
El último liberal ¿era conservador?
Hace treinta años, Robert Kennedy fue asesinado cuando se hallaba en campaña por la presidencia. En The Last Patrician, el ensayista Michael Knox Beran sostiene que el joven político era más conservador que su hermano John y que se había desengañado respecto de las virtudes del liberalismo radical entendido al modo norteamericano. El libro de Beran renueva la visión de la política en los Estados Unidos.
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LA extinción súbita de una vida -cualquiera- antes de alcanzar su apogeo natural es una ocasión irresistible para especular en torno a lo que podría haber sido. Cuando esa vida es la de un político formidable, con innumerables partidarios fervientes, tal especulación se transforma en un importante acto cívico que esclarece la trayectoria de la nación y las posibilidades cerradas, quizá, por la muerte de esa persona. Para los liberales norteamericanos, se diría que los últimos 35 años han estado signados por hipótesis tristes y persistentes, que flotan en el aire, como ecos de tres voces acalladas.
El asesinato de Robert F. Kennedy acaeció hace tres décadas, a menos de un lustro del de su hermano, el presidente, y a menos de dos meses del de Martin Luther King. Robert tenía 42 años. John, 46 y Martin, 39. Apenas seis balas en total, disparadas en Dallas, Memphis y Los Angeles, nos inmunizaron, en cierto modo, contra los historicismos que restan importancia a las contingencias como deflectoras de la historia humana.
Michael Knox Beran viene ahora a perturbar aún más la ecuanimidad de los liberales y a exasperar la imaginación de quienes no lo son. En su libro The Last Patrician: Bobby Kennedy and the End of American Aristocracy (Nueva York, St. Martin´s Press), este abogado neoyorquino sostiene que la noche en que Kennedy ganó las elecciones primarias en California, Sirhan Sirhan no tronchó un proceso de vigorización y restauración del liberalismo al estilo de Roosevelt. Según él, la pérdida habría sido aún mayor pues, por entonces, Kennedy constituía una fuerza más original de lo que entendían los liberales o de lo que, todavía hoy, pueden admitir sin sentirse incómodos. De estar Beran en lo cierto, en la cocina del Ambassador Hotel se cortó una revaluación sin ataduras, equivalente a un rechazo, de lo que entonces se entendía por liberalismo. La crítica de Kennedy, tal como el autor neoyorquino la siente cosquillear en sus dichos y hechos, parece una prima hermana del conservadurismo.
Pero esta interpretación, ¿será acertada?... Es difícil determinarlo, por cuanto el razonamiento de Beran es por momentos caótico; de ahí que su libro sea más estimulante que convincente. Con todo, su estilo es tan vivaz, su pensamiento es tan arriesgado, que las chispas prodigadas por su pedernal literario causan un efecto acumulativo esclarecedor. Además, la claridad con que se expresa hará que los liberales lo acusen de haber cometido un formidable robo intelectual. Ya han sufrido bastante -en buena medida, en manos de Bill Clinton- y, sin duda, no están dispuestos a seguir soportando en silencio que una secta rival reclame para sí a su último santo.
Kennedy y su temible adversario Edgard Hoover
Beran declara que "no ha habido prisa por decir la verdad sobre Bobby Kennedy" porque "bajo su apariencia de último gran liberal, Bobby es un producto valioso, un raro ejemplo de ícono liberal que, todavía hoy, no ha perdido atractivo". Pero, tal como la cuenta Beran, la verdad resulta menos dramática de lo que él mismo insinúa.
En uno de sus arrebatos ocasionales, Beran dice que Agustín fue pagano antes de ser santo, Pablo fue judío antes de convertirse en un cristiano revolucionario, Lutero fue sacerdote antes de hacerse protestante y Kennedy... ¡vaya, vaya! Reconoce que, a comienzos de 1965, fecha asaz tardía, era "un estadista de lo más convencional". ¿Qué sucedió en los tres últimos años de la vida de Bobby que justifique la comparación con las metamorfosis drásticas de Agustín, Pablo y Lutero? Medido en palabras o actos, no fue para tanto.
