El volcán bolchevique

En La Revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo (Edhasa), el historiador británico Orlando Figes traza un fresco admirable de una época marcada por un destino de violencia que quizá podría haberse evitado
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25 de abril de 2004  

"Somos esclavos porque somos incapaces de liberarnos". La frase de Alexander Herzen podría servir de síntesis para La Revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo, monumental historia de la Revolución rusa escrita por el historiador británico Orlando Figes y publicada en castellano por Edhasa. Un pueblo que fracasa a la hora de emanciparse; un "esclavo rebelde" capaz de destruir el antiguo régimen pero incapaz de construir por su cuenta uno nuevo y que en 1921 ya era gobernado por nuevos amos, una elite política comunista en muchos aspectos similar a la antigua aristocracia. La síntesis, no obstante, sería injusta con este vasto fresco de la historia revolucionaria: una obra compleja, matizada y abierta a múltiples lecturas. Quizá sea mejor aproximarse a ella a través de algunas de las muchas historias personales que van armando el relato general.

Tres tristes historias

El príncipe Lvov, un aristócrata devenido próspero farmer, logró rescatar el patrimonio familiar combinando las modernas técnicas agronómicas con el trabajo solidario de sus campesinos. Además, fue activista del consejo administrativo regional, esos zemtsvos surgidos del impulso reformista de Alejandro II. Se ocupó de las escuelas para los campesinos; participó en una gran campaña civil contra la terrible hambruna de 1892 y en otra para movilizar las reservas del país en 1914, supliendo en ambos casos, desde una cierta "sociedad civil", las notorias falencias del estado zarista.

Lvov formó parte de las Duma s de 1905 y de 1917, y militó en el partido constitucionalista kadete. En marzo de 1917 encabezó el primer gobierno democrático ruso. Hombre de conciliación, optimista, populista, eslavófilo, creía posible conducir el timón de Rusia en tiempos procelosos. Sin embargo, no pudo ni supo lidiar con los partidos extremistas de izquierda y renunció cuatro meses después. Exiliado en Europa, organizó primero campañas de apoyo a los rusos "blancos", pero en 1921 volvió a empeñarse en una campaña humanitaria internacional para salvar del hambre al pueblo ruso y a su gobierno rojo.

Sergio Semyonov, por su parte, hijo de una familia campesina muy pobre, se vio obligado a trasladarse a Moscú y trabajar en sus fábricas. Sin embargo, siempre volvía a la aldea para la cosecha y no dejó de ayudar a sus miserables padres. Aprendió a leer, abandonó la bebida y se hizo escritor. Un día conoció a Tolstoi, quien lo confirmó en su vocación, pero nunca renunció a ser campesino. Volvió a su aldea y cultivó la parcela heredada con métodos modernos.

En 1905, Semyonov participó en una "república campesina" y se enfrentó con los viejos de la aldea, atados a las prácticas tradicionales. La revolución de 1917 le abrió nuevas oportunidades: participó en el soviet local pero se dedicó poco a la política revolucionaria. En cambio se consagró a abrir escuelas, fundar bibliotecas, difundir nuevas técnicas agronómicas, dar conferencias, escribir obras teatrales populares. Era la expresión de la creatividad campesina, desatada en febrero del 17. Pero tanta actividad había despertado la envidia y la ira de los viejos de la aldea, los verdaderos jefes, que en 1922 urdieron un complot, lo acusaron de brujería e inspiraron su asesinato.

Dimitri Os´Kin era también un campesino pobre que aprendió a leer y escribir. En 1913, buscando escapar de la aldea, se unió al ejército. Fue suboficial durante la Primera Guerra, aprendió a despreciar a la inútil oficialidad aristocrática y ganó méritos que en 1917 le permitieron ser designado Comisario de uno de los nuevos regimientos de voluntarios. Aunque al principio comulgaba con los socialistas revolucionarios, en 1918 se sumó al Ejército Rojo y cambió su lealtad política. Durante la guerra civil desarrolló una carrera brillante. Desde un puesto de alta responsabilidad, debió dirigir la represión contra obreros en huelga y contra campesinos hambrientos. Ya formado en los valores del Ejército y el Partido, lo hizo sin vacilar. Su carrera continuó en ascenso llegó a general, aunque en 1934 cayó víctima de una de las purgas estalinistas.

Estas tres historias, entre muchas, organizan y dan contenido al relato de Figes.

