Elogio de la ira
La reacción colérica que despierta una injusticia es psicológica y éticamente necesaria. Hasta Jesús se enfureció cuando azotó a los mercaderes del Templo. Pero los sentimientos iracundos sólo son positivos cuando uno puede librarse de ellos
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En el origen y en la raíz de Occidente, existe la ira, inseparable de la aurora de la poesía que fundó nuestra civilización. "Canta, oh diosa, la ira funesta del pélida Aquiles", dice el primer verso de la Ilíada . El poema es, ante todo, la epopeya de la cólera. Esta aparece inmediatamente como una pasión negativa portadora de desventuras: se dice que ella acarreó infinitos lutos a los aqueos, arrastrando consigo a la muerte a muchos héroes, cuyos cuerpos fueron pasto de los perros y las aves. La ira de Aquiles no es la única en el texto. Hallamos la ira de Zeus por el rapto de Helena, la de Apolo por la ofensa a su sacerdote Crises, la de Agamenón por la esclava que le quitaron. Se dice que toda pasión lleva a la ruina pero en este caso, la cólera amenaza con destruir por completo una gran coletividad, con hacer perder la guerra a toda Grecia aliada contra Troya.
No se trata, entonces, de una cólera común; la palabra griega menis -anota María Grazia Ciani- tiene una valor sacro e indica la reacción a una ofensa profunda e injusta contra el honor público (de un dios o de un guerrero), es decir, un derecho inalienable de la persona, sancionado por un ritual o por una costumbre vividos y sentidos como una ley religiosa. La ira es entonces, al menos al principio, justa e incluso debida, una respuesta no sólo psicológica sino también éticamente motivada y necesaria. La salvaje e incontrolable furia de Aquiles, sin embargo, excesiva y desmesurada, es fuente de desgracias. Nace de la orgullosa reivindicación del propio derecho-deber para consigo mismo, pero está peligrosamente cercana a la locura, a la pérdida de sí: como reza el dicho latino, ira brevis furor , la ira es un breve furor. De la cólera de Aquiles a la locura furiosa de Ayax hay sólo un breve paso.
Desde sus orígenes, la cólera está emparentada con la civilización occidental y, aun estando en guardia ante sus peligros, la segunda reconoce en la primera una grandeza. Se encolerizan los héroes y los dioses griegos pero también el Señor muestra a menudo un rostro enfurecido en la Biblia: su cólera, que derriba a los soberbios y a los altivos, es inseparable de la justicia y se vuelve necesaria para la salvación del mundo. También Jesús manifestó sin inhibiciones su cólera, por ejemplo, cuando azotó a los mercaderes del Templo. El último día, el día del Señor, de la Verdad, es un Dies Irae .
Las divinidades -los valores- de otras civilizaciones no conocen esta ambivalencia de la ira y no le dan tal peso a la cólera. Cuando Shiva mata o cuando Krishna, en el Bhagavad-Gita , el texto sagrado de la India, explica a Arjuna el deber de combatir y, por lo tanto, de matar, no existen huellas de ira, sino sólo la obediencia a un código. El taoísmo y el budismo ignoran la cólera o la rechazan como ilusión, deseo, engaño de la sed de vida. Sólo para los estoicos, los filósofos occidentales más cercanos al ideal oriental de serenidad imperturbable, toda ira es viciosa, mientras que los peripetatéticos, discípulos de Aristóteles, distinguen, como su maestro, la ira buena de la ira mala. El pensamiento occidental se ha preguntado siempre cuándo la cólera es justificable o necesaria. Tomás de Aquino, en su análisis de los vicios o pecados capitales, desentraña todos los pros y los contras de la ira; examina sus manifestaciones para distinguir la ira buena y virtuosa, que nace de la indignación objetiva ante la injusticia, de la ira malvada, nutrida del espíritu de venganza; la justa, que se alza contra el pecado, de la mala, que se levanta contra el pecador. Crisóstomo, comentando el Evangelio según San Mateo, dice que mientras que la ira inmotivada es culpable, la motivada resulta necesaria, porque sin ella "ni los juicios serían firmes ni los crímenes serían reprimidos". Para Santo Tomás, en cambio, la precipitación iracunda impide el recto juicio, pues -sostiene, citando a Aristóteles- se anticipa confusamente como los siervos, que se apuran para ejecutar una orden antes de escucharla por entero y, desde luego, se equivocan. La cólera alimenta el castigo pero lo contamina y lo deforma, como pensaba Arquitas de Tarento, cuando decía al siervo que lo había ofendido: "Te castigaría gravemente si no estuviese furioso contigo".
