El manuscrito del príncipe
El estreno en Italia del film que recrea la génesis de El gatopardo , novela fundamental de la narrativa del siglo XX, generó reacciones diversas. El crítico literario Francesco Orlando, uno de los célebres discípulos de Tomasi di Lampedusa, que aparece como personaje en la película, explica en esta nota los desaciertos del film, que describe como una versión demasiado libre de la historia real. El artículo advierte sobre el efecto simplificador de la película sobre la memoria del autor siciliano, que alentaría la cristalización del mito más que la lectura de su obra.
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HAY quien niega por completo toda relación entre arte y realidad y quien pretende que su vinculación es más estrecha de lo debido. Tomemos algunos casos extremos. ¿Dónde terminan los derechos de quien escribe, no una biografía o un libro de historia, sino una novela histórica o una biografía novelada, en fin, una obra de arte? ¿Se puede fingir una victoria de Napoleón en Waterloo, desmentir la sordera de Beethoven o pretender que a Proust le gustaban las mujeres?
Personalmente tengo un respeto tal por la libre fantasía que, sin temor de la paradoja, respondo afirmativamente. Sí, se puede, si quien se toma esa libertad es un artista que tiene sus razones para tomársela. No preciso aclarar que es derecho y deber del historiador y del biógrafo rectificar los errores, remontándose a la realidad.
Yo sabía que ese problema surgiría cuando viera la película Il manoscritto del principe , dirigida por Roberto Andò, también autor del guión sobre la vida de Lampedusa y el nacimiento de El gatopardo . Es más, era consciente de que esa noche tendría una experiencia no sólo poco frecuente, sino única, sobre todo para uno que, como yo, se gana el pan enseñando Teoría de la literatura en la universidad. Pónganse en mi lugar: por un lado, la principal fuente del film son mis libros Ricordo di Lampedusa (1962) y Distanze diverse (1996). Por el otro, figuro en la película en calidad de ex discípulo del escritor siciliano, interpretado por dos actores, uno que me representa a mis veinte años y otro, a los sesenta, es decir, hoy. La misma suerte ha corrido mi amigo Gioacchino Lanza Tomasi. Debía afrontar, por lo tanto, no sólo los riesgos y las emociones de un narrador que ve transferido a la pantalla el propio relato, sino también los del hombre mayor que se reencuentra con personas y hechos de su pasado y, por añadidura, consigo mismo.
Desde un punto de vista para nada secundario, la calidad del film me pareció buena: no me baso en mi opinión personal, demasiado influida por reacciones subjetivas, me fío de los comentarios positivos que he leído y escuchado. He aquí, sin embargo, mi impresión. Si bien tenía mis dudas mientras leía el guión, debo confesar que, una vez filmada y confiada a esos actores (sorprendentes los dos jóvenes), esa triangular historia de elecciones personales, curiosidades, rivalidades, envidias y remordimientos resulta convicente y emocionante. Suficiente para una obra de arte. ¿Pero para la realidad histórica? ¿No será justamente mucho peor si, al final, el artista tiene el derecho de hacer vencer a Napoleón en Waterloo? Lo había temido y se concretó. En primer lugar, este film alimentará ulteriormente el mito del "personaje" Lampedusa. El príncipe siciliano, el diletante solitario, el caso póstumo. Todo ello en detrimento de la lectura, comprensión e interpretación de su obra, todavía tan mal interpretada y mal conocida. ¡Qué vergüenza para la cultura italiana, que ha relegado a un escritor de ese rango al folklore o al esnobismo!
En segundo lugar, lamento otra cosa, menos grave: el conocimiento de su vida misma será también equívoco: "El cine es, para casi todos, la verdad" -me dice Gioacchino-. Entonces, retrocederá diez años la claridad, tanto en el ámbito literario como en el biográfico, obtenida con esfuerzo por él, por mí y por otros estudiosos.
Yo había intentado prevenir ese riesgo exigiendo a los productores una leyenda un poco insólita: "Este film es obra de pura invención, libremente inspirado en ...." Parecía pueril precisar que dicha leyenda debía permanecer al menos diez o veinte segundos en la pantalla, o en el peor de los casos, pasar muy lentamente. ¿Me podrán decir por qué, habiendo pretendido tan poco, he sido defraudado? La leyenda corre a una velocidad tal que sería justo afirmar que efectivamente existe, pero no se ve.
