
El papel, soporte y medio
En el Borges, se exhibe una antología vasta y variada del mexicano Francisco Toledo; los grandes collages de Kenneth Kemble, en Ruth Benzacar
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Cada tanto aparece en el panorama latinoamericano algún artista de relevancia internacional. Uno de esos notables es el pintor y grabador y ceramista mexicano Francisco Toledo. Las referencias de lugar y tiempo dicen que nació en el área costera de Juchitán, el istmo de Tehuantepec, en 1940. Comenzó a exponer en 1968 y pocos años después a centrar la mirada del mundo en grandes retrospectivas de su obra gráfica, una en Nueva York y otra en México. Eso indica la importancia del conjunto de noventa obras que el Borges exhibe en estos días. A excepción de unas pocas pinturas, entre las que se destaca el óleo sobre papel aplicado a una madera La mujer pescado, de 1979, y algunos trabajos al agua, se trata de grabados en su mayor parte. Los seleccionó, entre otros, el autor y representan una parte primordial de una producción.
Como se sabe, Toledo practicó y experimentó esa técnica de diferentes maneras y con distintos materiales, desde la madera, el linóleo, el metal o la piedra si hablamos de las planchas, hasta una mezcla de tinta china con azúcar y jabón cuya combinación marca la placa al pasar el pincel, si nos referimos a las aplicaciones. En suma, hay profusión de procedimientos y de técnicas mixtas. De todos modos, su forma de trabajar está más cerca de las ideas que de la práctica inmediata, sobre la que a menudo suele ejercer un poder fiscalizador de contralor.
Una inventiva incansable enraizada en las cosas de su tierra origina imágenes que vale la pena conocer, porque representan un imaginario personal de sus costumbres, predilecciones y mitos. No hay olvidos. Las leyendas forman parte de las metáforas visuales vinculadas a las tradiciones del sexo y de la muerte. Un tema recurrente es el de los animales y los insectos, a menudo, entreverados con esqueletos humanos. Recorre desde sapos, murciélagos, víboras, tortugas, toros, perros, conejos e iguanas hasta un insectario en el que abundan las langostas, a las que denomina chapulines, como gran parte de América. Muerte con chapulines, Muerte pisando al sapo, Muerte con cuchillo e iguana, Chapulín peleando con la muerte, El cañonazo (donde la muerte es corrida a cañonazos), Muerte con chapulín brincando, Toro en el laberinto, Sapo y víbora, León comiendo conejo, Serpientes, son algunos de los títulos. Tienen aire de fábula muchos de esos trabajos, que personifican a los animales en ficciones alegóricas encaradas con ironía y hasta con buen humor. Toledo es un ilustrador brillante. Como tal, conviene agregar que ilustró, entre otros libros, la zoología fantástica, de Borges. Otra de las imágenes en la que suele reparar es la propia. Varios autorretratos dan cuenta de sus rasgos, pero de un modo más expresionista y doloroso que el de otras imaginaciones. Son enfoques introspectivos en momentos de tribulación a los que su aspecto aindiado suele darles un toque de primitiva franqueza.
La inspiración puede vincularse también con otros lugares y otros tiempos, como sucede con la serie Mosaicos bizantinos, de la que se exponen entre otros los colages Sonrisa de Oriente, Luna enamorada, o Teodora y su corte. Algo análogo puede afirmarse de los Sueños de Durero, donde imagina las almohadas del ilustre alemán. La circunstancia le permite sugerir una serie de monstruos que vivían dentro de ellas y le engendraban los sueños.
Más allá de la faceta regionalista, que se reconoce en parte por los temas, las imágenes identifican a México por el estilo, en el que se juntan lo inmediato y lo remoto de un modo directo, espontáneo e inventivo; están allí los antecedentes y los consecuentes. Oscila entre las asociaciones del surrealismo y las introspecciones del expresionismo. Sus recursos formales son los necesarios para cada oportunidad, desde la línea que define, hasta la mancha que sugiere, con todas las alternancias o combinaciones intermedias que puedan imaginarse.
La obra tiene también un costado social. En 1965, Toledo empezó a interesarse en los usos y tradiciones de los zapotecas, uno de los pueblos más civilizados y poderosos de México que encontraron los españoles, y a evocar episodios políticos como la revuelta de su tío abuelo José Gómez contra el hijo de Benito Juárez. Lo inspiró también la gesta independentista del propio presidente indio.
La acción de Toledo es de vasto espectro cultural. Denota, entre otras cosas, no sólo la necesidad vital de crear sino también la vocación de colaborar en la creación de bibliotecas, salas de exposiciones y museos, sobre todo en Oaxaca. En 1998 recibió el premio nacional.
(En el Pabellón de las Naciones del Centro Cultural Borges, Viamonte y San Martín. Hasta el 3 de junio.)
Combinaciones difíciles
Nadie ignora que Kenneth Kemble (1923-1998) fue un pintor abstracto de origen informalista que se inició en 1950 guiado por Raúl Russo; nadie ignora tampoco su temperamento transgresor, frecuentemente dispuesto a las situaciones controversiales, sobre todo, en lo formal. En parte por eso, son representativos los grandes colages que muestran su acción en 1963, un año clave. Resultan de un período que comenzó en la segunda mitad de los años cincuenta en el que trabajó con materiales no convencionales para la época, en este caso, viejos rollos para empapelar paredes. Aunque el pegado de papeles lo iniciaron los cubistas varias décadas antes, su uso allí no tiene por objeto específico crear una realidad nueva con pedazos de lo viejo, sino investigar las posibilidades combinatorias de fuertes antítesis formales. "Estas pinturas y collages fueron concebidos con la idea de experimentar tentativamente con elementos visuales de alto contraste", dice el propio Kemble, en un texto que reproduce el catálogo. Lo precede una nota de Jorge López Anaya, que lo acompañó en la muestra "Arte destructivo" junto con otros informalistas. Precisamente, aunque esa modalidad fue en cierto sentido clausurada por Kemble, le inspiró parte de las obras que se exponen ahora; hay todavía mucho de ella en las intercalaciones.
Abre la muestra un collage, Pequeño teatrito, donde la simetría balancea axialmente la composición. Bien mirada, esa pieza podría ser interpretada como el título lo sugiere, aunque, probablemente, éste haya sobrevenido a su concepción y no provenga del propósito deliberado de darle un cauce representativo. Distinto es el caso de Invasión, donde la idea figurativa prevalece. Allí, tanto la elección del magnífico pedazo de papel al trompe l«oeil, con la consecuente sensación de relieve, da toda la impresión de un plato volador que sobrevuela el croquis de un mapa con un paisaje de fondo. Más atrevido aún es el esmalte sobre tela denominado Pintura 42; la superficie plástica se divide verticalmente en dos zonas muy delimitadas y difíciles de integrar: la izquierda, enteramente resuelta con colages y la otra por áreas pintadas. Son distintas las formas y los colores y las texturas.
La mayor parte de los trabajos están resueltos de un modo fragmentario que incluye en la misma obra los perfiles netos de la geometría y los desflecados del informalismo. Componer con tan difíciles oposiciones de forma y de color parece ser lo que Kemble se propuso y logró. A estas alturas, la cuestión se naturaliza, pero en los momentos de su realización no debe de haber sido fácil imponer una apertura semejante.
(En Ruth Benzacar, Florida 1000. Hasta e 9 de junio.)