A la ira se le atribuyen el insulto y la prepotencia, pues el hombre que se abandona a ella se arroga el derecho de hacer justicia por sí mismo, que corresponde a Dios. Pero a ella también se le reconoce una útil función, por cuanto -como sostiene Crisóstomo- la "tolerancia irracional [...] invita al mal no sólo a los malvados, sino también a los buenos". La ira, dice Hugo de San Vittore, "aleja al hombre de sí mismo" (el furor arranca al yo de sí mismo), mientras que otros comentaristas medievales afirman que ella enceguece el ojo de la razón y del corazón. Con su genio experto no sólo en clasificaciones, sino también en ambigüedades, Aristóteles escribe en la Etica a Nicómaco : "la ira parece escuchar a la razón, pero la escucha al través".
La cólera es, entonces, para la reflexión filosófica, una pasión ambivalente, peligrosa aunque noble; es expresión de grandeza a menudo mortal y trágicamente desviada, pero expresión de grandeza al fin. Una sal de la que se abusa incontrolablemente puede ser letal, pero, en su justa medida, no puede faltar. Una persona incapaz de cólera aparece como privada, exenta de una cuerda fundamental del ser humano. A diferencia de la envidia, por ejemplo, que es sólo negativa -una mezquindad venenosa para quien la siente y para los otros y que, en ninguna dosis ni en ninguna circunstancia puede ser buena-, la ira se entrelaza, peligrosamente, con la magnanimidad, con el alma superior. Dios -y también el hombre, según algunos hecho a su imagen y semejanza- debe a menudo enfurecerse, pero obviamente no es pensable que lo roa la envidia. La ira, en proporciones no míticamente gigantescas sino psicológicamente realistas, es un gran defecto, no un defectito. Y si decimos de alguien -como yo mismo dije una vez de Alberto Cavallari, impávido, generoso e iracundo- que tiene muchos grandes defectos pero ningún defectito, en el fondo lo estamos alabando.
Como todas las pasiones, la ira está muy presente en la literatura: es un tema, un objeto de la representación literaria y, sobre todo, un modo de vivir y describir el mundo por parte de los escritores. Es imposible hacer un catálogo de las descripciones poéticas de la cólera: el furor de Aquiles, la explosión salvaje de dolor y de disgusto en el rey Lear, el estallido incontenible del apacible Pierre Bezuchov o tantas otras páginas inmortales que constituyen la radiografía y el electrocardiograma de todas las afecciones de la condición mortal del hombre.
Para muchos escritores, la cólera no es simplemente un motivo, como los celos de Otelo o la apatía de Oblomov, que no significan necesariamente que Shakespeare fuera celoso o Goncharev indolente. Para algunos escritores, la cólera es su propia mirada que se posa sobre el mundo y lo retrata. Los grandes escritores satíricos ven, describen y agreden la realidad con los anteojos de la cólera y, al violentarla, aferran, justamente gracias a esa deformación, una verdad anormal. Los escritores satíricos son los vengadores de la naturaleza -sobre todo de la humana- ultrajada, reprimida, alterada o falsificada: la ira de Juvenal, Swift, Karl Kraus o Gadda, para dar sólo algunos ejemplos. Se trata de escritores que vengan los errores padecidos por los hombres por obra de sí mismos o de otros hombres. La cólera, pues, está estrechamente ligada a la venganza. El escritor satírico venga una presunta pureza original corrompida, obligando a quien la violentó -violentándose de ese modo a sí mismo- a tomar conciencia de esa violencia destructiva y autodestructiva, a percatarse de haber falsificado la vida y haber vivido de un modo y en un mundo falsos, y, por último, a advertir el malestar, el disgusto, la disminución, la impotencia de la propia condición.
Como toda cólera y toda venganza, este furor es necesariamente tendencioso y faccioso, ve sólo el mal que quiere agredir, ignorando todo el resto. Desde este punto de vista, el escritor colérico-satírico es a menudo injusto y frecuentemente se equivoca por la condición absoluta de su agresión; pero, sin su hiperbólica unilateralidad y sin su grandiosa deformación, nunca habríamos descubierto -gracias a la lente de la ira, que deforma pero aumenta y obliga a ver tantas cosas- algunos aspectos, algunas verdades esenciales de la vida, de la historia, de la sociedad, de la civilización, del hombre.
La cólera exaspera, pero esa exasperación puede enfocar de modo anómalo un aspecto anómalo de lo real, que sólo puede ser captado por medio de esa óptica trastocada. La ira ve las cosas desde una distancia cero, como el doctor Kien en el Auto de fe de Elías Canetti, y revela su objetiva desmesura e irracionalidad. La cólera fría y helada de Flaubert desgarra el velo ficticio que envuelve y achata la violencia de las cosas y sólo de esta manera hace posible el acceso a una auténtica ternura y pureza. Quizás hoy, nuestra realidad aberrante, reducida a sátira y burla irreconocible de sí misma, puede ser comprendida y rescatada sólo desde una perspectiva que sepa unir la pietas y la ironía con la cólera. La levadura que necesitamos debe contener algunos gramos de ira bíblica y de ira flaubertiana.