No me queda sino comentar aquí algunas divergencias netas entre invención y verdad histórica. Lo haré sin otra pasión que aquella por la verdad, que puede ser fortísima y, a veces, con tal de que así se lo quiera, óptima inspiradora del arte.
Voy de lo más personal a lo más objetivo. Mi relación juvenil con Lampedusa era menos áspera y más ceremoniosa, pero respecto de como yo mismo la había descripto, está un poco exagerada. El nivel sociocultural de mis padres, en cambio, ha sido taxativamente rebajado, como así también el aspecto de nuestra casa. Creo entender las razones artísticas. Uno de los temas del film es el conflicto entre clases sociales en el sur de Italia. Los matices de psicología social que yo mismo aporté en la "fuente" (mi relato) no se prestaban al guión cinematográfico. Querían contrastes más marcados. El primo poeta Lucio Piccolo fue también víctima de la misma preferencia por la hipérbole. Su extravagancia narcisística, delirante pero refinada, no era provincial como lo es en el divertido episodio de la película en que aparece.
El manuscrito al que se refiere el título de la película no es el de El gatopardo . Se trata del juicio que el mismo Lampedusa hizo sobre la novela que yo había escrito a los veintidós años, en la que me había apropiado de un ideal narrativo suyo que después él no plasmó en su obra maestra. Esas páginas me pertenecen. Las quiero como el signo más antiguo de una confianza no innata en mí mismo. Algún día superaré el obstáculo que me impide publicarlas sin la novela. Pero los guionistas de la película, que necesitaban una trama, no hicieron sino crearla a partir de ese manuscrito.
Más que una trama, se trata de un marco dentro del cual regresan, en flash backs , los años cincuenta. El precio de la invención es alto, en detrimento de la realidad. Ni Lampedusa ni yo nos comunicamos nuestros juicios sobre las respectivas novelas. Yo termino recibiendo con resistencia, después de cuarenta años y gracias al generoso sentimiento de culpa del personaje que lleva el nombre de Gioacchino, un sobre que contiene su crítica. La amistad entre Gioacchino y yo, en los tiempos de Lampedusa, no fue ni tan tenue ni tan intensa como para llegar a la rivalidad que muestra el film.
En cuanto a la amistad entre Gioacchino y Lampedusa, podría ser mal interpretada, sea por la equívoca preparación cultural atribuida al primero, sea por la belleza del actor. Lampedusa no tenía tendencias homosexuales. Tenía más bien una relación no exenta de una cierta dependencia con su mujer, personaje que ha sido reinventado en la película sin ninguna proporción con la realidad. Se repetía allí indudablemente la relación de dependencia con respecto a su madre (que dio lugar -diría, psicoanalizando- a la pasividad que, bajo la máscara del autoritarismo, hace delicioso al don Frabrizio de El gatopardo ).
El personaje del príncipe es el único que, a partir de las deformaciones de lo real (en cuanto posibilidades no aprovechadas), nos conduce a un juicio de valor. Él no deja de referirse a Stendhal. "Las personas -afirma en el film- nunca se revelan hablando." Y sin embargo, enseña como si fuera un profesor, pontifica paseando con sus discípulos, su voz asume tonos líricos. Mientras que, en la realidad, Lampedusa nunca me comunicó nada importante sino por escrito o bromeando.
El hecho de que pusiera en mis manos manuscritos completos y que le gustara que se los leyeran era, al mismo tiempo, pudor, orgullo antiburgués y gusto por ejercitarse en la escritura. Lo mismo ocurrió con su juicio sobre mi novela.
Cuando hablaba, se alternaban en todo momento el esprit francés y el humour inglés. Sabía gratificar en la misma medida en que sabía herir, aunque en general las lisonjas estaban veladas de ironía y las críticas, encubiertas por la cortesía. Por todo ello, Gioacchino y yo aprendimos muy tarde hasta qué punto su actitud para con nosotros fue profundamente pedagógica.
¿Habría sido posible filmar fielmente a un personaje tan inactual? No lo sé. Michel Bouquet (Lampedusa) resulta magnífico en el film, e incluso semejante. Si el rostro sufriente y huidizo de Paolo Brigugli (yo mismo de joven) queda impreso en mi memoria, ¿será porque el personaje debe ignorar los filtros del estilo? En todo caso, también para él deberían permanecer sobrentendidas, como ocurrió en la realidad (y no podía ser de otro modo), algunas relaciones de las que se habla demasiado en el film. Este film es obra de pura invención, libremente inspirado en...




