El azul, según pasaron los siglos
Michel Pastoureau cuenta en Bleu, histoire d´une couleur , la evolución del color preferido de Occidente. En la Antigüedad, no había una palabra para designarlo con precisión y provocaba cierto rechazo, hasta que la Virgen fue en su ayuda
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El azul es el color preferido de los europeos y los norteamericanos. Todas las encuestas realizadas desde la Primera Guerra Mundial hasta hoy confirman esta predilección en más del cincuenta por ciento de los casos. Es el pigmento que predomina en la vestimenta, pero también en las banderas de las principales instituciones (Comunidad Europea, ONU, Unesco). Sin embargo, a través de la historia, este color no siempre gozó de tanta consideración. De hecho, a medida que nos retrotraemos en el tiempo, vemos que llegó a provocar indiferencia, incluso rechazo. Y, si nos remontamos hasta la Antigüedad, deberemos preguntarnos si para los hombres de aquella época siquiera existía. Intrigado por esta evolución, el historiador de los colores y de los códigos sociales Michel Pastoureau trazó la historia de la percepción y la valoración del azul. El resultado de esta minuciosa investigación, fruto de veinte años de trabajo, es el ensayo Bleu, histoire d´une couleur (Editions du Seuil).
"El color no es tanto un fenómeno natural como una construcción cultural compleja. El color es, ante todo, un hecho social", afirma Pastoureau. El historiador francés insiste en que toda historia de los colores es, necesariamente, una historia social. Para demostrar esta tesis, toma como hilo conductor la historia del azul, desde el neolítico hasta finales del siglo XX.
En Grecia, como en todas las sociedades antiguas, el centro de las representaciones era el blanco y sus dos contrarios: el rojo y el negro. El azul era extremadamente discreto, no se usaba para describir ni el cielo ni el mar. El término glaukos , muchas veces empleado por Homero, se refería indistintamente al verde, el gris, el azul, incluso al amarillo y el pardo. La notable ausencia del azul y la pobreza léxica para nombrarlo condujeron a que varios sabios de los siglos XIX y XX se formularan la pregunta: ¿los griegos veían el azul? Ciertos evolucionistas pretendían que el aparato neurobiológico en las sociedades desarrolladas distinguía una mayor cantidad de colores que el de grupos humanos más primitivos. Pastoureau rechaza esta sospechosa visión por etnocéntrica y recuerda que el mecanismo de la visión de los griegos de la Antigüedad es idéntico al de los humanos de hoy.
Para los romanos, el cielo es rojo, asociado al blanco y al oro, pero nunca azul. La actitud de los ciudadanos de Roma frente al azul oscila entre la indiferencia y la hostilidad. Como los griegos, tampoco lo distinguen en el arco iris. Nadie se viste de azul: es el color de la muerte, del duelo y los infiernos. A los varones que se atreven a llevarlo se los considera afeminados; a las mujeres, poco virtuosas. En el teatro, es el color con que se representa a los locos. "De hecho -resume Pastoureau-, el azul es sobre todo el color de los bárbaros, celtas y germanos, quienes, según César y Tácito, tienen por costumbre teñirse el cuerpo de ese color para espantar a sus adversarios." Recordemos que Plinio contaba que las mujeres bretonas se pintaban el cuerpo con glasto (planta de la que se extrae un color análogo al índigo) antes de entregarse a ritos orgiásticos. En cuanto a los ojos azules, los romanos los consideraban una desgracia física.
En la alta edad media, el azul sigue teniendo poco prestigio. Es un color reservado a los campesinos, cuyas ropas son de un celeste sucio, sin brillo. El blanco, el rojo y el negro siguen organizando los códigos sociales y de representación, mientras que el azul no aparece ni en símbolos ni en emblemas. Es el caso de la religión católica: "En el siglo XII, los grandes liturgistas se ponen de acuerdo en los colores: el blanco, que evoca la pureza y la inocencia; el negro, la abstinencia, la penitencia y la aflicción; el rojo, la sangre vertida por y para Cristo, la Pasión, el martirio, el sacrificio y el amor divino". El azul está ausente, y lo estará hasta nuestros días.
Las fuentes que Pastoureau consulta para su pesquisa son innumerables, pero ninguna es tan rica en informaciones como la historia de la industria textil. Esta documentación confirma la popularidad del rojo, eterno rival del azul. La tintura grancé -una de las más antiguas- es una materia que penetra fácilmente en la tela y resiste como ninguna el lavado y el sol. Por eso, desde principios de la época romana, en Occidente, teñir una tela es (casi siempre) teñirla de rojo. Esta relación se traslada en la época romana al latín, que hace de las palabras coloratus (coloreado) y ruber (rojo) sinónimos. En nuestro idioma esta equivalencia ha sobrevivido en las palabras rojo y colorado.
