
El otro Facundo Quiroga
María Esther Vázquez
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"Lo que por convencimiento se hace es mucho más estable que lo que se ejecuta por la fuerza". Con esta cita, tomada de una carta escrita por Facundo Quiroga, María Inés Cárdenas de Monner Sans abre su nuevo libro Juan Facundo Quiroga. Otra civilización.
Con media docena de volúmenes publicados, ella dice que es historiadora de "tono menor". En el luminoso estar de su casa, entre sillones confortables y el olor del café, se entusiasma hablando del caudillo riojano. Sus palabras son las de quien busca reparar una injusticia.
-Mirá -me cuenta- yo soy tucumana y Tucumán es una provincia muy atada a ciertos viejos principios. En la secundaria nunca oí hablar de Quiroga. El caudillismo era una cosa no respetable. Tanto a Quiroga como a Paz se los calificaba de degolladores; la que degollaba era la tropa, fortalecida por sus dos herencias: la dejada por los españoles durante la colonización y la india, marcada por un fuerte desprecio hacia la vida humana. Pero en mi casa había una especie de abuela, doña Prudencia Oscar de Ramírez. Ella había tomado bajo su cuidado a mi padre y a sus hermanos cuando, niños aún, quedaron huérfanos a causa de la epidemia de fiebre amarilla en Córdoba. Mi padre le guardó siempre una santa admiración y cuando se casó con mamá, se la llevó a vivir con ellos. Recuerdo que en la mesa la dueñita, como se la llamaba, ocupaba una cabecera y mamá la otra. Murió muchos años después de los cien. Doña Prudencia era la abuela del niño postillón que iba en la diligencia con Quiroga cuando lo asesinaron, él era ese niño que pedía por su mamá mientras lo acuchillaban. Su mamá se llamaba Inés y yo heredé el nombre. Oí contar ese episodio muchas veces.
-¿Cuándo empezaste a investigar seriamente acerca de Quiroga?
-En la Facultad, al enterarme de que en la Biblioteca del Instituto Ravignani existían copias de la Colección Demarchi. Demarchi era un hombre muy rico, se casó con una de las hijas de Quiroga y la familia conservó el archivo. Después de fichar durante seis años cartas, papeles, documentos, etcétera, me cansé; no daba más. Entonces, mi hija Anita me alentó a que ordenara todo y escribiera este libro. Ya terminado, fue difícil encontrar editor porque la historia no se usa; se usa la novela histórica. ¿Qué pensás vos de la novela histórica?
-Prefiero no opinar. ¿Cómo es tu Facundo?
-Totalmente distinto del de Sarmiento y del Facundo del que se hablaba en Tucumán, luego de la muerte de Avellaneda. Quiroga poseía, en especial, un espíritu guerrero coronado por un fuerte y duro carácter, aplicó una técnica militar propia y muy original para la época. Falló sólo cuando se midió con Paz, quien poseía armas modernas mientras que Facundo manejaba lanzas, cuchillos, poquísimos fusiles. Quiroga tuvo grandes defectos, como su pasión por el juego, y mala salud pero fue un hombre humanitario, religioso, respetó las leyes civiles por encima de las militares por considerarlas "la voz del pueblo". Fue generoso, puso su fortuna personal, más de veinticinco mil pesos de la época, al servicio de las causas patrióticas. Fue un humanista y hombre con dos culturas, la criolla y la literaria, con inmenso conocimiento de la Biblia. Su absoluta convicción era gobernar mediante una constitución. Ni Paz ni Rosas lo secundaron en estos afanes; él amó profundamente su país y cayó víctima de sus principios. Nadie supo quién armó la mano de sus asesinos. Quiroga tuvo un fuerte contacto con Rosas pero no fue dominado por él; es más, se colocó frente a Rosas y le reprochó sus ingratitudes, cosa que nadie se había atrevido a hacer, y como Rosas lo necesitaba, se la aguantó, porque Rosas era un hombre muy inteligente y muy vivo.
-¿Dirías que fue Rosas el hacedor de la muerte de Quiroga?
-Nunca se supo y creo que no se sabrá quién armó la mano de los Reinafé, unos resentidos que envidiaban a Facundo. Pero no hay duda de que Rosas deseaba su desaparición y con ella no sancionar la constitución. Fijate que con Quiroga fuera de la escena política, se silenció por veinte años la necesidad de dar una constitución al país; Rosas quería reinar. Y todo eso está en los documentos. Yo no invento nada...
Y mientras ella sigue dándome detalles y contándome, además, cómo encara su futuro libro sobre la frontera, no sé qué admirar más; si su trabajo o el espíritu, la inteligencia, la agudeza de esta historiadora que ha cumplido noventa y cuatro años y que física e intelectualmente parece no llegar a los cincuenta.


