El sufismo en la Argentina

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5 de febrero de 2011  

El sufismo tiene seguidores entre los sunnitas y los chiitas (las dos ramas mayores del islam) y posee en el país dos comunidades: la Orden Yerrahí al Halveti, y la comunidad Naqshbandi. Esta última tiene quince centros en las ciudades de Mar del Plata, Rosario, El Bolsón, Glew, Tandil, Buenos Aires, Córdoba y Mendoza, pero muy poca comunicación con otras comunidades musulmanas en el país.

No hay estimación cuantitativa del total de seguidores sufis que hay en ambos grupos en el país. En la comunidad Naqshbandi calculan que, desde el primer encuentro en Chipre entre un marplatense y uno de los maestros del sufismo, sheij Nazim Al-Haqqani, hace 23 años, "tomaron iniciación" en el país (especie de bautismo) unos 1500 argentinos, que sumaron a su nombre otro de origen musulmán.

A partir de ese momento cada uno elige formar una comunidad o practicar el islam según las indicaciones de un maestro. "Es un menú a la carta", dijo a LA NCION Claudia, de 50 años. "Uno llega al islam por diferentes caminos, pero siempre estás en contacto con el maestro", agregó. Ella conoció el sufismo a los 38 a través de un curso de meditación de Osho. "Me tomé un tiempo para pensarlo porque era un compromiso muy serio, rezar cinco veces por día, dejar el alcohol y seguir a un maestro. Y ahora estoy muy contenta", explicó, y pidió no difundir su apellido porque cambió de trabajo hace poco. "No saben que soy musulmana", dijo.

Otros no tienen problemas en dar sus apellidos. Amina Masoli, de 28 años, conoció el sufismo hace seis por sus amigos artesanos en Buenos Aires. Con su novio, que ahora es su esposo -Mahmud Cevasco- se iniciaron en Mendoza, viajaron a Chipre y luego se instalaron en San Esteban junto a otra familia para vivir "al servicio de lo que se necesite". Ahora son quince familias estables en la comunidad que conduce Cevasco, que también tiene 28 años y trabaja en un comercio. "El crecimiento en estos seis años fue exponencial, a medida que el mundo se vuelve más avasallante el hombre necesita encontrar un sostén", dijo.

Marcelo Casagrande concurrió a la charla del sheij en Cancillería con un bastón que le regaló su maestro ("porque todos necesitamos apoyo"). Porteño, Casagrande vive desde hace ocho años en Mendoza con su esposa e hijos; viste una "yuba" (una suerte de sobretodo suelto sobre las ropas) y turbante. Contó a La Nacion que conoció el sufismo en la escuela de psicología transpersonal Cuarto Camino, y que los miembros de sus comunidades provienen en su mayoría de familias católicas.

"No somos una orden intelectual, tenemos una apertura de corazón al amor divino", dijo Hanida, de Mar del Plata, y una de las primeras argentinas en adherir al sufismo, en 1987. Su actividad principal es dar cursos sobre el pensamiento sufí en España, Italia, Gran Bretaña y la Argentina y es editora de los libros de esa espiritualidad. En seis años lleva vendidos unos diez mil ejemplares de once títulos en español y tres en inglés.

Para la charla del sheij Kabbani, Hanida fue a la mezquita del barrio Balvanera, lugar que no frecuenta. "Tenemos poco diálogo con otras comunidades islámicas en el país, porque algunos incluso niegan el sufismo que es, en realidad, la esencia del islam", explicó.

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