
Enriquecer el testamento francés
Nació en Rusia pero escribe en la lengua que le enseñó su abuela, la lengua de Proust, al que admira. No quiso encerrarse en el círculo vicioso de los intelectuales disidentes y se fue a Francia, donde, tras un período de pobreza durante el cual vivió en una bóveda de cementerio, ganó el prestigioso Premio Goncourt. En este diálogo habla de su nueva novela, Réquiem para el Este
1 minuto de lectura'

Cuando un ruso no está arruinado prematuramente por el exceso de vodka, su mirada es intensa; su mandíbula, enérgica y su cuerpo, vigoroso y sólido. En cuanto a su lenguaje, suele ser gutural y sin concesiones. Andreï Makine es así.
Makine dejó su país natal hace 25 años para instalarse en Francia a escribir, en francés. Desde entonces, ha recibido los premios literarios más prestigiosos. La primera de sus nueve novelas fue La fille d´un héros de l´Union Soviétique , publicada en 1990 por Laffont. En 1995, con El testamento francés , recibió el Premio Médicis, el Goncourt y el Goncourt de los estudiantes de los liceos. En la Argentina acaba de aparecer Ré quiem para el Este (Tusquets), una novela histórica en la que, a través de la vida de tres personajes, recrea el estallido de la Rusia del siglo XX.
Admirado, cubierto de laureles, Makine se transformó en poco tiempo en una suerte de arquetipo del ruso, como lo sueñan los occidentales: imperturbable, enigmático y filosóficamente pesimista.
Erguido, casi rígido en la banqueta, indiferente al decorado de ese anodino bar de la Butte Montmartre donde le dio cita a adn cultura, Makine observa a su interlocutor con la mirada transparente de aquellos que han decidido habitar el silencio. Su cortesía, su confesada simpatía por una América latina que parece conocer bien no alcanzan para abrir el muro que ha erigido entre el mundo exterior y su vida.
"Flaubert decía que el escritor debería dejar sólo sus obras y que decir cosas sobre sí mismo era una reacción pequeñoburguesa a la cual siempre se había resistido. Yo no sé en realidad cuánto interesa saber si las crisis de epilepsia provocadas por su sífilis tuvieron alguna influencia en la escritura de Madame Bovary ?", reflexiona. Sobre su vida, decíamos, el periodista sólo conseguirá enterarse de lo que dicen los escasos datos de su biografía oficial.
Nacido en 1957 en la ciudad siberiana de Krasnoiarsk, aprendió la lengua de Molière a los 5 años gracias a una francesa que aparece como su abuela en El testamento francés . Al mismo tiempo descubrió la poesía. Esos dos aprendizajes le hicieron tomar conciencia de la diversidad del mundo y de la posibilidad de resistir la presión ideológica. Estudió en Kalinin y después, en los años 70, en Moscú, donde frecuentó círculos contestatarios intelectuales. De ese período escribió: "Quejarse del régimen, no escribir o escribir únicamente para quejarse? Adivinaba allí el círculo vicioso de la literatura disidente".
Después llegaron los viajes: Siberia, Extremo Oriente, Asia Central, el gran norte ruso. Más tarde, Europa, Asia, América latina, África y Australia, adonde sigue yendo desde hace años porque le recuerda "los grandes espacios de su país de origen". ¿Cómo y por qué? Incógnita. La única historia verificable en la vida de Makine comienza en Francia, país donde nadie podría ser más adecuado que él para transformarse en leyenda: ruso, exiliado, inmigrante, solitario, pobre, rechazado por todos los editores, desconocido y, de golpe, Premio Goncourt.
Cuando llegó en tren a la Gare de l´Est, en 1987, sólo traía consigo un sueño: una Francia mítica que le había transmitido su abuela Charlotte. En El testamento francés , su libro más autobiográfico, relata la sensación de sentirse extranjero en su propia tierra siberiana, debido a una lengua y una cultura que le transmitieron un mundo irreal, una Francia que nada tenía que ver con la verdadera: cuando Charlotte le hablaba de un barrio parisino, en su imaginación él veía a Proust atravesando un pueblo de isbas de madera.