Admitamos que, especialmente en su última campaña (la de las primarias de 1968 en California, donde compitió con Hubert Humphrey y Eugene McCarth), algo -la evolución de sus convicciones y/o ciertos cálculos a corto plazo- lo hizo aparecer como el menos liberal de los tres. Ya había criticado el Estado benefactor, tildándolo de arma embotada contra la pobreza e instrumento deshumanizador de la condescendencia aristocrática hacia las clases bajas. Al mismo tiempo, había censurado al presidente Lyndon B. Johnson por no haber solicitado más fondos para determinados sectores del Estado benefactor.
Aun así, aproximadamente un mes antes de las primarias de California, The New York Times anunció en un titular: "Kennedy: Meet the Conservative" ("Kennedy: Conozcan al conservador"). Y el gobernador de California, Ronald Reagan, hizo este comentario genial: "Tengo la sensación de haber escrito algunos de sus discursos". En el torbellino de crisis solapadas, internas y externas, de mediados de la década del 60, Kennedy pareció devenir, en verdad, algo más que un corredor a quien otros le habían pasado la posta. Pero aun entonces, sus breves incursiones en un nuevo campo ideológico se limitaron a observaciones sugestivas y acciones tentativas, sin ningún análisis corroborado o programa establecido.
Beran hace gala de su talento, que no es poco, al rastrear el camino de Kennedy hacia su desilusión -así la concibe él- respecto a un liberalismo convertido en "un fenómeno curiosamente regresivo: aunque ensalzaba en forma ostensible al Hombre Olvidado, de hecho lo trivializaba y rebajaba". Ese camino había sido trazado por Joseph Kennedy con su despiadada y perspicaz evaluación del patriciado reverdecido, en el que estaba resuelto a insertar a sus hijos.
Beran cree que, en los Estados Unidos de fines del siglo XIX, aristocracia "significaba debilidad, afeminamiento, Henry James". La primera mitad del siglo XX trajo "el resurgimiento de los pudientes". Con esa especie de agresividad muscular que atrapa al lector polemista, Beran afirma: "La rebelión de los aristócratas contra su confinamiento en un olvido histórico hecho de poesía y mansiones rurales empezó el día en que el joven Teddy Roosevelt, acosado por dos muchachos "casi hasta el límite de la tolerancia", sin tener fuerza ni habilidad suficientes para vencerlos, decidió aprender a boxear y defenderse". Fue un camino recto hacia la "aristocracia de la acción".
Ese fue, según Beran, "uno de los retornos más asombrosos en la historia del poder político norteamericano. Expulsados por Jefferson a principios del siglo XIX, los patricios retornaron al poder a comienzos del XX, sin recaer en el error de alienar al hombre común". Tampoco lo respetaron. "Franklin Roosevelt -insiste Beran- perfeccionó la técnica de envolver a las clases bajas en un cálido baño retórico de solicitud aristocrática". Y añade: "Los dos Roosevelt se esforzaron de manera ostentosa por ayudar al Hombre Común, el Hombre Olvidado, el Hombre Medio, pero nunca pretendieron ser ellos mismos hombres comunes, como lo habían hecho Jefferson y Lincoln, como lo harían Eisenhower y Reagan".
Beran sostiene que Bobby Kennedy fue diferente: tenía autenticidad (para utilizar un término muy de su época). Habiendo perdido, por muerte violenta, a dos hermanos, una hermana y un cuñado, llegó a identificarse de veras con el sufrimiento ajeno, en particular, con lo que se ha dado en llamar "los marginados". De ser así, los pensadores liberales tardaron demasiado en reconocer su capacidad de empatía. Cuando en 1964 se trasladó a Nueva York para disputarle la banca al senador republicano moderado Kenneth Keating, liberales auténticos de la talla de Archibald MacLeish, Richard Hofstadter, Barbara Tuchman y el NAACP apoyaron a Keating. Ganó Kennedy pero, en las elecciones, el presidente Johnson lo aventajó por más de un millón de votos.
