
Entre lo cómico y lo siniestro
De paso por Buenos Aires, donde vino a presentar su novela El orden alfabético (Alfaguara), el escritor español, uno de los más originales del momento, se refiere a la influencia de lo fantástico en la vida real y a la lucha heroica entre las palabras y las cosas.
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JUAN JOSE MILLAS (Valencia, 1946) es uno de los narradores españoles más originales de la actualidad. Autor de novelas singulares como La soledad era esto y El desorden de tu nombre y de celebradas crónicas y columnas periodísticas que aparecen en El País de Madrid, vino a Buenos Aires para presentar su novela más reciente: El orden alfabético, publicada por Alfaguara, donde el autor lleva al extremo los cruces entre lo fantástico y lo real, entre lo cómico y lo siniestro.
Las máquinas vivas
Su mesa está llena de pañuelos de papel. Rastros de una batalla perdida o banderas blancas que él agita una y otra vez pidiéndole tregua a una congestión que no sabe si atribuir a un resfrío o a una alergia provocada por las alfombras del hotel. Entre estornudos y carrasperas, se hace oír su modo personal de pronunciar las erres. Y, aunque su atenta cordialidad está doblegada por el cansancio, Millás se las arregla para ir instalando en la conversación su estilo: una espontánea impasibilidad para hacer foco en el absurdo y la desmesura, más cerca de Buster Keaton que de una improbable figura de escritor. Dice que no tolera estar más de tres semanas fuera de su casa y está por llegar a ese límite porque, aunque hace sólo cuatro días que llegó a Buenos Aires, no viene de Madrid sino de presentar su última novela en Colombia. Cuenta que se apega a sus ordenadores como si fuesen seres vivos que se hacen cómplices de sus escritos y que suele conservarlos hasta que enferman de caducidad o comienzan arteramente a tomar decisiones propias, como la inquietante computadora de 2001. Le encantaría tener con el oficio de escribir una relación parecida a la de su padre con sus herramientas: "ƒl siempre llevaba un destornillador en el bolsillo; si la comida se demoraba diez minutos, ya había cogido una lámpara para ajustarle un tornillo. Ojalá uno tuviese esa disponibilidad y aprovechara cada momento libre para apuntar una frase o anotar una idea". Sabe que ésa es una utopía y confiesa que le llevó bastante tiempo poder consagrar a la escritura de novelas el tiempo necesario para florecer. Y que a ello lo ayudó su tardío ejercicio del periodismo: desde entonces, al sentarse frente al teclado, el camino de la obligación se bifurca y cada ramal es un desvío para descansar de lo recorrido en el otro.
Mientras el lobby del hotel compite en densidad demográfica con el camarote de Una noche en Casablanca , Millás sigue estrujando pañuelos y precisando la adquisición del oficio: "Cuando comencé a escribir, tenía pánico de que todas mis ideas se agotaran en mi primer libro. Luego descubrí que, cuanto más escribes, más ideas se te ocurren. Desde hace tiempo, llevo un cuaderno donde anoto bocetos para posibles cuentos o novelas. Por razones oscuras, alguna de esas ideas alcanza un grado de obsesión mayor que las otras. Entonces empiezo a pensar que allí hay un asunto por tratar literariamente. Suele ser algo simple: una imagen, una frase, dos líneas de diálogo, pero casi siempre contiene, como un cromosoma, toda la información necesaria. El asunto es escuchar bien lo que hay allí dentro para no interferir en el crecimiento de ese embrión".
Diario de navegación
Para Millás, cada vez más convencido de que los relatos de las ciencias de este siglo superan en audacia a los mundos creados por la ficción, la geometría clásica es una buena metáfora para condensar lo dicho: "En cuanto trazas dos líneas, ya has definido la clase de figura con la que tendrás que vértelas". Pero sabe que el proceso por el cual se van escribiendo los libros no suele ser tan nítido: "Si, en el momento de comenzar a escribir una novela, uno tuviese la fuerza de voluntad y la constancia de comenzar también un diario de navegación donde, sin pretensiones literarias, anotara las incidencias de escritura de esa novela, ese diario terminaría por ser más apasionante que la novela misma. El problema es establecer cuándo se empieza realmente a gestar en uno un libro. El orden alfabético , por ejemplo, comencé a escribirlo un día determinado, unos dos años atrás, pero probablemente se empezó a fraguar hace más de treinta años. Por eso es que, ante esta clase de preguntas, terminamos por mentir; no intencionalmente sino porque es muy difícil saber cómo fue realmente".
