El bovarismo argentino

El próximo viernes, la nueva Biblioteca La Nación presentará Madame Bovary, de Gustave Flaubert, una de las novelas que más escándalo produjo en Francia en el siglo XIX. Hoy es un texto clásico de lectura imprescindible
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25 de octubre de 2000  

En 1857, la publicación de esta novela desencadenó una polémica que permanece vigente. Maupassant dijo que Madame Bovary era la vida misma, y que "las opiniones" del escritor, el hasta entonces desconocido Gustave Flaubert, no interferían en la visión de una existencia mostrada tal como era. Saint-Beuve la encontró maravillosamente escrita pero muy cruel, George Sand consideró que "el bien estaba demasiado ausente" de sus páginas, y Baudelaire, que Emma Bovary tenía "caracteres masculinos". Además, agregaba este último, todas las mujeres intelectuales deberían sentirse contentas de que el autor hubiera dotado a "la hembra" de semejante potencia, ya que, como todos sabemos, la potencia es viril.

En mi humilde opinión, de entre todos los críticos arriba mencionados el más despistado resulta Maupassant. Lo que caracteriza esta novela es que "la vida misma", como no podría ser de otra manera dado lo ilusorio de todo realismo, aparece justamente filtrada a través de "las opiniones" de su autor. Opiniones tan evidentes, que sólo la escritura impecable y el colorido, el formidable poder descriptivo y dramático rescatan a Madame Bovary de ese esquematismo de la negrura de que hablaba Saint-Beuve. También es cierto que a este análisis minucioso de un grupo social y humano que, hoy como ayer, engendra el "bovarismo", le falta la pizquita de cariño de que hablaba George Sand.

¿Qué es el bovarismo? Es concebirnos a nosotros mismos distintos de lo que somos. Emma, la pequeña provinciana casada con un médico honesto y aburrido, ha reemplazado su ser real por uno imaginario, pero realiza, con todo, actos verdaderos que la acercan a sus sueños. Lo cual no le impide a su creador ensañarse con ella: por más que haya manifestado que Madame Bovary era él, Flaubert condena a la joven "corrompida" a morir de tan mala muerte y vomitando un agua tan negra, que su historia "resueltamente moderna" se diría impregnada del viejo horror a la mujer. Nueva contradicción: se dice que el bovarismo es reciente, porque es burgués. ¿Y la Cenicienta? El genial Perrault que la inventó para placer de todos sintió por ella una ternura que esta pobre desgraciada de Emma no despertó en Flaubert.

Y es aquí donde la novela impresiona por su absoluta novedad: nadie hasta entonces había acentuado la distancia como lo hizo este autor. Prescindencia emocional a la que Ortega y Gasset llamaría, en 1920, por su nombre: "deshumanización del arte". Por su ausencia de compasión, Madame Bovary es un antecedente de la vanguardia del siglo XX: Las señoritas de Avignon de Picasso en su más temprana versión literaria.

¿Entonces por qué hay que leerla, aquí y ahora, entre nosotros, y regalársela a las chicas? Porque nuestro país es bovarista (lo ha sido desde siempre), y porque Emma es argentina: la más actual de nuestras compatriotas. Pero no les demos la razón a Baudelaire ni a Flaubert: cada vez más, esta novela va siendo un excelente regalo para varones de toda edad. Dicho sea con la bondad que no sin razón añoraba la autora de La petite Fadette , todos somos Madame Bovary en la Argentina de hoy.

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