comienzan desde la estructura, puesto que infinidad de procesos terminan por dar la forma visible y el buen funcionamiento a la encuadernación”, señala el especialista.

Además de montar un pequeño taller en el primer piso de la librería Casares en los años 90, el experto se formó en París a mediados de aquella década en uno de los talleres más importantes de Europa, el atelier Reliural de Jean Paul Laurtenchetuna. En el mismo país aprendió el arte del papel marmolado junto a Marian Peter y, posteriormente, impulsó un taller en Valeria del Mar, que luego trasladó a Buenos Aires. La experiencia terminó por consolidar su especialización en encuadernación artística, de lujo y restauración, gracias a lo cual trabajó para clientes de varios países.
En 2014, Casares llevó una idea a Horacio González, entonces director de la Biblioteca Nacional, para crear una propuesta de formación que permitiera trasmitir esos conocimientos. “En 2015, en convenio con la Facultad de Filosofía y Letra de la UBA, se inauguró la primera cohorte de la diplomatura de pregrado en encuadernación de libros”, cuenta en diálogo con LA NACION.
La propuesta tuvo continuidad durante años, con 25 alumnos por camada y períodos de dos cursadas en simultáneo. Con el tiempo, la diplomatura pasó a convertirse en una escuela de encuadernación a partir de un convenio con el Seminario Rabínico, que concluyó este año por falta de ciertos acuerdos con la Biblioteca Nacional, explica el encuadernador.
La enseñanza no quedó limitada al aula. “Se reencuadernaron, encuadernaron, recuperaron y restauraron cerca de 3.000 libros y se realizaron más de 250 cajas de protección para la colección de exlibris”. Entre esos trabajos hubo encuadernaciones para el diario Clarín, cajas para proteger piezas de la colección de libros del Tesoro de la Biblioteca Nacional y encuadernaciones de tesis. Para Casares, el valor del oficio está precisamente en todo aquello que no siempre se ve a simple vista.
Con algunos de los últimos egresados de la escuela llegó el desafío internacional. Este 2026, el grupo decidió presentarse en la Bienal Mundial de Encuadernación Artística, un certamen que comenzó en 1991 y que se celebra en Saint-Rémy-lès-Chevreuse, en Francia. La competencia permite participar tanto de manera individual como en representación de una escuela.

La evaluación contempló distintos aspectos: la calidad homogénea de las piezas, la precisión de la ejecución, la técnica, la calidad de la encuadernación y el uso de materiales innovadores. “Es un gran placer para el jurado y el equipo de la Bienal Mundial de Encuadernación Artística otorgar el primer premio interescolar a su taller”, comunicó la organización francesa a la escuela argentina. El mensaje también resaltó que se trataba de la primera participación de la institución en el concurso y felicitó a los alumnos por el trabajo realizado.
La entrega oficial del premio será el sábado 26 de septiembre, durante la ceremonia que acompañará la exposición de los trabajos en Francia. Allí estará representada una experiencia que nació en una biblioteca pública de Buenos Aires, que formó gratuitamente a generaciones de encuadernadores y que terminó cruzando el Atlántico para obtener un reconocimiento internacional.

