
El optimismo en el arte
Francas afirmaciones en la pintura de Jorge Rossano; obras de Montoya Ortiz, Argüelles y Patrón Costas
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El arte pictórico de Rossano a quien sigo hace ya varios años se va modificando a través de sus muestras no frecuentes en forma que puede parecer imperceptible para el ojo bisoño, pero que resulta bastante evidente para quien sepa mirar con la debida atención y el debido adiestramiento.
Sus abstracciones siempre incluyeron un motivo central rodeado de monocromías mantenidas dentro del mismo plano. Pero lo que hasta ahora eran sutilezas se han vuelto francas afirmaciones, dejando triángulos o círculos truncos bien diferenciados de los grises o los tierras del plano circundante. Esto hace que esas formas centrales cobren una presencia que nos sugiere máquinas o en algunos casos extrañas formas zoomórficas. Nada de lo dicho priva a Rossano de su amor por las veladuras, de sus juegos lumínicos, ya sea por capas de pintura superpuestas o algún ocasional raspado. El todo configura pinturas muy atractivas que expresan el vuelo poético de este singular artista.
La sensación placentera que se deriva de sus pinturas tiene que ver con el espíritu optimista que sin duda les infunde su autor. Como algunos artistas tesoneros de nuestro medio, a Rossano no le hace mella psíquica la andanada de malas noticias a las que nos vemos sometidos cotidianamente. Salvo para los que apuesten al futuro, inútil sería someter a Rossano a una instancia de inmediatez. Por un tiempo al menos permanecerá en las filas del creador que se sobrepone a las adversidades de un medio poco propicio para este tipo de manifestaciones espirituales. En lo que a mí respecta no tengo dudas que el arte de Rossano está destinado a perdurar.
(En Galería Ursomarzo, Arenales 921, hasta el 28 de septiembre.)
Un arte de vuelta
Heriberto Montoya Ortiz se inscribe en lo que es hoy y siempre ha sido la vanguardia, esto es, una pintura sincera y auténtica que responde a la sensibilidad que capta el espíritu de su época.
Lo venimos repitiendo, con el declive del siglo pasado y el comienzo del presente el mundo se ha aburrido de la fealdad. La sensibilidad contemporánea está sedienta de armonía, de equilibrio, de paz y de belleza, a todos de cuyos postulados responde el arte de Montoya Ortiz. El se ha plantado frente al paisaje campestre, al urbano y a las costas playeras junto al mar con la misma tranquilidad y acierto con que en su momento lo logró un Boudin.
En todos los casos la luz juega un rol protagónico, alimentándose de vastos cielos la más de las veces serenos, excepcionalmente surcados por una nube. En épocas de desconcierto que conducen al caos nada mejor que volver la mirada a la madre naturaleza y dejarse llevar por el sano impulso de traducirla, ya sea en su prístina desnudez, ya esté franqueada por edificios que nos recuerdan la presencia humana.
Cuanto más espontánea la pincelada, menor el riesgo de amaneramientos que terminan por cansar. Con gesto nervioso Montoya Ortiz va plasmando sus imágenes que, por no pretender brillar por su originalidad, logran precisamente esa conquista ya que toda originalidad apunta al origen.
La historia del arte no es una línea recta que se pierde en el infinito. Los que así piensan terminan despeñándose cuando llegan al precipicio que los espera. El arte se mueve pendularmente. El arte plástico hablado o escrito alcanzó los excesos del límite. Justo es que ahora vuelva a sus cauces más familiares y bondadosos. Ya lo predijo el gran sabio Claude Levi-Strauss. Volveremos en la medida en que estemos de vuelta. Lamentamos que haya tanto rezagado que todavía está de ida. Las pinturas de Montoya Ortiz están de vuelta y lo festejamos.
(En Galería El Socorro, Suipacha 1331, hasta el 25 de septiembre.)
Mandato irresistible
En un prólogo escrito con tino y con rara penetración , Olga Cosentino cita a Alejandro Argüelles, quien, refiriéndose a la motivación principal de su tarea, afirma: "Es pura y simplemente amor. Amor incondicional e inevitable, frente al que no se puede elegir entre hacer o no hacer. Es una necesidad imperiosa"." Y agrega Cosentino: "Por fin, ese mandato irresistible de lo amoroso no es otra cosa que el porfiado y eterno propósito del arte -tan inútil como imprescindible- de redimir lo humano de su destino de precariedad. La pintura de Argüelles tampoco cambiará ese destino, claro. Pero posibilita a quien acepte el diálogo que propone, compartir la perplejidad frente al misterio. Y la ilusión de que alguna vez algún encuentro permita empezar a develarlo".
Me permito sugerir que uno de esos encuentros posibles es el del encuentro con la pintura de Argüelles, ya que la misma cumple con el destino de todo arte verdadero: "despertar la vocación sobrenatural del alma humana", en palabras de Schlegel.
Para que esto ocurra debe el artista arrancarle sus secretos a esa materia tosca, sutilizándola al hacerla pasar por los tamices de su propio espíritu. Y esto es lo que logra Argüelles con sus naturalezas muertas, más sugeridas que pintadas y traducidas en planos vibrantes de color, en transparencias y en líneas que juegan con la dimensión abstracta para sugerir una fruta y en algunos casos un rostro. En la época por la que atravesamos no es frecuente toparse con presencias espirituales que pueden recordar a un Diomede o al chino Zao Wouki, por la delicadeza que alcanza ribetes orientales. Nacido en Buenos Aires hace 34 años Argüelles ya merece ocupar un lugar destacado en nuestra poderosa Escuela de Buenos Aires.
(En Galería Zamora, Guido 1831, hasta el 27 de septiembre.)
Voluntad de forma
Inés Patrón Costas ama y respeta su propio medio que es la acuarela, sin hacerse problemas de mal entendido prestigio respecto de otras técnicas pictóricas. Siguiendo el ejemplo de nuestro gran Guillermo Roux, ella sabe que el arte se mide por su calidad y no por la técnica elegida. Por ello, la acuarela la respeta a Inés y por ello sus flores tales como la Magnolia en sus dos versiones la muestran capaz de plasmar formas netas de sabor clásico.
No sería difícil dejarse llevar por el sentimiento romántico que envuelve al mundo de las flores, y por momentos Inés no le teme al acento sentimental. Es por esta doble capacidad que señalé el caso de las magnolias, porque es allí donde se revela pintora por encima de cualquier otro tipo de consideración.
Respeto los "Ritmos" de sus otras flores, su delicadeza, los sutiles contrastes de color; tan solo que a mi me interesa subrayar que a la par de una exquisita sensibilidad, se revela un carácter firme, una inquebrantable voluntad de forma, ese terreno peligroso que tan solo los auténticos artistas se atreven a transitar.
(En Galería Arroyo, Arroyo 834, hasta el 28 de septiembre.)
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