El héroe Esquilo, creador de la tragedia
El próximo viernes, la nueva Biblioteca LA NACION publicará las Tragedias completas del autor de la Orestíada. Según Swimburne, las obras de Esquilo son la mayor creación de la mente humana. A menudo se las compara por su grandeza con las piezas de Shakespeare y las monumentales creaciones de Miguel Angel
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El famoso helenista de Oxford, Gilbert Murray, publicó hace sesenta años Esquilo, creador de la tragedia ,uno de sus libros capitales. Hoy, a pesar de los hallazgos de textos griegos que posteriormente se han efectuado, casi siempre en papiros de Egipto, nada hay que impida mantener aquel título. Es más, al referirnos a la mayor obra que conservamos del poeta, la trilogía denominada Orestíada (mejor sería decir Orestia ), compuesta por Agamenón , las Coéforas y las Euménides , nada impide tampoco repetir las palabras que sobre ella dijo Swimburne, "la mayor creación de la mente humana", sólo comparable acaso, creo yo y creen muchos, con la obra toda de Shakespeare o de Miguel Angel.
Esquilo nació en Eleusis, cerca de Atenas, hacia el año 525 a.C., y murió en Gela (Sicilia) aproximadamente en el 456. Luchó en las tres grandes batallas con que los atenienses, contra lo que parecía imposible, detuvieron la invasión del poderosísimo imperio persa: Maratón (490 a.C.), Salamina (480) y Platea (479). Estos triunfos, que los atenienses, estupefactos ante su propia hazaña, según cuenta el historiador Heródoto, no se atribuyeron a sí mismos sino a la obra de los dioses, que no querían que un solo hombre impío reinase sobre Asia y Europa, fueron para el poeta su mayor timbre de honor, y no su obra como autor trágico. En efecto, su epitafio, que él mismo compuso, y que nos han conservado varias fuentes antiguas, no habla en absoluto de sus creaciones literarias, sino que parece reflejar la honda emoción -a esto quiero llegar- de un hombre que experimentó la realidad de la Justicia (Dike) en el curso de su propia vida, y este es precisamente uno de los temas centrales de su obra y del pensamiento griego: "En esta tumba yace Esquilo, hijo de Euforión, ateniense muerto en Gela fecunda en trigales. De su glorioso valor han de hablar, pues lo conocieron, la floresta de Maratón y los persas de tupidas cabelleras".
De unas ochenta obras de Esquilo que se conservaban en la Antigüedad, sólo siete nos han llegado completas: los Persas , Siete contra Tebas , Suplicantes , Prometeo encadenado , Agamenón, Coéforas y Euménides .
Por diversas razones, Esquilo es hoy menos leído y representado que Sófocles y Eurípides. Procuraré en consecuencia, describir el movimiento extraordinario de la Orestíada , y para ello me veré en la necesidad de relatar su argumento. Del Agamenón a las Euménides hay una línea sola, una sola acción trágica, que se prepara lentamente en la espera angustiosa de la mayor parte del Agamenón , estalla con fuerza irresistible en el final de este drama, en las Coéforas y en la primera parte de las Euménides , y luego, también lentamente, se aquieta y se resuelve.
Argumento del Agamenón es el asesinato del héroe, que vuelve de Troya con la culpa de haber inmolado a su hija Ifigenia para calmar la ira de la diosa Artemis, que había paralizado con una calma persistente la flota aquea. Lo esperan en Argos su mujer, Clitemnestra y el amante que convive con ella, Egisto. El rey trae consigo como esclava a una princesa troyana, Casandra, que había recibido de Apolo el don de la profecía. En efecto, en medio de la tensión creciente Casandra tiene por tres veces un terrible delirio, en el cual ve el inminente asesinato de su amo y hasta la espada vengadora de Orestes, su hijo. Poco después se oye el grito de agonía de Agamenón, muerto traidoramente por Clitemnestra y su amante.
Las Coéforas (es decir, "portadoras de libaciones") son las esclavas que Clitemnestra, espantada por un terrible sueño, ha mandado junto con su otra hija, Electra, para llevar ofrendas expiatorias a la tumba del muerto. Orestes, enviado de niño por su madre lejos de Argos, hace ya diez años, es ahora un joven que, enterado del crimen, regresa para vengar a su padre; está cumpliendo también, es verdad, con un mandato de Apolo délfico: "quien hace el mal debe sufrirlo a su vez", principio que atraviesa toda la trilogía.