Hacia el terror rojo

Figes comienza su relato a mediados del siglo XIX, con una caracterización de la sociedad rusa bajo el zarismo, dominada por dos grandes principios: la servidu mbre y la autocracia. El ejercicio arbitrario y violento del poder por el Estado y la nobleza tenía como contraparte la sorda resistencia campesina, combinación de anarquismo con violencia contenida, que se expresaba cotidianamente en la vida de la aldea, como ocurrió con el asesinato de Semyonov. Cuando eso comenzó a ocurrir a gran escala, la venganza de los siervos se convirtió en el sustrato del terror de masas revolucionario.

No era un resultado inevitable. En la segunda mitad del siglo XIX, un importante movimiento reformista, que incluyó una parcial emancipación campesina, pareció llevar a la constitución de instituciones de la sociedad civil similares a las que por entonces florecían en Occidente, junto con un fuerte impulso al desarrollo del capitalismo rural e industrial. Sus bases --las tímidas elites urbanas-- eran frágiles y bastó una sucesión de zares reaccionarios para acabar con ellas. Alejandro III y Nicolás II prepararon el terreno para la revolución, pero su desencadenamiento está ligado a la Primera Guerra Mundial, el radical fracaso del ejército y el estado zarista y la imposibilidad de transformar a los campesinos en soldados patriotas.

El príncipe Lvov, que pretendió organizar la sociedad al margen del estado para sobrellevar la guerra, estaba entre los que, en febrero de 1917, apostaron a un gobierno civil que construyera un régimen constitucional. Ingenuidad suma --señala Figes-- en un país sin ciudadanos. En cambio, brotó con energía una revolución desde abajo y obreros y campesinos arrasaron en poco tiempo con las bases sociales del Estado. Los obreros se hicieron cargo de las fábricas y los campesinos ocuparon las tierras. Los soviets o consejos fueron la institución adecuada para esa revolución, que los partidos de izquierda no atinaban a conducir. Hubo saqueos, violaciones y asesinatos, pero también campesinos como Semyonov.

Figes, que compara permanentemente el desarrollo de Rusia con el de los estados occidentales, encuentra en este movimiento popular la materia prima para una posible construcción democrática, diferente del canon occidental pero no absolutamente distinta. Se pregunta por qué no fue posible combinar las instituciones de la sociedad civil (los nuevos soviets y los antiguos zemtsvos distritales) con la representación parlamentaria de la Duma. Habría habido, quizás, una base política: mencheviques, socialistas revolucionarios de izquierda, bolcheviques moderados. Figes no llega a imaginar una transición pacífica pero sí al menos una guerra civil moderada, menos salvaje que la que realmente ocurrió.

El fracaso en ese camino está en el meollo de la tragedia que quiere describir. En buena medida, atribuye la responsabilidad a la incapacidad, falta de decisión, claridad y coraje de los principales dirigentes moderados, que contrapone con la clara voluntad de poder de Lenin, capaz de subordinarlo todo a su conquista. Pero en el fondo, reconoce que la violencia acumulada en la Rusia campesina hacía imposible ese cauce pacífico. El "terror rojo", que caracterizó a la revolución bolchevique desde sus orígenes mismos, estaba inscripto en la violencia campesina.

Los bolcheviques le agregaron una concepción voluntarista y mesiánica, bastante lejana de Marx o Hegel y próxima a la experiencia de la intelectualidad rusa, que antes de ser marxista había sido anarquista. Las tesis bolcheviques convirtieron la violencia campesina en instrumento de gobierno. La dictadura proletaria, en un país esencialmente campesino, fue impuesta por el terror de la Cheka, la policía política en la que Lenin depositó su confianza, y luego por el Ejército Rojo creado por Trotsky, dispuesto desde entonces a resolver militarmente cualquier dificultad o conflicto. En el contexto de la guerra civil contra los "blancos", los bolcheviques construyeron una base de poder que los emancipó de sus primitivos orígenes proletarios, y les permitió en 1921 sofocar las rebeliones obreras y enfrentar la guerra civil con los campesinos, a quienes no pudieron doblegar. En 1921 la Nueva Política Económica, que restablecía el mercado, reconoció la necesidad de una tregua. A partir de 1929, Stalin retomó la ofensiva bolchevique contra los campesinos, arrasando su base aldeana. Con seguridad, Sergio Semyonov, que creía en el soviet aldeano, habría sido una de sus víctimas.

Figes encuentra que el régimen bolchevique era genuinamente ruso en su absolutismo. Lenin y Stalin, la Cheka y los funcionarios del Partido ocuparon los lugares que antaño eran del zar, la policía secreta y la nobleza. Pero a diferencia de la antigua aristocracia rusa, esa nueva elite partidaria, que desde el día mismo de la revolución se benefició con privilegios abrumadores, era de origen campesino. Os´ Kin fue uno de esos campesinos que abandonaron su aldea, repudiaron su pasado, se entusiasmaron con la utopía de la electrificación y el koljós, instrumentos para aniquilar el pasado patriarcal y opresor de la aldea, y estuvieron dispuestos a materializar la utopía a costa de los campesinos. A la vez, como Os´ Kin, fueron los que hicieron carrera, los que llevaban en su mochila el bastón del mariscal.

