El jazz actual de Kamasi Washington
La primera escena ocurre en algún momento no documentado del siglo XIX: las pequeñas bandas de músicos negros contratados para acompañar los funerales hasta el cementerio empiezan a intercalar aquí y allá, con sus instrumentos de viento, una nota inesperada para combatir el caluroso tedio de Nueva Orleans. A partir de ahí, el jazz avanzó a un compás vertiginoso. Del legendario Buddy Bolden a Louis Armstrong; de él a las big bands; de Duke Ellington al surgimiento del bebop, y de ahí a aquel 1959 de discos claves (Kind of Blue, Giant Steps) que abrió la puerta de la vanguardia, del free jazz, de Bitches Brew. Se siguieron grabando discos de jazz, como se siguen haciendo películas, diría un hegeliano impertérrito, pero el ciclo se cerró. Ya nada –en esa idea abreva el posmodernismo– será nunca por completo nuevo.
Supongo que para los admiradores de intérpretes posteriores a los años sesenta, como el trompetista Woody Shaw o el pianista Mulgrew Miller (es mi caso) o, en la actualidad Jason Moran, ese diagrama histórico y dialéctico resulte mezquino, por muy dispuesto que se esté a admitir que la mayor fuerza del jazz haya consistido desde entonces en su capacidad de mimetizarse con otros géneros para infiltrarlos o dejarse infiltrar por ellos, y así mutar y sobrevivir.
La singularidad de Kamasi Washington –el celebrado saxofonista de Los Ángeles que sacudió hace pocos días Buenos Aires– tiene que ver con todo eso, pero en negativo: a pesar de su evidente fusión con expresiones actuales, en su música el sonido orgulloso del jazz guía en primer plano. No es un músico para los puristas que nunca pasaron las fronteras del cool, ni para los revisionistas a la Wynton Marsalis. Más bien bebe de todas las fuentes que lo precedieron –jazz incluido– para mejor codearse con las músicas hoy reinantes en un plano de igualdad. No le teme al virtuosismo, pero tampoco al baile. La primera popularidad del saxofonista se debe, nada paradójicamente, a sus aportes a un tema de Kendrick Lamar (el primer rappero en recibir un Pulitzer por fuera del jazz y la música clásica). Esa colaboración con el hip-hop fue lo que impulsó a Kamasi, hasta entonces sesionista, a lanzarse a los discos con nombre propio: pocos, pero intensos y de duración amplia (The Epic, 2015, y Heaven and Earth, 2018) y un EP más conceptual, Harmony of Difference (2017).
Las grabaciones nos desacostumbraron a lo que para otras generaciones resultaba evidente: que la música existe para ser escuchada en vivo. La banda del californiano impresiona por las dos baterías simultáneas, una estrategia que recuerda a Ornette Coleman. También por su contrabajista de aspecto y sonido callejero, en las antípodas de un Ron Carter; por su trompetista cristalino, el tecladista todoterreno, un flautista que hace frente lo mejor que puede a la masa sonora (el padre de Kamasi) y una cantante que le da a las composiciones ese tono que lleva a pensar en algún main theme de la blaxploitation, de James Bond o de Tarantino. “Fists of Fury” es un ejemplo, pero también puede preferirse “Truth”, en que encadena cinco melodías diferentes. Durante su recital porteño, Kamasi no se detuvo en su original relectura de “Cherokee” (aquel clásico de Ray Nance que Charlie Parker hizo luego suyo para siempre) ni en “Clair de lune”, donde todo surge de un motivo de Debussy. En vivo, con su sonoridad más sucia, se advierte que su espíritu proviene en gran medida del Coltrane de A Love Supreme y aledaños. La mística de Kamasi, sin embargo, no busca tanto llegar a Dios, como encontrar una armonía aquí y ahora: la celebración, como dijo, de la variedad y la diferencia. Pocos músicos de jazz, en todo caso, pueden darse hoy el gusto de que el público avance tarareando –como se escuchó noches atrás en ciertas calles de Chacarita con “Street Fighter Mas”– uno de sus temas.
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