A partir del año 1000, súbitamente, el azul deja de ser un color periférico. Se pone de moda, se vuelve aristocrático, para algunos autores se convierte sin duda en el más bello de los colores. ¿Cómo explicar este milagro? Michel Pastoureau atribuye el fenómeno a la intervención de la Virgen María. La madre de Cristo lleva el luto de su hijo crucificado. Por siglos su manto varió de colores (negro, gris, pardo, violeta y azul), pero siempre conservó tonos oscuros. Hacia la primera mitad del siglo XII, esta paleta se simplifica, y el azul pasa a ocupar el color del duelo marial. Mientras tanto, las técnicas permiten la fabricación de un azul más claro, brillante, homogéneo y seductor. El culto de María se refleja en todas las artes, sobre todo en la fabricación de vitrales, que dieron origen al célebre "azul de Saint Denis", ligado a la reconstrucción de la iglesia abacial. "Este nuevo azul expresa una nueva concepción del cielo y de la luz", explica Pastoureau. La promoción teológica de este color tuvo un eco en otros aspectos de la sociedad, sobre todo, en la organización política. En este terreno, el azul sumó, después de María, a un inigualable aliado: el rey de Francia. La teoría de Pastoureau es que los reyes capetos, desde finales del siglo XII, adoptaron el color de la protectora del reino de Francia. Más tarde, a partir del siglo XIII, el prestigio del rey galo habría contagiado a otros monarcas y nobles, que empezaron a copiar el nuevo color.
Este avance inexorable encuentra ciertos enemigos. Los mercaderes de grancé (rojo) se oponen con violencia a los vendedores de glasto (azul), que hacen peligrar su negocio. "Los primeros llegarán incluso a pedir a los fabricantes de cristales que representen a los diablos en azul en los vitraux de las iglesias para desacreditar la nueva moda", escribe Pastoureau.
Pese a la contraofensiva, el avance del azul es irrefrenable. Identificado a la Virgen y al Rey, se transforma en un color moral. Pero para Pastoureau, este padrinazgo no basta para explicar el cambio. El historiador arriesga una hipótesis: "La promoción del azul entre los siglos XII y XIV es la expresión de un nuevo orden social, en el sistema de pensamiento y en los modos de sensibilidad. Lo que ocurre con el azul no es un fenómeno aislado. Es sólo la parte más visible de una profunda convulsión que concierne al conjunto de los colores y las relaciones que mantienen entre sí". El antiguo sistema tripolar estalla. Pero deja la huella indeleble de una convención que no era en absoluto inocente. Prueba de ello es la marca que dejó en los cuentos tradicionales como el de Caperucita roja o el de Blancanieves. Pastoureau indica que este sistema queda caduco para el nuevo orden social. "Desde entonces la sociedad occidental necesitó seis colores de base (blanco, rojo, negro, azul, verde y amarillo) y sus combinaciones más ricas para reorganizar los emblemas, los códigos de representación y sus sistemas simbólicos." A partir de entonces, el rojo y el azul fueron colores contrarios.
Con su llegada, la Reforma echa los colores del templo. Carlstadt y Lutero se muestran sobre todo hostiles al rojo, que ya no es más la sangre de Cristo sino la representación del pecado y la Roma papista. Los colores de la liturgia católica son despreciados, por eso sólo el azul (que está ausente) encontró gracia a sus ojos. Esta concepción cromática creó una "paleta protestante", que repercutió en el arte, pero también en la vestimenta, donde el azul pasó a simbolizar la sobriedad, la naturalidad y la austeridad. Curiosamente, es lo que ocurre con los jeans y su tela, el denim (de Nîmes), originario de la región protestante del Languedoc. Pese a su reputación rebelde, el pantalón fabricado por el sastre judío Levi Strauss tuvo éxito entre los mineros norteamericanos por sus sensatas características protestantes: sólido, utilitario, discreto.
La aversión protestante de la policromía se plasmó en otros ámbitos menos pensados, sobre todo cuando el capitalismo puritano tomó las riendas de la producción en cadena. En este sentido, el caso de Henry Ford es demostrativo. Por razones éticas y morales, el patrón decidió vender únicamente autos negros.
Podemos situar el retroceso del rojo y el predominio del azul a partir del siglo XVI. Desde entonces es el color preferido de los europeos. Mientras tanto, en España, América latina y Asia se sigue venerando antes que nada el rojo.
Solo, el azul combatió contra sí mismo en una batalla que opuso el pastel (de fabricación europea) al índigo (venido de las Indias, de ahí su nombre). El triunfo de este último llegó cuando se lo empezó a importar desde América, donde la esclavitud abarataba los costos de producción.
Hasta nuestros días, el azul encontró varios "agentes de promoción". Las desventuras del joven Werther de Goethe, que viste a su héroe de azul, y el movimiento romántico fueron los responsables de que numerosos lectores se paseasen con un frac del mismo color. Desde entonces, el azul quedó asociado al romanticismo, a la melancolía y dio origen más tarde a términos musicales como el blues.
Pastoureau nota que en nuestra época el azul representa el consenso por excelencia. "Se ha convertido en el más pacífico, el más neutro de los colores. Todas las organizaciones internacionales lo usan, y no por nada el aro olímpico que representa el continente europeo es azul." Esta popularidad no extraña al historiador: "Es frío como nuestras sociedades occidentales contemporáneas de las que el azul es a la vez el emblema, el símbolo y el color preferido".
El autor es periodista y crítico literario.




