El presente es un obsequio eterno
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Conocí a Ludwig Wittgenstein en la universidad, cuando descubrí que la lingüística era lo que de verdad me apasionaba de la carrera de Letras, y lo leí, por lo tanto, como filósofo del lenguaje. Menos conocido que Pascal, Descartes, Platón o Kant –tal vez porque sus reflexiones llegaron en un momento bisagra en el que la filosofía empezaba a perder relevancia para la civilización (y así nos fue)–, este pensador no solo es uno de los fundadores de la filosofía del lenguaje, sino que ilumina muchos otros asuntos de los que cada vez hablamos menos (y así nos va).
¿Para qué sirve la filosofía? Con esta pregunta solían hostigarnos en nuestros años de estudiantes, y siendo todavía jóvenes e inexpertos nos quedábamos sin nada para responder. Víctimas de la misma naturaleza sinfónica del lenguaje humano, caíamos en la trampa y creíamos que la parte significativa de la pregunta era la palabra filosofía. En realidad, era la palabra servir. ¿Qué significa servir? ¿Sirve servir en este contexto? Deberíamos haber empezado a refutar estas chicanas por ahí.
Para cuando empecé a leer a Wittgenstein llevaba casi diez años trabajando como periodista, y dos de las cosas que me encantaron fueron su claridad para comunicar conceptos herméticos y, sobre todo, su capacidad para tirar títulos, como decimos en las redacciones. Tal vez por eso, es uno de los favoritos de esas cuentas de Twitter e Instagram que divulgan ideas y meditaciones. No las criticaré por su brevedad; son preferibles a muchas otras cosas que se ven en las redes sociales. Eso sí, aconsejo verificar siempre que la frase que reproducen sea realmente de ese autor (es sorprendente la cantidad de atribuciones espurias que se ven) y cuál es el contexto en que escribió o dijo esas palabras. El contexto no es un accesorio.
Hace poco, me encontré con una idea preciosa de la primera época de Wittgenstein: “Si asumimos que la eternidad no es una duración infinita de tiempo sino la ausencia de tiempo, entonces la vida eterna les pertenece a aquellos que viven en el presente.” Más allá de que es genial advertir que la eternidad es la ausencia de tiempo y no una duración muy grande (que inevitablemente debe ocurrir en un tiempo, aunque sea infinito), el filósofo pone su mirada sobre uno de los asuntos con los que la humanidad ha estado batallando desde que existe: los límites de la vida.
Wittgenstein, que moriría muy joven, a los 62 años, sostenía en esta reflexión que, al revés de lo que suele decirse, la vida no tiene fin, “de la misma forma en que nuestro campo de visión no lo tiene”. Es decir, desterraba la muerte como parte de la vida (una idea con la que intentamos consolarnos, aunque no tenemos ni la menor idea de lo que significa la frase “la muerte es parte de la vida”), y lo hacía con un argumento demoledor: “No vivimos para experimentar la muerte”.
A estas alturas queda claro por qué la filosofía es descalificada con sospechosa tenacidad. Hace preguntaras incómodas y devela asuntos sobre los que preferimos hacer la vista gorda. Se parece en esto al periodismo, cuyos mensajeros son a menudo el blanco de los ataques.
En fin, tenemos desde almohadones hasta anuncios publicitarios que aconsejan vivir el ahora. Y, sin embargo, seguimos tropezando con ambos, el pasado y el futuro, y perdiéndonos el presente. Porque estos dilemas existenciales no se metabolizan con una frase estampada en un almohadón, dicho esto con todo respeto por los almohadones. Se comprenden, acaso, con filosofía. Wittgenstein, siempre agudo, nos muestra un camino mucho más cierto para atrapar el huidizo presente. Cierto, somos capaces de proyectar, pero nuestra propia experiencia de la vida es eterna, porque solo vivimos en el presente, y el presente no es una fracción de segundo, sino el instante en el que el tiempo se ausenta. Es, por lo tanto, una forma de experimentar la eternidad.
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