El juego del espejo: cuando el creador aparece reflejado en su obra

Para mostrarse, ahuyentar fantasmas, resolver identidades o meditar, artistas contemporáneos exponen su cuerpo e intimidad en sus trabajos; Nicola Costantino, una referencia local de este género que desdibuja los límites
Para mostrarse, ahuyentar fantasmas, resolver identidades o meditar, artistas contemporáneos exponen su cuerpo e intimidad en sus trabajos; Nicola Costantino, una referencia local de este género que desdibuja los límites
María Paula Zacharías
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3 de marzo de 2015  

El autorretrato es un género clásico desde que, en el Renacimiento, los artistas salieron del anonimato y empezaron a firmar sus obras, a tejer sus propias leyendas. Más acá en el tiempo, de la mano de la fotografía, el video y la performance, los artistas contemporáneos han puesto en primer plano -más que su cara- su más profunda intimidad. Algunos, hasta hicieron del autorretrato su único ejercicio.

Está claro que el género conoce sus versiones más extremas en este último siglo. La francesa Orlan, por ejemplo, acuñó el término arte carnal: registra en video y fotografía sus múltiples cirugías estéticas, transformándose como si fuera ella misma un work in progress. También autobiográfica, experimental y extrema, Sophie Calle pasó una noche en la Torre Eiffel escuchando cuentos para no dormirse y durante la 52» Bienal de Venecia expuso el análisis de 107 mujeres de profesiones distintas sobre el correo electrónico con el que se despidió de ella su último novio. La británica Tracy Emin exorciza sus demonios al registrarse en video, dibujo, pintura, fotografía y escultura: su obra My Bed, de 1999, mostraba su propia cama revuelta (recientemente, un coleccionista alemán la compró por 3,7 millones de dólares). El japonés Yasumasa Morimura recurre a la fotografía escenificada para meterse en obras maestras e indagar en conflictos de identidad.

En la Argentina, son memorables los casos de Carlos Alonso tanto como las hilarantes versiones de sí mismo de Fermín Eguía. Su retrato renacentista se vio el año pasado en la muestra Yo, Nosotros, el Arte: el Autorretrato en el Arte Argentino, en la Fundación Osde, junto con piezas emblemáticas de los últimos cien años, como el Narciso de Mataderos, de Pablo Suárez; Maresca se entrega todo destino, de Liliana Maresca; los videos de Narcisa Hirsch; registros de los happenings de Marta Minujín, y más obras de Prilidiano Pueyrredón, Fernando Fader, Líbero Badii, Luis Felipe Noé...

Nicola, un caso entre otros

Integraba esa muestra también Nicola Narcisa evocando a Caravaggio, foto de Nicola Costantino que reversiona a un clásico. Experta en matricería, taxidermista, buena confeccionista de indumentaria y amante de las máquinas, Costantino pronto abandonó la creación de artefactos, animales nonatos y trajes de pieles humanas de imitación para convertirse en su cuerpo de obra y registrarse en video y fotografía. Empezó en 2004, con Savon de Corps, en Malba, una muestra que incluía jabones elaborados con grasa resultante de una liposucción. Para la serie Autorretratos se puso el suéter rojo de Berni, ocupó el lugar de Velázquez en Las Meninas, fue la Venus del espejo y lloró lágrimas de cristal para Man Ray... En el video Trailer, en 2010, actuó junto a su doble durante su embarazo. Se anestesió para hacer un molde de su cara con los ojos abiertos.

En Rapsodia inconclusa, que inaugura pasado mañana en Colección Fortabat y con la que representó al país en la 55» Bienal de Venecia, en 2013 -caso polémico, por la intervención del gobierno en la exhibición de la obra-, fue más allá y se travistió en Eva Perón, para instalaciones performáticas, objetos, proyecciones y fotografías. Reprodujo trajes, joyas y gestos, y se puso rubia. "Ninguna mujer puede ser una sola mujer. Todos somos muchos y muchas", dice Costantino acerca de las cinco Evas de la videoinstalación, y de ella misma. Su siguiente proyecto avanza en esto de mostrarse: filmó una película biográfica con dirección de la italiana Natalie Cristiani.

