¿Grieta? ¿Qué grieta?
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Para los fabricantes de una grieta, la grieta no existe. Es la conclusión a la que arribé luego de mucho hablar con personas que, para usar la jerga de moda, están de un lado y del otro de la grieta. Cualquier grieta, da lo mismo. La revelación no surgió hablando de política, como podría uno esperar, sino sobre dietas. Eso fue en clase, en un breve pero intenso debate que se produjo ya no recuerdo porqué. No había grieta en este caso, y los alumnos intentaron escucharse. Por eso, tal vez, noté entonces que el que fomenta la grieta con un discurso monolítico no se siente de un lado de esa grieta. Está cómodo en su postura, tiene toda la razón, lo asiste la verdad, tiene pruebas que no discute, que no pone en duda, que son axiomáticas. De allí, entendí, la actitud del fabricante de grietas: el mohín superado, la sonrisa de desprecio y el sarcasmo; cualquier idea que se oponga a su creencia es más una blasfemia que una opinión.
Para el que fomenta la grieta no hay grieta, no la ve, no la percibe. Por el contrario, hay una sola mirada del mundo, una voz, un norte, un propósito y un dogma. La grieta la vemos los que, pese a ser humanos, subjetivos, emocionales y falibles, hacemos algún esfuerzo por contrastar hechos de la forma menos irracional que podemos. Y lo que vemos es que en la grieta yace paralizada la Nación.
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