
En los años de la Pasqualati-Haus
Bettina fue una de las visitas prominentes que más lo frecuentó en esa casa. Desde el día que lo conoció, ¡y recordaba muy bien el día!, porque volcó la abrumadora impresión de ese encuentro en una carta, mezcla de ficción y realidad que pasó a la historia: “Cuando lo vi por primera vez, el mundo desapareció, y no creo estar equivocada al afirmar que, aunque hoy nadie lo comprenda, este hombre se anticipa a la humanidad ¡¿Qué le puede importar relacionarse con el mundo si desde que amanece su tarea es una misión sagrada?!”
En la efusiva carta dirigida a Goethe, Bettina Brentano —la famosa novelista e intelectual, amiga de artistas y poetas con los que cultivaba un salón literario y compartía el florecimiento de una Alemania romántica—, le describía al “padre de la lengua germana” su emoción como un acontecimiento cuando, el 28 de mayo de 1810, en la Pasqualati-Haus de Viena, en esa señorial casa con vista sobre los jardines del Prater y la explanada del bastión que delimitaba la antigua ciudad amurallada, conoció a Ludwig van Beethoven.
En esa histórica casa de la Mölkerbastei nº 8, donde vivió intermitentemente entre 1804 y 1815, el músico compuso algunas de sus obras más importantes: la Quinta sinfonía llamada “Sinfonía del destino” (la de las cuatro notas más reconocibles del planeta), la Sexta “Pastoral” y la Octava, la popular bagatella Für Elise, el fabuloso Trío Archiduque y la ópera Fidelio. Y concluía a la vez las partituras de otras varias cuyas músicas, siguiendo la intuición de Bettina y en las palabras que ella misma puso en boca del músico, son “una revelación más alta que toda ciencia y filosofía”, entre ellas, el Concierto para piano nº 4.
De los tantos domicilios que Beethoven habitó en Viena, esta fue su residencia favorita, el hogar más entrañable y recordado. Propiedad del mecenas de las artes y protector del músico, Johann Baptist barón Pasqualati, que le rentó uno de los departamentos del elegante edificio de cuatro pisos, construido a fines del XVIII y heredado de su padre, médico personal de la emperatriz María Teresa de Austria. Fue su amigo, asistente y primer biógrafo, el pianista Ferdinand Ries quien encontró el departamento ideal de apenas dos ambientes en la última planta donde Beethoven, sin pedir permiso y para disgusto de los vecinos y del barón, decidió abrir una nueva ventana con vista al Este. Con mucha razón, le respondió al propietario que debía estarle agradecido por la mejora sobre ese muro. Sin hablar del agradecimiento histórico por el cual hoy, a 220 años de aquel alquiler, la casa se conserva intacta y con el nombre de su dueño como museo nacional desde 1997, albergando en el departamento contiguo al del músico, una colección dedicada a su memoria.
“¡Ojalá su vida sea tan larga como para que el noble y poderoso enigma que yace en su espíritu, esa sabiduría celestial que es pura magia, florezca y alcance la perfección! Comprenderás —continuaba la misma carta de la escritora al célebre poeta, 36 años mayor que ella—, que es una gran verdad lo que te digo”. La inolvidable carta fue publicada como parte fundamental de su obra El Epistolario de Goethe con una niña en el año 1835, poco después de muerto el literato. Tal fue la fascinación de esas visitas a la Pasqualati-Haus donde, más allá de la grandeza del músico, Bettina vio al artista visionario como “una fuerza de la naturaleza”, que pronto se erigió en el nexo entre los titanes de su cultura.
“Mi querida Bettina —le escribió Beethoven, profundo admirador del autor del Fausto—, no hay primavera más bella que la de este año, y así lo siento porque te he conocido a ti”.
Una anécdota del tiempo y del espacio donde el genio concibió su música. Una de las cuales —el Concierto nº 4 en Sol Mayor, “el concierto sagrado” para los grandes pianistas—, se escuchará este sábado por Margarita Höhenrieder junto a la Camerata Bariloche en el Teatro Colón.