En el caso de Costantino, el paso de escultora a protagonista de fotos y videos se fue dando sin una intención deliberada. "En 2006, compré mi casa-taller y estuvo en refacción, por lo que me quedé sin espacio de trabajo. Conocí a Gabriel Valansi y con él, la fotografía. Empecé a ver y aprender, y se me empezaron a ocurrir fotos. Él me animaba a armarlas, a ponerme. Me daba vergüenza: ¿cómo voy a ponerme yo? Empecé con pudor, metiendo en las fotos mi estética, mis identidades y mis obras escultóricas. Y me gustaba, y gustaba a los demás. Entendí que el hecho de que yo sea protagonista, escenógrafa, vestuarista, maquilladora, hace que yo modele todo, tanto el personaje como la escena. Hago la obra conmigo. No contrataría una modelo o actriz, porque eso sería dirigir cine o teatro. Parecerme a Eva no me importaba nada; tampoco actúo bien. Pero el defecto es genial. Si no, sería Hollywood.

Flavia Da Rin también es la modelo de casi todas sus obras. Rubia o morocha, niña o vieja, en mil y un gestos diferentes, como bailarina de vanguardia, como escultura modernista, con personalidades múltiples... siempre con ojos desmesurados. Empezó a hacerlo en 1999, cuando tuvo su primera cámara digital, y para no molestar a nadie, ponía el temporizador de la máquina y corría a posar. "En un comienzo, cuando recién había terminado de cursar Bellas Artes, eran más propiamente autorretratos: el personaje era yo. Pero como siempre trabajé con la computadora, en esas fotos estaban un poco distorsionados los colores y las proporciones del cuerpo, de una manera bastante trash. Luego empecé una serie donde en un mismo lugar había varias imágenes de mí misma. E interpreté otros personajes, ayudándome con un programa de manipulación digital para disolver mis rasgos. No creo que mis obras a partir de ese momento puedan llamarse autorretratos. Parto de una imagen que me tomo a mí, pero luego trato de volverme otro, así como un actor cuando interpreta un papel", explica.

Pablo Schugurensky, pintor argentino radicado en Madrid en 1988, se retrata dos veces por año, inspirado en sus referentes en la materia: Rembrandt, Van Gogh, Bacon, Freud. "Me interrogo: ¿quién es ese tipo? Siempre el mismo, siempre distinto. Observo el paso del tiempo en mi rostro, cómo la vida me va dibujando. El éxito del cuadro está en que éste a su vez me mire a mí. No hay respuestas, sólo preguntas que convocan a seguir indagando. Y alguna que otra pincelada acertada cuyo significado es irreductible al lenguaje hablado, pero parece indicar que algún velo se ha descorrido", reflexiona.

Sandro Pereira estudiaba Bellas Artes en 1996 cuando hizo Novio: un calco de todo su cuerpo en yeso vestido de traje, como listo para la boda. "Hacer una obra de arte es como meditar: te liberás del cuerpo y los pensamientos para llegar a la esencia que se encuentra en tu interior. Con el autorretrato, busco reconectarme con la autorreferencia y vivir desde una conciencia pura, además de identificarme con la transformación de la naturaleza. El efecto es una fluidez de la abundancia creativa sin límites para reconocer mi verdadero ser", cuenta desde Tucumán, donde vive. Abundan en su producción las figuritas escultóricas, dibujos, pinturas y fotografías en las que se muestra como boxeador, niño y coya. "Los repetí muchas como un mantra para continuar meditando", dice.

Una noche, a Jimena Brescia le robaron la cámara de fotos. "Perder mi herramienta de trabajo hizo que comenzara a ponerme del otro lado. Pedía cámaras de amigos prestadas por períodos breves y yo era mi propia materia prima. Se convirtió en un gran juego. Me da gratificación ver ese desdoblamiento un tanto esquizofrénico, pero a la vez saludable. La imagen me da la posibilidad de ser quien quiera ser, de reflexionar sobre el cuerpo, la presencia, los roles del artista. También hay mucho de acto psicomágico y ritual", cuenta. Al principio hacía fotos más documentales y ahora sumó más personajes: "Hay momentos en los que me agoto de verme todo el tiempo y me planteo qué le pasa al espectador si se transforma en un buscando a Wally".

¿Qué dice su analista de todo esto? "Llevo mis trabajos a la terapia, por supuesto, es el mejor lugar. Me enteré a mis 26 años de que era adoptada. Tal vez esa necesidad imperiosa que tuve por aquellos años de empezar a retratarme estaba vinculada con buscar mis rasgos en una imagen; desde una situación que podía ser lúdica atravesé ese proceso de aceptación y encontré la libertad de poder ser quien quisiera ser."

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