
El filósofo español al que temían los argentinos
ORTEGA Y GASSET EN LA NACION Por Marta M. Campomar-(El Elefante Blanco)-401 páginas-($ 34)
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Marta Campomar, vicepresidenta de la Fundación Ortega y Gasset Argentina y graduada en Letras e Historia en universidades anglosajonas, recrea de una manera amena el diálogo, no exento de tensiones, entre el filoso pensador español y la intelectualidad argentina, a lo largo del período que se extiende desde 1923 hasta 1940, en el que publicó 234 artículos en LA NACION y visitó dos veces la Argentina.
El libro está organizado en cinco capítulos. En el primero, titulado "Filosofía y periodismo", la autora aborda el primer viaje de Ortega y Gasset a nuestro país en 1916 y se refiere a su particular estilo, perfectamente sintetizado en una frase: "La claridad es la cortesía del intelectual". El segundo capítulo se refiere a los años 20, a lo largo de los cuales Ortega escribió sobre temas que iban desde la doctrina Monroe hasta el ocaso de las revoluciones y desde los debates generacionales hasta el amor y las intimidades femeninas.
El tercer capítulo aborda su segundo viaje a la Argentina, en 1928, en el que se destacan sus conferencias acerca de la rebelión de las masas y su radiografía de los guarangos. Campomar pasa revista a las controversias del filósofo español con los martinfierristas y con las corrientes positivistas y cientificistas inspiradas porJosé Ingenieros. Los dos últimos capítulos se relacionan con la crisis de los años 30, con el decepcionante paso de Ortega por la política española y con su exilio, entre 1936 y 1942.
La actualidad de muchos de los conceptos del filósofo queda de manifiesto en las páginas de este libro. En cuanto al orden internacional, anticipó el fenómeno de la globalización al aseverar que la estructura de la realidad económica anulaba las fronteras nacionales. Respecto de los argentinos, ya en 1916 hablaba de nuestra falta de pensamiento estratégico para percatarnos de las alianzas internacionales que operaban en el mundo, y doce años después afirmaba que el problema más sustantivo de la existencia argentina era su reforma moral.
Desde las páginas de LA NACION, Ortega emprendió una actividad docente con el fin de despertar el espíritu crítico y desactivar el pensamiento anclado en lo convencional. Observó que los argentinos privilegiaban el rápido enriquecimiento por encima de un proyecto de largo plazo y los instó a construir su propia idea de nación antes que imitar utopías foráneas. Planteó con claridad el drama de nuestra improvisación y el prototipo que impone la viveza criolla, que cree poder conquistar sin esfuerzo lo que otros pueblos sólo logran con enorme dedicación y mucho tiempo.
Con buenos fundamentos, la autora sostiene que, de todos los extranjeros que pasaron por Buenos Aires, era Ortega el más temido a la hora de descifrar los "jeroglíficos" argentinos. Lamentablemente, como también señala Marta Campomar, en el fondo, nunca logró modificar estructuras, sino tan sólo reforzar el narcisismo argentino, que se sentía halagado por los palos que recibía de un ilustre catedrático extranjero.
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