Sin embargo -y cuando, a la vocinglería del hotel, se suma una aspiradora puntualmente inoportuna-, Millás admite que al comenzar esta última novela tenía en claro algunas cosas: "Quería articular, más íntimamente aún que en mis libros anteriores, la realidad y la irrealidad del mundo. Siempre me sorprendió que ésta última, mucho más determinante en nuestras vidas que la realidad, apareciera tan poco en la literatura. Nunca antes había abordado un asunto tan claramente fantástico como en este libro. Más bien partía de asuntos muy cotidianos y, de pronto, la mirada que se ponía sobre ellos los iba enrareciendo progresivamente sin hacerlos perder su relativa ´normalidad´. Pero, en este caso, he invertido el proceso: parto de una situación claramente fantástica hacia una aparente normalización que termina por revelarse más extraña e inquietante que la propia fantasía".
Admirador de las paradojas de Lewis Carroll y lector fervoroso de la rica tradición fantástica de la literatura rioplatense, Millás dice que, entre otras cosas, El orden alfabético quiere ser un homenaje a la prodigiosa Enciclopedia Espasa Calpe, por cuyas páginas solía navegar de niño en derroteros arbitrarios que reconoce como su primera experiencia literaria. Preocupado por alcanzar el máximo de ambigüedad entre lo cómico y lo siniestro, su más reciente novela parece surgir de la aplicación literal de una idea: si se deja de leer, los libros se escaparán de las casas y de las bibliotecas y las palabras y las letras se nos irán perdiendo por mera desidia. "La adquisición del lenguaje es una conquista y, en esa lucha heroica, la relación entre las palabras y las cosas que éstas designan suele ser una de las grandes batallas, como lo sabe el Flaubert que Sartre nos muestra en su admirable libro, El idiota de la familia . Un escritor es justamente aquel que tiene una percepción conflictiva de esa relación entre las palabras y el mundo; alguien que sospecha que la literalidad puede llevar a situaciones extremas y que el lenguaje genera realidades por sí mismo. La realidad está hecha de palabras y son ellas las que, en última instancia, nos hacen y nos deshacen. Por eso la pérdida de lenguaje conlleva dramáticamente una pérdida de realidad."
Insectos y mamíferos
Apelando a una expresión propia de su admirado Stephen Hawking, Millás explica que "la novela es una especie de agujero negro que absorbe todo lo que hay a su alrededor y a veces acaba por constituir un espacio físico en el que uno vive durante todo el proceso de escribirla. Es como tener un apartamento secreto en el que te refugias durante unas horas todos los días. Por eso terminar una novela es algo que me angustia un poco, porque es como salir de ese apartamento habiendo dejado la llave adentro".
Abigarrado como un cuadro de Brueghel, el lobby sigue siendo testigo ruidoso de los dichos de este español de aire melancólico: "Me hubiera gustado ser cantautor a la manera de Serrat", confiesa, "pero tengo un oído fatal. En cualquier caso, no hay otra cosa, aparte de escribir, para la que yo esté medianamente capacitado".
Afirma que, en el siglo que se acaba, destacan sobre todo las obras revulsivas de Joyce y de Kafka, pero él prefiere sin dudar a este último: "Entrar en el Ulises es como recorrer una catedral majestuosa. El problema, más allá de que sea uno de los grandes libros del siglo, es que no sabes cómo recorrerla ni puedes dejar de escuchar a los grupos de turistas japoneses recitando las explicaciones de la guía. Entre la grandiosidad de la obra y la enorme literatura que ha generado, es difícil tener con ella una relación íntima y personal. En cambio, La metamorfosis de Kafka es el relato que mejor ha contado el siglo. Es un texto excepcional, por su aparente simplicidad y su extrema complejidad, uno de esos libros como Bartleby de Melville o La muerte de Iván Illich de Tolstoi a los que no puedes encontrarles las costuras. Y no creo que sea casual que Kafka decidiera que el protagonista se convierta en un insecto. Porque los insectos son justamente perfectos en su simpleza, y por eso siguen siendo iguales desde hace millones de años. El Ulises es el gran mamífero de la literatura y La metamorfosis es la humilde e indestructible cucaracha. A mí, cada vez me interesan más estas últimas porque, en definitiva, en todo ecosistema los seres más pequeños suelen ser los indispensables. Tal vez podríamos vivir sin elefantes pero seguramente no podemos vivir sin cucarachas".