Mucho me importa advertir, llegado a este punto, algo que suele entenderse equivocadamente cuando se habla de la tragedia griega: los griegos de la época clásica creyeron firmemente en el libre arbitrio; los hombres no son marionetas movidas fatalmente por los hilos de los dioses. Esquilo se esfuerza siempre por demostrar que las acciones de sus personajes no son algo determinado desde afuera, sino una resolución procedente del interior del sujeto, y ejecutada a menudo en terrible soledad. Orestes, cuando va a actuar, ya no piensa en aquel mandato de Apolo; ha incorporado el tremendo acto del matricidio a su propia voluntad responsable. Se presenta como un desconocido incluso para su madre, que ordena darle hospitalidad. Poco después se oye el grito de agonía de Egisto, y la voz de un siervo que exclama: "digo que los muertos matan a los vivos". Cuando Clitemnestra, horrorizada, reconoce a su hijo que se le acerca amenazante, en un intento último le muestra el seno que lo ha nutrido, y el arma se le cae a Orestes de la mano. Pero Pilades, su amigo, que ha llegado con él, le recuerda el oráculo de Apolo y Clitemnestra muere asesinada. No obstante, la exaltación del matricida dura muy poco:su mente se extravía y en su delirio ve sobre sí las Erinias, las antiquísimas divinidades que vengan los crímenes, con sus negras vestiduras y sus ojos que destilan sangre.
Las Euménides toman su nombre del coro compuesto precisamente por esas Erinias, llamadas generalmente Benévolas de modo apotropaico, para neutralizar su poder. La primera parte se desarrolla en Delfos; la segunda, en Atenas. La acción comienza con una escena de serenidad: la sacerdotisa de Apolo ora piadosamente antes de entrar en el templo, pero apenas penetra vuelve a salir con espanto: junto al sagrado omphalós , el ombligo del mundo, Orestes está suplicando, con las manos todavía ensangrentadas, y cerca de él duermen las Erinias, fatigadas por la persecución. Pronto despiertan, sin embargo, azuzadas por el fantasma de Clitemnestra, pero Apolo, que ha entrado también en el templo, las rechaza, promete ayuda al perseguido y lo envía a Atenas acompañado por Hermes. El cambio de escena que entonces ocurre es símbolo de la magnitud de los crímenes cometidos en casa de los Atridas, para cuya expiación ya no basta el poder de Apolo. Orestes se encuentra, ahora también suplicante, ante la estatua de Palas Atena, impasible y confiado en medio de la danza monstruosa de las Erinias. Comienza entonces el grandioso juicio, en el cual participan a un tiempo hombres y dioses, pues Apolo se presenta como defensor. Las Erinias son allí símbolo del "poderoso mundo primitivo", regazo de todos los nacimientos, donde la madre lo es todo". Apolo, en cambio, el hijo de Zeus, refleja un mundo divino más joven, un mundo patriarcal, para el que el asesinato de Agamenón es más grave que el matricidio. La diosa Atenea, que se ha hecho presente también, instituye allí para la eternidad el tribunal del Aerópago, que ha de juzgar por los delitos de sangre. Se procede a la votación, y como Atenea, la diosa sin madre por haber nacido de la cabeza de Zeus, ha votado a favor de Orestes, se produce una paridad, con lo cual el matricida queda absuelto. Nos preguntamos: ¿podía un hombre religioso como Esquilo aceptar el perdón de un acto que desde siempre se ha considerado horrendo? Se ha hecho notar con razón que la igualdad de votos significa la imposibilidad de solucionar con el ingenio humano un conflicto como el de la Orestía . Pero también se ha observado que, según la concepción de Esquilo, el antiquísimo principio de que la sangre sólo se paga con sangre haría infinita la cadena de males. Esto es lo que representaría el triunfo de las Erinias, y por eso en el final de la tragedia Atenea instituye en nombre de Zeus la ley de la clemencia, y vota de acuerdo con esta última al haber paridad en los sufragios. No tiene límites el furor de las Erinias, que amenazan el Atica con terribles castigos, pero la diosa de la sabiduría, que sabe persuadir, poco a poco las aplaca: también ellas, como divinidades de lo profundo, contienen el germen de la vida, y deben aprender a bendecir. Las Erinias se convierten de este modo en Euménides, en potencias éticas, que actuarán al servicio de Dike (la Justicia) y de Zeus. De esta manera el juego sangriento que ha teñido toda la trilogía se desvanece por fin en la serenidad de un canto sacro del coro.




