
El camino del gaucho
El próximo viernes, como celebración anticipada del Día de la Tradición, que se festeja el 10 de noviembre, la nueva Biblioteca LA NACION presentará Martín Fierro, de José Hernández, el clásico por excelencia de la literatura argentina
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En la literatura argentina y rioplatense del siglo XIX, el gaucho fue un tema habitual. Seguramente la inmediatez del trato favorecía ese gusto. Después de todo, el campo abierto cercaba las ciudades y las estancias orillaban los límites poblados. Pero hacia 1872, el género gauchesco había iniciado su rápido declive y el gaucho mismo se extinguía como prototipo del nomadismo pampeano en beneficio de una mezcla campestre menos heroica y más operativa, signada por el alambrado, la inmigración europea y el trabajo de la tierra. Fue entonces cuando, inesperadamente, en un hotel que miraba a la Plaza de Mayo y que ya no existe, un periodista enredado en trifulcas políticas se encerró varios meses a escribir un poema que lo haría inmortal.
En efecto, José Hernández terminó de escribir la primera parte de Martín Fierro a mediados de 1872, un poco para distraer su soledad y otro poco para formular un alegato a favor del gaucho, trasegado por el progreso en peón cautivo o en soldado de frontera, destino de peligro y difícil retorno. Hernández tenía treinta y ocho años, había conocido el destierro en Brasil, la función pública en Paraná, la guerra en un par de batallas sin suerte, el comercio ocasional y la desolación de sentir que sus ideas de federal reformista ya no hacían pie en la nueva realidad del país. Para colmo, Buenos Aires era una ciudad triste, a la que, un año antes, había asolado la fiebre amarilla dejando no sólo un tendal de muertos sino un cordón de miseria e incertidumbre en los arrabales pobres. En ese marco, el pasajero del Hotel Argentino combinó su experiencia con la de un mito que llamó Fierro y, en versos perfectamente regulares, dio forma a una novela legendaria.
A primera vista, llamar novela al Martín Fierro parece un error genérico: ¿ No se trata de poesía, no es, además, un canto? Desde luego, si se considera de manera estricta que la novela es prosa, pero no si atendemos al aliento narrativo, episódico y dramático que pone en movimiento la trama memoriosa del gaucho Martín Fierro, un hombre vencido por las circunstancias -acaso por la historia-, último testigo de una especie bravía, al que le queda, después de irreparables pérdidas, el don de la palabra, el soplo de la inspiración y la intacta voluntad de contar su ventura: "Males que conocen todos/ Pero que naides contó".
Curiosamente, las dos grandes "novelas" argentinas del siglo XIX, no son novelas desde un punto de vista ortodoxo. Facundo , de Sarmiento, es un ensayo que mezcla sociología y pasión pero con el desarrollo y las tensiones de una novela inolvidable. Martín Fierro , protesta política que hubiera cabido en un ensayo, trasciende ese destino fugaz y se clava con certeza en lo mejor de nuestra narrativa. No puedo dejar de tentarme y hacer una digresión: Sarmiento y José Hernández se odiaban. Ignoraban que el futuro los reuniría en la alta estima literaria.
Volvamos a Martín Fierro . La idea de referir una historia a la manera de un canto acompañado de cuerdas ha sido desde siempre un feliz recurso de la narrativa poética. Su práctica y prestigio se remontan al mismo Homero y atraviesan las edades acaso para denotar el pacto original que debió de existir, de forma probablemente espontánea, entre la música y las palabras. El gaucho, amigo de soledades y apegos contemplativos, fue jinete de guitarra en bandolera y tanto supo entregarse a la payada -un duelo sin sangre entre dos cuchilleros en calma- como al cantar para sí, pulsando las cuerdas como quien se entrega a un rito, sin importarle que sólo lo escuchara el viento. Martín Fierro, como todos aprendimos una vez, toma la vigüela, pide a los santos del cielo que lo ayuden y nos detalla el andar peregrino de su infortunio.
El libro se divide en dos partes. La primera es breve, introduce la amistad de Fierro con Cruz y la fuga de ambos hacia tierra de indios. La segunda, casi el doble de larga, es la vuelta después del horror en las tolderías y la muerte del amigo Cruz. Hernández escribió la segunda parte siete años más tarde, cuando la primera se leía en ediciones baratas y entre gente humilde. Los círculos ilustrados prefirieron ignorarlo y desestimar la obra por considerarla rústica. En muchos sentidos, los argentinos de entonces no eran tan distintos de nosotros, también a ellos les costaba reconocer el talento de un contemporáneo. Veinte años más tarde, ya muerto Hernández, debió ser un joven pensador español, Miguel de Unamuno, quien, desde España, consagró con su juicio la categoría literaria de Martín Fierro y legitimó así su prestigio en la tierra de su autor.


