
Falleció la escritora Susan Sontag
Comprometida con los debates de su tiempo, su mayor influencia cultural se dio por medio de sus ensayos
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NUEVA YORK (AFP).- La escritora, intelectual y activista estadounidense por la democracia y los derechos humanos Susan Sontag murió ayer en el hospital Memorial Sloan Kettering de Nueva York a los 71 años, según dijo Joanne Nicholas, vocero del centro médico especializado en la lucha contra el cáncer, sin precisar las razones de la muerte. Sontag había padecido de cáncer de pecho cuando tenía 43 años y en marzo del año pasado se le había diagnosticado leucemia y había recibido un trasplante de médula espinal.
En un comunicado difundido en Nueva York, el escritor británico Salman Rushdie lamentó "el fallecimiento de una de las artistas estadounidenses más preeminentes" y de "una amiga querida y amada" a la que describió como "gran artista literaria" y "pensadora original y valiente".
"Los ensayos de Susan Sontag son grandes interpretaciones, e incluso culminaciones, de lo que está realmente ocurriendo", había dicho de ella el escritor mexicano Carlos Fuentes.
En uno de sus últimos artículos, aparecido en mayo de 2004 en el diario The New York Times, Sontag afirmaba que "la historia recordará la guerra de Irak por las fotografías y videos de las torturas cometidas por los soldados americanos en la cárcel de Abu Ghraib". Hace un año y medio, se enfrascó en una polémica con el escritor colombiano Gabriel García Márquez, al que acusó de sometimiento al régimen cubano de Fidel Castro. Había visitado Cuba en 1968. Su reacción a los atentados contra las Torres Gemelas, en 2001, le valió no pocos reproches en los Estados Unidos. "¿Dónde está la aceptación de que éste no fue un ?cobarde´ ataque a la ?civilización´ o ?libertad´ o ?humanidad´ o ?el mundo libre´, sino un ataque a la autoproclamada superpotencia mundial, emprendido como consecuencia de las acciones y alianzas específicas estadounidenses?", escribió en un artículo para The New Yorker.
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Cuesta aceptar que se ha apagado una de las mentes más brillantes de las últimas generaciones. Sólo cabe aferrarse a un consuelo que viene de 1986, cuando murió Borges. Entonces la llamé a María Kodama a Ginebra y del alma me salió una pregunta: ¿cómo podrá ser el mundo sin Borges? María supo responder a tamaño desatino y afirmó que el mundo nunca estaría sin Borges.
Lo mismo pienso ahora de Susan Sontag, siendo como eran genios tan disímiles y al mismo tiempo tan emparentados. Asistí a un encuentro entre ambos, en Nueva York, y fue una celebración al acto de escribir, al magnífico, ilimitado, tan humano alcance de la literatura. Sontag años después publicó en su libro de ensayos "Where the Stress Falls" una carta póstuma a Borges donde late el espíritu de ese encuentro. Ella le promete que -a pesar de los textos interactivos y de los libros electrónicos- "algunos de nosotros no abandonaremos la Gran Biblioteca, y usted seguirá siendo nuestro maestro y nuestro héroe".
No estoy hablando ahora del uno con la excusa de hablar de la otra. Todo lo contrario. Estoy respetando el bajo perfil que le gustaba conservar a Susan Sontag para decir por elevación que ella también fue uno de los grandes maestros y héroes de nuestro siglo. Maestra, heroína, en un femenino que, como suele suceder, suena diminutivo, pero no lo es. En absoluto.
La conocí en una marcha de protesta por los derechos humanos. Así era ella. Allí estaba, reclamando por la vida de la escritora Alaíde Foppa, que había regresado a su Guatemala natal y se hallaba desaparecida. Corría el año 1982, si no me equivoco, y frente al consulado de Guatemala en Nueva York encontré a Susan Sontag, inconfundible con el mechón de pelo blanco acentuado su negra melena, y comenzó una amistad rigurosa.
Sontag era exigente con quienes sentía más cercanos. Nadie como ella para exigir originalidad en la mirada. Sus libros de ensayos lo atestiguan. Desde el trabajo seminal "Sobre la fotografía" hasta su libro "Ante el dolor de los demás", su análisis de las imágenes con las cuales se retrata la llamada realidad es penetrante, lacerante casi. Pero son sus ensayos sobre teoría literaria, "Contra la interpretación" o "Estilos de una voluntad radical", los que más llamaron la atención al público en general, siempre atento a las tendencias del momento.
De todas esas publicaciones, me interesa destacar el memorable "La enfermedad como metáfora", del cual su autora alguna vez dijo: "Pensé que sería mi legado póstumo a la humanidad", porque los médicos le habían dado seis meses de vida con su primer cáncer. Aun con esa amenaza, Sontag sólo pudo pensar en los otros, los estigmatizados con metáforas que victimizaban al enfermo. ¿El cáncer como lacra, como roedor incontenible? Nada de eso. ¿La tuberculosis como afección romántica? No. "La enfermedad es el lado nocturno de la vida", dijo en ese libro. Y agregó que su cometido era señalar que la enfermedad es una realidad, no un producto de la imaginación, y la manera más sana de estar enfermo es resistirse a la metáfora. Así como la manera más maravillosa de estar sano es internarse en el reino de la metáfora y tratar de entenderla.
