
El valor de un hombre solo
El viejo y el mar, la célebre novela de Ernest Hemingway, aparecerá el próximo viernes en la nueva Biblioteca LA NACION
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El viejo y el mar cuenta la aventura de un viejo y pobre pescador cubano que sale en su bote y da caza a un pez gigante en medio de una lucha solitaria que es un triunfo y una derrota, y es también la mayor prueba a la que puede someterse un hombre de su oficio y entereza. En la austera grandeza con que el hombre solo enfrenta los elementos naturales, en su resolución estoica de llevar a cabo hasta el final la misión que se ha impuesto aunque en ella le vaya la vida, se detecta el espíritu homérico que anima a la obra. Y aunque Ernest Hemingway se apoye, en nuestro beneficio, sobre indiscutibles datos de la realidad observada con cuidadosa exactitud, el género de la narración es tan fabuloso como el de las mejores leyendas, en las que siempre el valor de un individuo confronta la desmesura de un destino que lo sobrepasa.
Esa línea heroica, visible en la pura acción de los hechos narrados y en las reflexiones con las que el pescador se acompaña mientras trata de soportar el esfuerzo de mantener a raya a su pez gigante, adquiere por momentos la claridad de un enunciado moral sin retornos. El pescador se dice a sí mismo hablando en voz alta que el hombre no ha sido hecho para la derrota: "Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado". O bien "Es idiota no abrigar esperanzas. Además creo que es un pecado no abrigarlas".
Siempre que leo a Hemingway tengo la sensación de enfrentar una experiencia semejante a la que nos permite sentir la lectura de un gran poema: primero me envuelve y arrastra la belleza de las palabras y después me llega el sentido. Es preciso decir, sin embargo, que no hay una verdadera distancia entre una percepción y la otra, o que si la hay, es tan infinitamente pequeña que ambas impresiones se funden en el deleite incomparable del texto. La notable fortuna literaria de Ernest Hemingway reside, precisamente, en la invención de un estilo narrativo de inmaculada sencillez y fácil lectura donde, no obstante, cabe toda la complejidad de la peripecia humana. Es esta rara virtud, digna de los auténticos clásicos, la que lo sitúa entre los mayores prosistas del siglo XX. Quizás por eso el fulgor estético de la escritura -exactitud, brevedad, laconismo- antecede y anuncia la comprensión de lo que estamos leyendo, del mismo modo sutil, y casi simultáneo, con que el primer rayo de luz anticipa la presencia del sol antes de que asome por detrás del horizonte.
Semejante cualidad de captación está viva en sus cuentos y en pasajes enteros de sus mejores novelas, pero sobresale especialmente en El viejo y el mar , un relato de ciento cincuenta y tantas páginas que parecen haber sido concebidas bajo el estado de gracia de un aliento creador sin fisuras ni vacilaciones tonales y en un solo impulso dramático, incorruptible desde la primera hasta la última frase.
En una carta dirigida a su editor, Charles Scribner, fechada en Finca Vigía, su casa de Cuba, el 5 de octubre de 1951, Hemingway define la escritura de El viejo y el mar en los siguientes términos: "Esta es la prosa en la que he venido trabajando toda mi vida con el objeto de que sea leída fácil y simplemente, y con el propósito de que parezca breve y que sin embargo contenga todas las dimensiones del mundo visible y todas las dimensiones del mundo espiritual de un hombre. Y así lo hice, de la mejor manera que pude".
Hemingway escribió El viejo y el mar en Cuba a lo largo de seis laboriosos meses que ocuparon la última parte de 1950 y la primera de 1951, cuando él mismo salía de pesca con los hombres de la zona y era ya, a los cincuenta años de edad, una leyenda viva de las letras norteamericanas tanto en su país como en el mundo entero. Leerlo en estos días, a medio siglo de distancia, es como aspirar una bocanada de aire fresco en medio del bochorno, porque en tiempos mayormente cínicos, de solapada crueldad y blandos ideales de confort, El viejo y el mar nos recuerda que la dignidad no tiene precio.