Una vez en la Francia real, Makine vivió como pudo: en los barrios populares de Belleville y de Ménilmontant y hasta en una bóveda del cementerio de Père-Lachaise. Dio algunos cursos de literatura rusa, escribió una tesis sobre Iván Bunin, se construyó una cabaña escondida en las dunas de la costa atlántica. Desde allí escribía y enviaba sus manuscritos que le eran rechazados una y otra vez por los editores. "Las cartas eran terribles. Los editores son gente cruel. Todo aquello me hirió profundamente", reconoce.
Entre dos golpes de desesperanza, su empecinamiento es apenas creíble. "Hice todo, todo, para ser publicado. Me puse todos los seudónimos posibles. Cambiaba los nombres de mis novelas, las primeras páginas, y volvía a enviar las copias a las editoriales. Cerraba mis manuscritos con hilos de goma de neoprene para ver si alguien abría el sobre. Los recibía de vuelta, con los hilos intactos, acompañados de una carta de rechazo argumentada", recuerda.
Es verdad que, en el país que convirtió la expresión escrita en un culto, es difícil tomar en serio a un ruso que escribe en francés. Para sortear el escollo, Makine envió uno de sus textos con la mención: "Traducido del ruso por Albert Lemonnier". "Me dije que sería más fácil perdonar a un traductor eventuales errores de estilo", cuenta.
La estratagema pareció funcionar, porque tanto Laffont como Belfont publicaron sus dos primeras novelas. Hasta que un día, Belfont le pidió el original en ruso de Confession d´un porte-drapeau déchu "para verificar ciertas fórmulas mal traducidas". "Es obvio que ese manuscrito no existía, entonces eché mano de un manuscrito en ruso cualquiera y, muy seriamente, simulé controlar, página por página, las frases que causaban dudas al editor", confiesa.
Cuando pensó que todo había concluido, Belfont decidió "hacer controlar la traducción por un traductor externo". "Y bien, me crea usted o no, tuve que traducir íntegramente mi novela, del francés al ruso." Una verdadera tortura: "Me perdía, no encontraba las palabras. Algunas, ni siquiera existían en ruso", recuerda.
-¿Por qué escribir en francés y no en ruso?
-Yo no soy particularmente admirador de Sartre, pero él tenía una acertada idea sobre esta cuestión. A su juicio, hablamos en nuestra lengua materna, pero todos escribimos en un idioma extranjero. La lengua escrita no es la lengua habitual. Exige un esfuerzo, es prefabricada, estilizada. Eso sucede cuando yo escribo: uso un idioma gramatical, morfológica y lexicológicamente extranjero. Pero sería lo mismo si escribiera en ruso. Hay en ese idioma, al igual que en el francés, variantes proustianas, balzacianas, flaubertianas. Ambas son lenguas completas, con sus sintaxis y sus módulos lingüísticos, que de paso suelen ser contrarios a nuestra forma de ser.
-Usted dijo alguna vez que escribir en francés le evitó medirse con gigantes como Dostoievski o Tolstoi.
-Es verdad. Esas sombras no planean sobre mi hombro cuando escribo. Pero, si así fuera, uno llega fácilmente a abstraerse. La escritura es una condensación de sí mismo en la cual uno deja de pertenecerse.
-¿Es decir?
-Un libro se escribe en dos años y se lee en dos horas. Por esa razón escribir es una vocación, en el sentido latino de vox . La voz que guía. En el acto de escribir intervienen muchos elementos: místicos, irracionales, inconscientes?
-¿Qué otra cosa es escribir para usted?