Seis meses después, Bobby decía, refiriéndose a las medidas contra la pobreza: "Hemos llegado hasta donde nos lo permiten la buena voluntad y aun la buena legislación". Desoyendo los consejos de Daniel Patrick Moynihan y otros desembriagados prematuros, pronto se lanzó a salvar el barrio Beckford-Stuyvesant de Brooklyn, mediante una "renovación urbana". ¡Qué anacrónica suena hoy esa expresión! La renovación se haría desde abajo, con una "participación" que engendraría una verdadera "comunidad"; a su vez, ésta curaría las almas de los residentes del gueto.
Kennedy no solicitó capitales y experiencia a las fuentes aristocráticas tradicionales. La clave de su liberalismo respetuoso sería confiar en las habilidades inexplotadas y el espíritu de la comunidad. El problema era que, si lo único que se requería para tal remozamiento era explotar esta supuesta reserva de virtudes locales -este capital social de talentos-, el gueto habría sido básicamente sano y no habría necesitado una gran renovación.
No obstante, corrían los tiempos en que Lewis Mumford declaraba ante el Congreso que "la democracia, en cualquier sentido activo, empieza y termina en comunidades lo bastante pequeñas como para que sus miembros se conozcan personalmente". Los historiadores J. G. A. Pocock, Bernard Bailyn y Gordon Wood subrayaban el grado en que las interpretaciones clásicas del concepto de ciudadanía habían influido en los Fundadores de la nación. Más aún: Beran arguye que, al pasar por el horno de la tragedia familiar, Kennedy se había vuelto griego y emersoniano. Después del asesinato de su hermano, Jacqueline Kennedy le había regalado el libro The Greek Way ("El camino griego"), de Edith Hamilton. Esa lectura profundizó su pensamiento acerca del significado de la vida cívica. Por otro lado, la lectura de Emerson avivó su interés por "el problema del alma infraconfiada"(así lo denomina Beran), es decir, las condiciones que atrofian la confianza en sí mismo, requisito indispensable para triunfar en un entorno urbano, en un mundo cada vez más gobernado por impersonales fuerzas del mercado o por burocracias sin rostro.
Si Beran interpreta correctamente la trayectoria de Kennedy, esa parte cuanto menos latente de su pensamiento fue, en verdad, una precursora del actual énfasis problemático en el supuesto deber del Gobierno terapéutico de distribuir "valores", del mismo modo como distribuye la correspondencia. Que este ambicioso programa de gobierno sea un elemento medular del conservadurismo de hoy (la versión liberal hace hincapié en la "autoestima" como un objetivo progresista de los planes públicos) es una de las paradojas de la política contemporánea.
Habrían de transcurrir 28 años entre la muerte de Kennedy y una reforma sustancial del Estado benefactor. Su advenimiento acarreó la derogación de la Ayuda a las Familias con Hijos Dependientes (un derecho adquirido 61 años antes), y la mayor restitución de poderes del Gobierno federal a los estados desde el final de la Reconstrucción (el período de reorganización de los antiguos estados confederados, tras la Guerra de Secesión). Algunos experimentos estatales en marcha incluyen la revitalización de las instituciones intermedias y un avance acelerado del sentimiento comunitario urbano. Beran desecha la "comunidad" calificándola de "aceite viperino" político, e insiste en que los ciudadanos exitosos se incuban en las familias. Pero Kennedy tenía razón: es imposible desconectar a las familias de las comunidades, con sus escuelas, iglesias y empleos, con sus vendedores de drogas, tabernas y patotas.
Las endebles reflexiones de Beran sobre la vida trunca de Robert Kennedy poseen un índice de provocaciones por página insólitamente alto. Algunos lectores iracundos arrojarán el libro lejos de sí pero, luego, lo recogerán y seguirán leyéndolo con avidez.
Por George E. Will
Para La Nación - Nueva York, 1998
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