Allí se apoyó --nos dice Figes-- la revolución estalinista. Estos jóvenes formados en el Partido y en el Ejército, que habían obtenido en su servicio rango, honores y beneficios, con escasa formación teórica y ajenos a las disputas de los viejos intelectuales marxistas, protagonizaron desde 1929 junto a Stalin un doble movimiento: aplastar la resistencia campesina y eliminar los residuos de la Rusia zarista. La semilla de esa gran transformación, a la que se unió la industrialización acelerada y el desarrollo del nacionalismo eslavista ruso, estaba ya presente en 1924, cuando la muerte de Lenin formalizó el nuevo liderazgo de Stalin.

La urdimbre y la trama

Lo más singular de esta obra, tan monumental como amistosa y atractiva en su lectura, reside en el consistente entrelazado de la trama y la urdimbre. La urdimbre consiste en el permanente contacto con la realidad, tangible y singular de la vida social y cultural: los seres de carne y hueso que ilustran y dan vida a la historia. La trama son los problemas profundos de la sociedad rusa: el mundo rural y la cultura de la aldea, impermeable a las transformaciones; el poder ejercido autocráticamente, sin las limitaciones del constitucionalismo o los derechos; las dificultades para el desarrollo de la economía urbana e industrial, las imposibilidad de implantar un modelo "socialista" en una sociedad ajena todavía al mercado. Muchas de estas cuestiones (por ejemplo, el grado de desarrollo del capitalismo en Rusia antes de 1917) han sido y siguen siendo objeto de debates académicos. Respaldado en una notable erudición, Figes las resuelve con sencillez y autoridad.

Lo que se sabe de la sociedad rusa, y particularmente del período soviético, se ha incrementado de manera notable en los últimos años. Hasta no hace mucho, las indagaciones sobre la historia revolucionaria debían limitarse a su aspecto más público: las publicaciones oficiales, los debates partidarios, las líneas políticas. El régimen soviético mantuvo inaccesible la información sobre la vida social y política más íntima pero no destruyó nada, y desde hace veinte años la producción monográfica es asombrosa. Figes, que aporta los resultados su propia investigación, ha realizado el supremo trabajo de la síntesis, del ordenamiento, en una explicación comprensiva y sensata.

Traza así un dibujo básico, una trama, que puede ser expuesta sencillamente. Por cierto, escribe dominado por una pregunta y un paradigma acerca de cómo podrían o deberían haber sido las cosas: por qué Rusia no recorrió alguno de los caminos, diversos pero similares, de la modernización social y el constitucionalismo que caracterizaron a casi cualquiera de los estados occidentales. Quizá Figes confía demasiado en la existencia de una normalidad, de la que Rusia se habría apartado. Su confianza lo lleva a proponer que el desordenado tránsito de 1917, cuando la sociedad se sacudió simultáneamente a la clase propietaria y el Estado, podría haberse encarrilado en alguna de las variantes de la democracia constitucional.

En este punto, es posible encontrar una tensión. La idea de la tragedia, la convicción de que todo ha de terminar de un modo terrible --que a la vez muestra a un historiador que escribe a partir de sus convicciones-- está presente desde el comienzo mismo del relato. Pero a la vez, el excelente historiador profesional --Figes lo es-- está alerta a la coyuntura, al momento en que la historia está abierta a diversas alternativas, a la posibilidad de que las cosas pudieron haber seguido un rumbo distinto. Mucho de eso tiene que ver con los protagonistas, con la capacidad de hombres singulares para concretar sus proyectos, un aspecto que en este libro ocupa un, lugar muy importante. Los retratos de Nicolás II, Stolypin, Lvov, Kerensky, Trotsky o Lenin, entre otros, son magistrales.

Sobre esa sólida trama, este libro va recorriendo la urdimbre de la historia: la vida de una sociedad cuyos escenarios son el Palacio de Invierno, la aldea campesina, la fábrica, el frente de guerra, los salones donde se aprietan los dirigentes revolucionarios. Todo eso le permite a Figes escribir esta epopeya del pueblo ruso con el arte de un novelista. La tragedia de un pueblo tiene la densidad y el magnetismo de Guerra y Paz. Pocos libros de historia logran este pequeño milagro, que Figes plasma aquí: la historia representada delante de los ojos del lector.

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