En busca de un emperador

SHAKESPEARE. LA INVENCION DE LO HUMANO Por Harold Bloom-(Norma)- Trad.: Tomás Segovia-734 páginas-($ 37)
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26 de diciembre de 2001  

La seducción de los libros de Harold Bloom radica en el cruce que operan sobre dos tradiciones: la del academicismo y la del ensayo. Profesor en Yale, Nueva York y Harvard, Bloom aporta a su escritura una formación rigurosa, la preocupación por las bases del conocimiento -el fundamento epistemológico- y el manejo erudito de todo lo escrito anteriormente sobre el tema que estudia. Del ensayo, paralelamente, rescata su afirmación de la subjetividad, la importancia de asumir una posición evaluadora a partir de una escala axiológica y, por sobre todo, la libertad de elaborar hipótesis riesgosas, muy personales, e imágenes de conjunto.

El último libro de Bloom traducido al castellano, Shakespeare. La invención de lo humano , no escapa a esas directrices. Manifestaciones del academicismo son una cronología y una periodización del teatro de Shakespeare que abren el volumen y los treinta y cinco capítulos que desentrañan las claves principales de cada una de las obras del genial dramaturgo, desde Enrique VI, Primera parte (1589-1590) hasta Dos nobles de la misma sangre (1613). Simultáneamente, Bloom ensayista enmarca esos materiales con una tesis tan potente como cuestionable: la idea de que Shakespeare no sólo es el autor central de la cultura occidental, sino además el creador de nuestra concepción actual de lo humano. Afirmación sin duda discutible, aunque profundamente incitadora desde una perspectiva comparatista.

Que Shakespeare se ha convertido en un "dios mortal", nadie lo duda. Que es uno de los referentes centrales de la cultura occidental, tampoco se discute. Que es hoy uno de los autores permanentemente leídos, traducidos y puestos en escena, es incuestionable. Pero Bloom se equivoca cuando pretende deducir de estas condiciones, asentadas en el siglo XX, un supuesto "universalismo" del teatro de Shakespeare y, peor todavía, cuando intenta ignorar el resto de la producción literaria universal en virtud de un estrecho monismo shakesperiano. "La respuesta a la pregunta Ô¿Por qué Shakespeare?´ tiene que ser: Ô¿Pues quién más hay?´", afirma sin titubeos en la Introducción.

Deben objetársele a Bloom su incapacidad (¿deliberada?) para percibir la multiplicidad del mundo y su voluntad, subsidiaria de una visión política monárquica, de encontrar un "emperador" de las letras universales. Si hay un mérito en la perspectiva comparatista, que piensa los fenómenos literarios más allá de las fronteras nacionales, es el reconocimiento de la diversidad cultural del mundo, de la convivencia de las diferentes maneras de pensar la realidad y la literatura que poseen los distintos pueblos, o la constatación de que lo artístico es un fenómeno de complejidad estremecedora y tan variado que es imposible reducirlo a planteos estrechos. Realmente sorprende que un hombre culto e inteligente como Bloom ponga su esfuerzo intelectual al servicio de un punto de vista insostenible. Coronar un emperador de las letras universales parece responder a inquietudes tan limitadas como la de conocer quién es el hombre más rico del mundo o cuál fue el político más poderoso o tantos otros desatinos que, en última instancia, lo único que logran es deshistorizar y trivializar los complejos avatares del devenir del hombre.

Cuando sostiene el universalismo de Shakespeare, Bloom parece ignorar la existencia en el planeta de diversas civilizaciones con cosmovisiones profundamente contrastivas. Parece olvidar también aquellos componentes del teatro shakesperiano que lo anclan en la historicidad de los siglos XVI y XVII y, específicamente, en la perduración de concepciones culturales de la Edad Media vigentes en la Inglaterra de aquellos años. Por ejemplo, ¿qué vigencia tiene hoy la cosmovisión isabelina que concibe un orden infalible del mundo como una cadena del ser y de planos correspondientes, donde la creación funciona como una danza o jerarquía en movimiento? La incuestionable -para Shakespeare- autoridad divina del rey, ¿no es acaso otro principio que distancia los tiempos actuales respecto del pasado.

De esta manera, la tesis central de Shakespeare. La invención de lo humano resulta reduccionista, deshistorizadora y brutalmente anglocéntrica. La tendencia de Bloom al anglocentrismo ya se había manifestado claramente en su libro El canon occidental , donde, al considerar los veintiséis autores fundamentales de nuestra civilización, el prestigioso crítico demostró ser capaz de prescindir de Flaubert, Balzac y Dostoievsky y no pudo excluir a George Eliot (Mary Ann Evans, la poco recordada autora británica de El molino sobre el Floss , 1860).

El excelente capítulo dedicado al análisis de El Mercader de Venecia es, sin duda, la mayor argumentación del propio Bloom contra el universalismo shakesperiano. Define esta obra, con toda razón, como "profundamente antisemita". Antonio, el mercader del título, es "el buen cristiano que manifiesta su piedad maldiciendo y escupiendo a Shylock". Este último es un villano cómico, "a la vez grotesco y aterrador". Bloom advierte que es imposible pensar El mercader de Venecia al margen del antisemitismo y confiesa: "Yo mismo me siento desconcertado en cuanto a lo que costaría (y no sólo éticamente) recobrar la coherencia de la obra". ¿Podría alguien incluir en un legado universalista una pieza antisemita?

En resumen, Bloom invita a la polémica y la reprobación en los lineamientos más generales de su tesis, pero a la par escribe algunas de las páginas más lúcidas sobre aspectos particulares del teatro shakesperiano. Entre otras, sobresalen las dedicadas a Medida por medida o a Marco Antonio y Cleopatra .

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