En defensa de ciertos placeres
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Los otros días volví a ver una serie de entrevistas a David Lynch, grabadas en 2020, que son como un faro.
Lynch, el extraordinario director de Twin Peaks, Terciopelo azul y otras obras que marcaron a fuego la educación cultural temprana de la Generación X, practicó con devoción la Meditación Trascendental por 50 años (murió en 2025, a los 78), sin saltear un solo día. El hábito, contaba siempre, le cambió la vida. Lo volvió una persona más serena y luminosa -incluso cuando su corpus artístico aborda la oscuridad con tanto realismo que parece salido de las entrañas mismas del Mal- y lo encaminó hacia una existencia consciente y plena.
Aunque hay muchas y muy buenas de esas entrevistas (fácilmente localizables en YouTube), en las que el realizador describe las virtudes de la meditación -que incluso lo llevaron a crear la David Lynch Foundation, desde la cual se divulga y se enseña esa disciplina en escuelas, cárceles y hospitales-, una en particular me resulta más humana que el resto. En ella, el cineasta le cuenta a la autora británica Susie Pearl que, antes de practicar cada mañana, toma varias tazas de café y fuma unos cuantos cigarrillos. “Mucha gente comienza con esto y abandona los llamados ‘malos hábitos’ de forma natural”, le dice. “Yo empecé a meditar y dejé de fumar por 21 años, pero durante todo ese tiempo mi amor por el tabaco permaneció intacto. Entonces, volví a él. Para mí, el tabaco y el café van de la mano con la vida del artista”.
Esa confidencia, que parecería tan peleada con la virtud de meditar, realza a mi entender la autenticidad de un creador, particularmente en tiempos bastante maniqueos. Me recordó a un pasaje de Vida, las imperdibles memorias de Keith Richards, en el que el guitarrista de los Rolling Stones cuenta -casi un gesto humorístico para alguien que llevó al extremo la máxima contracultural de “sexo, drogas y rock and roll”- que el secreto de su longevidad es haberse alimentado sólo cuando sentía hambre (“me guío por el apetito natural”, escribe) y haber dejado atrás los abusos de su juventud, pero seguir acompañando sus comidas con “el inmenso placer de una copa de vino o una cerveza”.
Jamás se me ocurriría hacer una apología de los excesos; tampoco una prédica sobre las gratificaciones inmediatas. Pero la idea de sostener el bastión de algunos placeres en esta vida veloz, hiperconectada, que corre el riesgo de volverse demasiado pálida y ascética, me rondó particularmente en estas semanas, a raíz de una vivencia personal.
A comienzos de este año decidí volver a estudiar. Era algo que deseaba hacía tiempo, y si bien toda mi vida abordé el aprendizaje con un gran sentido de la responsabilidad, esta vez la condición que me impuse -porque para algo uno madura, ¿no?- fue hacerlo desde el disfrute. Pero llegó mitad de año, época de exámenes, y la cordillera de apuntes sobre el escritorio, sumada a un incomprensible vértigo con el que se abordan las clases -120 minutos que nunca alcanzan para lo planificado- hizo que el dulce perfume del disfrute se disipara muy rápidamente.
Como algunos malestares no pueden maquillarse, mucho menos cuando son generalizados, un docente en particular captó el agobio grupal en el aula y, con sensibilidad, preguntó: “Pero, ¿ustedes están disfrutando de esto?”. El silencio fue tal, que la respuesta tuvo la contundencia de un alarido.
Ese día volví a casa pensando en la importancia de respetar el deseo, y de no traicionarse ante las exigencias desmedidas y la neurosis social -especialmente cuando uno ha aprobado ya tantos exámenes...-. De no claudicar a ciertos placeres que nos conforman, que nos identifican. Así sea tomar café antes de meditar, comer cuando se nos da la gana o estudiar al ritmo propio, con la noble intención de aprender de veras. Porque a cierta edad uno entiende que la vida no es perfecta. Pero sí puede ser mucho más disfrutable.
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