Con dicho libro salvó a muchos de quedar entrampados en el imaginario, que estigmatizó también -ella supo detectarlo- a los pacientes de sida cuando se empezó a hablar de ese mal como de una "peste".
El prójimo estuvo siempre presente en la conciencia de Sontag, y la suya fue una generosidad sin sentimentalismo alguno, sin lagrimeos. Viajó a Vietnam durante la guerra para oponerse a ella, fue a Sarajevo varias veces en los peores años del conflicto y supo poner su cuerpo casi como escudo humano. Pero quiso aportar algo más y allí dirigió la puesta en escena de "Esperando a Godot", de Becket. "Sólo el primer acto" me dijo a su regreso " porque no quería imbuirlos de la visión absolutamente pesimista del segundo acto".
Siempre un primer acto. Pero un acto definitorio. Profundamente madurado, sin nada librado al azar. Sontag fue una mujer hecha de literatura, para y por la literatura. En cada discusión intelectual en el New York Institute for the Humanities, en cada charla amistosa, su afilada percepción nos movía a todos a enfocar los temas más candentes desde ángulos inesperados. "Bajo el signo de Saturno" (1972), el libro donde entre otros descubrió a Canetti, ya habló de la mente como de una pasión.
Pero por sobre sus célebres ensayos, escritos con la consigna de que hubiera una idea diferente en cada párrafo, Susan Sontag quería perdurar como novelista. Admiraba a las novelistas, quería pertenecer ante todo a esa raza un poco desfasada de la realidad, pero inmersa en una realidad metafórica. Vaya la paradoja."(...) la pasión es una cosa bella, así como la comprensión, el llegar a comprender algo, que es una pasión, que es también una travesía", dice en su última novela, "En América".
La mínima nota biográfica que aparece en la solapa de cada uno de sus libros, en lugar de mencionar su nacimiento en Nueva York en 1933, siempre comienza diciendo que es la autora de las novelas "El benefactor" y "Estuche de muerte" (o "Equipo mortal", según las traducciones), esa obra maestra memorable, best seller en Buenos Aires a fines de los 60.
Pasaron muchos años, demasiados para ella, y por fin apareció "El amante del volcán" (o de los volcanes, el título en inglés admite la ambigüedad) en 1992. El libro está dedicado a David, "amado hijo, camarada". Es David Reiff, que supo acompañar a su madre en el desafío intelectual, en el mundo prístino de las ideas, hasta que la enfermedad, de la que ella había sabido escapar tan dignamente por tantos años y en reiteradas oportunidades, acabó por llevársela.
Cabe lamentar ahora tantas cosas y sobre todo que no pueda brindarnos ahora su testimonio del pasaje: habría sido una visión desapasionada, lúcida, resplandeciente, única, que nos ayudaría a todos.
Vida y obra
Neoyorquina
- Susan Sontag nació en Nueva York, el 16 de enero de 1933, en una familia judía burguesa. Su padre murió cuando ella tenía cinco años.
Precoz
- Creció en Tucson, Los Angeles y Chicago, en cuya universidad estudió filosofía. Antes de cumplir 26 años ya había obtenido dos títulos de posgrado en la Universidad de Harvard -en inglés y filosofía-, estudiado en Oxford, contraido matrimonio con el sociólogo Philip Rieff, tenido un hijo -David, escritor y periodista- y se había divorciado.
Multifacética
- Fue novelista, ensayista, cineasta y directora de teatro. Desde mediados de los 60, hizo escuchar su voz polémica y provocadora sobre todos los sucesos políticos de su tiempo, desde la Guerra de Vietnam hasta los ataques a las Torres Gemelas en septiembre de 2001.
Novela y ensayo
- Sus obras más celebradas incluyen las novelas "El benefactor" (1963), "El amante del volcán" (1992) y "En América" (1999), galardonada en su país con el Premio Nacional del Libro, y los ensayos "Contra la interpretación" (1966), "Estilos radicales" (1969), "Bajo el signo de Saturno" (1980), "La enfermedad y sus metáforas" (1978), seguida por "El sida y sus metáforas" (1988). El año pasado publicó "Ante el dolor de los demás", una reflexión sobre las imágenes de la violencia.
En guerra
- Cubrió como periodista la Guerra de Vietnam, en 1968; filmó a las tropas israelíes en guerra en 1973, y, dos décadas después, se instaló en Sarajevo para demostrar su apoyo a la causa bosnia y allí montó la obra "Esperando a Godot".
Reconocimientos
- En 1993 recibió el Premio del Libro en Jerusalén y el año pasado fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
Colaboradora de LA NACION
- En mayo de 1985 estuvo en la Argentina para participar en la Feria del Libro. Desde 1987 fue colaboradora del suplemento Cultura de LA NACION.



