
El silencio de los lacanianos
A los treinta años caí en manos de un psicoanalista lacaniano. Hoy reconozco que en esos tiempos yo ejercía demasiada resistencia. Tal vez sea justo admitir que era un paciente inviable. En cualquier caso, lo indiscutible es que mi psicoanalista era a la vez lacánico y lacónico. Casi las únicas palabras que me dirigía eran "hola, ¿qué tal?" y "seguimos la próxima". Yo buscaba establecer un vínculo afectivo, con el secreto fin de ejercer sobre él alguna forma de coacción. Pero el especialista no picaba. Me pedía "material", citando a su maestro: "El lenguaje es la condición del inconsciente". Y mientras más esperaba escucharme, menos le hablaba yo. Una vez tenía un ojo vendado y yo le pregunté qué le pasaba. Juro que me contestó: "¿Y a usted qué le parece?". Otra vez pasamos, ambos, los cincuenta minutos de una sesión interminable en completo silencio. "La seguimos la próxima", dijo cuando la aguja del reloj llegó a la meta. Ahora, muchos años después, comprendo que no lo guiaba la crueldad, sino la ciencia. En la estupenda nota de Pablo Zunino de este número he encontrado nuevos motivos para quererlo.
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