El caballero sin miedo
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Memorias
Por Gregorio Aráoz de Lamadrid
El elefante blanco
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Como bien dice Carlos Páez de la Torre (h) en su excelente prólogo a esta nueva edición de las Memorias del general Gregorio Aráoz de Lamadrid, cuya falta se hacía notar desde varias décadas atrás: no se parecen a ninguna otra en su forma y contenido.
Lamadrid recibió su bautismo de fuego en enero de 1812, en el combate de Nazareno, y empuñó la espada a lo largo de cuarenta años. Peleó en las grandes batallas de la independencia y en los enconados enfrentamientos civiles, asistió perplejo y dolorido al fusilamiento de su antiguo camarada de armas Manuel Dorrego, a quien acompañó hasta en sus últimos momentos, continuó guerreando a lo largo y a lo ancho del país, vivió las privaciones del exilio, y no vaciló en colgar su hazañoso acero para amasar a cara descubierta el pan que vendía cotidianamente para sostener a su familia, en Chile, y luego en la ciudad sitiada de Montevideo.
Aquel hombre apreciado por San Martín y Belgrano, tenía el cuerpo cubierto de heridas. En la batalla de El Tala, los enemigos, creyendo muerto al héroe que alentaba a sus hombres cantándoles vidalas, lo abandonaron desnudo, tras inferirle quince heridas de sable. Oigámoslo: "En la cabeza, once, dos en la oreja derecha, una en la nariz que me la volteó sobre el labio, y un corte en lagarto en el brazo izquierdo, y más un bayonetazo en la paletilla y junto al cual me habían disparado el tiro para despenarme, tendido ya en el suelo. Me pisotearon después de esto con los caballos, me dieron culatazos y siguieron su retirada...". Pero salvó la vida y siguió luchando.
El desprecio hacia el peligro -aún más, la despreocupada búsqueda de los riesgos para mostrar intrepidez- hacían de ese tucumano valeroso y sensible uno de aquellos hombres dignos de suscitar la emulación y la lealtad sin claudicaciones de sus subordinados. Carente de dotes de caudillo, poseía sin embargo una bien ganada aureola de heroísmo que incitaba a sus soldados a imitarlo. No era un táctico genial, como su coetáneo y crítico el general Paz, ni un organizador insigne como San Martín. Se asemejaba más a aquel otro caballero sin miedo que era Juan Lavalle, capaz de protagonizar una epopeya con ribetes de locura, igualmente idolatrado por los hombres que comandaba.
Como muestra de esa adhesión vale recordar la orden que Lamadrid le dio a su asistente, el salteño Juan de la Rosa Robles, para conocer el número de hombres con que contaba Estanislao López, quien estaba a punto de atacarlo en las proximidades de Fraile Muerto, en 1818. Con el fin de engañar al santafesino y permitir que su ordenanza penetrara en las filas del futuro Patriarca de la Federación, Lamadrid dispuso que fingiera haber desertado: "Así que esto suceda, te mando poner preso y en presencia del regimiento vas a ser castigado con 50 palos bien dados, y te voy a mandar rapar hasta las cejas por el barbero. Esto es duro en realidad, agregó, pero necesario para engañar a López". Tras escuchar el plan, el humilde soldado le respondió con estas palabras: "¡Mi coronel! Usted sabe cuánto amo a mi patria y sobre todo a usted, y aunque la prueba que me pide es tan amarga, voy a sufrirla mi coronel, no por los premios que me ofrece, sino por la patria y por usted, para que acabe de conocer cuánto lo quiero". El asistente cumplió su misión y Lamadrid consiguió su objetivo, sableando al día siguiente a quienes él denomina en sus Memorias "tapes santafesinos". Solo la convicción de que servía con su sacrificio a quien admiraba por su temple podía justificar, en un hombre de agallas como el sufrido salteño, la vergüenza de ser sospechado de traidor y desertor.
Peleó hasta el final. Pudo ver la caída de la dictadura, volver a Buenos Aires y aún formar parte de las fuerzas del Estado rebelde en lucha contra la Confederación Argentina. Hasta que, en la más completa pobreza, libró su postrer combate contra la muerte. A su mujer y a sus hijos, solo les dejó el ejemplo de sus esfuerzos y de su gloria, tanto que Mitre debió enviarles los tres mil pesos papel que necesitaban para pagar a los médicos que procuraron infructuosamente salvarle la vida. Aquel cuerpo lleno de cicatrices y aquel corazón ardiente, hallaron definitivo descanso el 5 de enero de 1857.
"Uno se pregunta -dice Páez de la Torre- en qué momento escribía. Si era durante las campañas, con qué comodidades, en aquellos tiempos donde la operación requería la parafernalia de tinta, tinteros, plumas, y una superficie regular para asentar el papel (material que también era de logro difícil). Y si escribía durante los exilios, también el momento es una incógnita, cuando se calcula la miseria que lo rodeaba y la urgente necesidad de trabajar para la subsistencia".
Pero lo hizo y legó un testimonio apasionado de su tiempo y una muestra de entrega y sacrificios en pos de esa patria que había que construir aun a costa de la vida. Eso son sus Memorias , dignas de ser leídas y meditadas por los argentinos de hoy.