-Escribir no se reduce sólo a las palabras, al estilo, ni siquiera al encadenamiento de las frases: es sobre todo una visión. Uno escribe con los ojos, no con la pluma. Con una pluma se escriben lindas novelas, bellas frases, pero que carecerán de visión. En Dostoievski el estilo suele tener carencias, porque escribía demasiado rápido y se repetía. A pesar de ello, es un gran escritor porque era un visionario y un genio espiritual.
-¿Quiénes son los escritores que más lo han marcado?
-Mi filiación literaria es ecléctica. Hay cosas de Pierre Loti que me gustan mucho. También admiro a Chateaubriand, cuyas obras prefiguraban las de Proust, según este último. En realidad, nunca me identifiqué con las preocupaciones literarias de los franceses, esencialmente dirigidas hacia un pensamiento filosófico, aforístico, y menos hacia la emoción. Yo siempre me preocupé más por expresar la naturaleza y las sensaciones que por los silogismos.
En 2000, convertido en ciudadano francés, Makine volvió con la imaginación a su tierra natal, escribiendo Ré quiem para el Este. Es una novela intensa, apasionante y cruda, que consigue transportar al lector dejándole un gusto amargo en la boca. Cuenta la historia de tres hombres (el abuelo, el padre y el hijo) durante tres momentos clave de la historia soviética: hacia 1920, cuando los bolcheviques terminan de doblegar a Ucrania; en 1943-1944, cuando el Ejército Rojo persigue a la Whermacht en su retirada hacia Berlín, y en los años 70, en Yemen. Allí, protagonista en uno de los conflictos periféricos provocados por la Guerra Fría, el narrador es miembro de los servicios secretos soviéticos. Esas páginas están escritas con una minuciosidad y un realismo que permiten todas las conjeturas?
-¿Cómo definiría usted Réquiem para el Este ?
-Hay sangre, fuego y dolor en ese libro. Pero también hay calma, silencio y amor. Es una novela sobre el alma humana. Sobre esos raros momentos en que el hombre puede decir "...se soy yo". ¿Cómo sobrevivir a los tormentos de la historia? Esos contextos me interesan porque son ofensivas permanentes contra el alma.
-Los tres momentos que usted escogió para el libro fueron realmente terribles para la historia de la Unión Soviética.
-Para Rusia, el siglo XX fue lo peor: Primera Guerra Mundial, revoluciones, guerra civil, industrialización y colectivización forzadas, purgas que continuaron hasta 1939 e incluso después. Nueva guerra contra la Alemania nazi a partir de 1941 y después, la Guerra Fría. No hubo en todos esos años ningún momento de paz interna. Sin embargo, en ese ruido ensordecedor, la gente siguió viviendo instantes de paz personal. ...sos son los momentos que me apasionan.
En forma más general, Makine detesta los detalles, así como tampoco le gusta que las cosas sean -según él- "utilizables". "La atmósfera de un atardecer es inutilizable. La estética comienza por allí", afirma. Como una idea fija, cada uno de sus libros evoca un mundo de silencio: superficies infinitas cubiertas de nieve, donde flota una bandera roja, el frío, el hielo y la soledad.
Makine utiliza una y otra vez la temática de la iniciación, la búsqueda, la juventud perdida, las vidas quebradas por el régimen o por el destino. Pero el escritor también estigmatiza los preconceptos de Occidente, "que no escapa ni a la arrogancia ni a la pereza". "En el fondo, lo que salva es la interioridad. Es la única riqueza cuando no queda nada. Es el único refugio de la libertad, la verdadera, no aquella ruidosamente reivindicada", explica.
¿Qué hacía Makine en la Nicaragua sandinista de los años 80, antes de ser el admirado escritor ruso de los círculos intelectuales parisinos? ¿O en las convulsiones africanas de la década del 70? Mejor no tratar de saberlo. Tal vez sean precisamente esos secretos los que confieren esa vibrante intensidad a su obra.
© LA NACION