La vida implica también el juicio universal sobre ella misma, que requiere una justa composición de piedad amorosa y cólera sanguínea. Nadie lo reveló mejor que Dante, el poeta que veía la cólera como inseparable de la tensión moral, del sentimiento fuerte de la vida y de la historia, de la grandeza del alma. Dante parece demostrar que la capacidad de encolerizarse es una cualidad necesaria para la plena humanidad de un individuo, como la capacidad de amar. Pero Dante sabía bien que el valor de la cólera subsiste sólo mientras ella permanezca dentro de los justos límites y trascienda la mera subjetividad del impulso y del sentimiento individual. El sabía cuán fácilmente la ira podía traspasar ese límite y degenerar en el exceso y en el desencadenamiento de una furiosa libido personal. En ese caso, la ira es pecado mortal, vicio capital: a los iracundos les está reservado el quinto círculo del Infierno.
Los iracundos, por otra parte, están cercanos, en el castigo, a los perezosos, culpables de un pecado pasivo que no tendría nada en común con la furia descontrolada, pero que, en cambio, mantiene con ésta última lazos estrechos y ambiguos. Ya Aristóteles había comprendido que existía un nexo entre ira y tristeza. La cólera es triste porque saca al yo de sí mismo, le enturbia la mirada y le ofusca la visión gozosa de las cosas, la capacidad de gozarlas con ese libre abandono a la seducción de vivir que es posible sólo en alegría, en fraterna comunión con los otros. La cólera impide tal fraterna igualdad, porque convierte en juez (fatalmente por encima de los otros) a quien la siente, y juzgar, de por sí, es siempre triste. Brecht lo sabía muy bien cuando decía que la ira -la ira política en su caso- altera el rostro, que se salvaba de esa alteración gracias a la conciencia que tenía de ésta.
Sin esta conciencia, se es víctima del resentimiento, de una rabia mezquina y caricaturesca que impide la libre relación con el mundo y conduce al alma a la frustración. El resentimiento permanece apegado a los errores padecidos, verdaderos o presuntos, de los cuales presenta siempre la factura y a los que atribuye cada fracaso. La cólera deviene en ese caso malignidad rencorosa, una actitud forzosa y repetitiva, una retórica del sentir y del decir; muchas veces un enfático moralismo declamatorio. Numerosos escritores, incluso talentosos, han cedido a esta cólera, usándola como un traje que se ha vuelto un estereotipo mecánico travestido de permanente y noble indignación.
Este comportamiento caracteriza a muchos escritores ferozmente críticos respecto de la modernidad, de la burguesía, de la democracia, de las masas, de los moderados y del conformismo progresista. Léon Bloy es un ejemplo de esa ira, que ha tenido muchos imitadores, grandes, mediocres y pequeños. Incluso en ese caso, la ira denuncia y agrede distorsiones reales, pero se reduce a fórmula prefabricada, objetivamente añeja aunque pasionalmente sufrida; se convierte en una letanía previsible, en un estribillo repetible a gusto. La cólera es también, literariamente, una retórica, con sus figuras, sus metáforas, sus amplificaciones. La retórica puede ser el sistema lingüístico al cual un gran poeta recurre creativamente o un repertorio gastado por el uso. Los coléricos antidemocráticos incluyen muchos mediocres que abusan estérilmente de tal retórica y usan siempre la misma máscara feroz. Entre ellos hay también algunos grandes, irrepetibles e inimitables, y a menudo imitados por tantos indignos iracundos de profesión, que se sienten autorizados a copiar a Céline.
La ira -dice Kipling- es el huevo del miedo; nace de aquello que oscuramente perturba y amenaza. "Dominar la cólera -escribe Adam Smith en su Teoría de los sentimentos morales - resulta no menos generoso y noble que dominar el miedo." Este dominio, agrega Smith, es bueno sólo cuando se opone a un impulso libre y fuerte, cuando no nace a su vez de un miedo reprimido y adulterado: si algo en el universo nos da miedo, dice Chesterton, es necesario que nos enfurezcamos contra ese algo, hasta desenterrarlo y golpearlo en la cara. La cólera contra quien es más fuerte no debe ser dominada; la que se reprime es aquella, más cobarde y frecuente, contra el más débil. La noble ira, como la generosamente experimentada y enseguida olvidada por el señor Pickwick, el inmortal héroe de Dickens, forma parte de una unidad de la que participa la generosidad de sentir, y se opone al resentimiento, que prospera y se arraiga maligno en el ánimo, y se vuelve naturaleza estable del individuo. Ninguna indignación iracunda, por motivado y necesario haya sido su origen, puede volverse tormento permanente, sin trasnformarse en una pose falsa. La cólera es liberadora sólo si se es capaz de librarse de ella: "el sol -dice San Pablo en la Epístola a los Efesios- no se pone detrás de vuestra ira".
Traducción de Alejandro Patat



