
Guido
Relato inédito
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¿Qué precio tiene un nombre?
Estoy, aquí, en un camarote o calabozo, de dos por dos y medio, tirado en una roñosa cucheta, vestido, el cigarrillo en la mano, roja la brasa del cigarrillo, y sobre mí, encendida, una lámpara que ellos rodearon con tiras de metal. Idiotas: creen que trasladan a suicidas.
Sé quién soy.
Soy un tipo que llegó, joven, y tan tierno que, ahora, hoy, no me reconozco en esa estampa de víctima de algún estrago arrasador de la Naturaleza que pisa las maderas y piedras del puerto de Buenos Aires.
Nací en un país que tiene montañas, poca tierra, ríos y mares, iglesias muchas, y curas muchos, y campesinos a los que les gusta el vino: lo toman hasta que no pueden más; hasta que despiertan, en la madrugada, con la boca seca, y no saben sobre qué mesa han caído sus caras, y, entonces putean, los labios apretados en la madrugada fría.
Les dijeron a los cultivadores de uva, a los pastores y pescadores de mi país, a los guardabosques, a los operarios de Fiat, que no habían perdido la guerra. Eso le dijeron a mi hermano mayor, muy mayor, cuando volvió a casa.
Le dijeron que era un guerrero victorioso. Eso le dijeron. Pero cuando abrió la puerta de casa, todo seguía en su lugar. Y mi hermano mayor, muy mayor, evocó esos minutos que, él y otros, vivieron en la estación de tren, cuando escuchaban hasta pronto adiós . Nada cambió: ni chicos ni árboles, ni hermanas, ni madre y perros y noches. Hasta pronto adiós . No habían cambiado los asombros y certezas en albergues de luces rosadas y tibias, y mujeres de ubres blancas y, tal vez, perfumadas, que murmuraban palabras indolentes, lánguidas, y, también, necesarias.
Nada había cambiado: los patrones eran los patrones. Más viejos, quizá. O más maduros, quizá. O en camino a eso. Patrones, siempre.
¿Con qué llegué a Buenos Aires?
Llegué con mi esqueleto, con poca carne en el esqueleto, y escuché, y no me extrañó, un idioma que no era el mío, y que era veloz, sonoro, acentuado, y no necesité un espejo para mirarme la cara, yo, que no pasaba de ser un pendejo, y que pisaba, receloso, las piedras de Buenos Aires. De los Apeninos a los Andes . Y al carajo.
Fui, por años, dirigente sindical de los obreros de la construcción. Joda: los otros son como vos, y te eligen para que pongas la cara por ellos, y vos, que sos uno de ellos, la ponés.
Nunca me sonó bien eso de dirigente sindical de los obreros de la construcción.
No, no me sonó bien.
Pero tenés que poner la jeta. Y la puse.
¿Por qué vos, y no otro?
¿Por qué?
Y, ahora, soy un tipo que se llama Guido Fioravanti, y que los patrones de este desgraciado país, envían, como un saludo, a la bestia de la Romagna.
Ahora, fumo. Es bueno fumar en la oscuridad que huele a hombre solo.
¿Y a qué huele la oscuridad de lo que sea, en la que fuma un hombre solo?
Cuando camino la tabla del andamio; cuando, a veces, miro hacia abajo, tampoco río. La tabla del andamio es blanca. Blanca de cal. Encalada. Y yo la piso, yo, un dirigente de los obreros de la construcción, de los albañiles, de esos hombres que se hacen un gorro con dos puntas, de hojas de diario, y que tampoco miran hacia abajo, hacia las baldosas de las veredas y los adoquines de las calles que, desde arriba, son algo más que el vacío.
Cuando el andamio se afloja, cuando se cortan las sogas y las bridas que sostienen el andamio, y el mundo gira más rápido que cualquier cosa que uno conozca, y ventanas, paredes, roldanas, compañeros de trabajo se esfuman, se angostan, y uno no alcanza a tomarse de lo que sea, la sangre huye del cuerpo, y ya está. Es lo de siempre: quedás tirado sobre las baldosas de la vereda o los adoquines de la calle, y llega la ambulancia, y el médico se inclina sobre vos, y te toma el pulso, pone sus dedos, con la suavidad de un adolescente, aquí y allá, y detrás de la sangre que corre, y dice quebraduras múltiples . O dice, sin quitarte los ojos de encima, del cuerpo que cortó el aire durante una eternidad, no hay nada que se pueda hacer .
Soy el dirigente de una legión de subrepticios inválidos.
Soy el dirigente de un destacamento de hombres muertos.
Y ése que tiene los huesos rotos soy yo.
Ese que murió, soy yo.
Yo, dirigente sindical de los obreros de la construcción.
Yo, Guido Fioravanti.
¿Qué vieron en mí los lisiados que serán, los muertos de los días que llegan, los albañiles, para elegirme como el hombre que debía ser su voz y sus deseos en las horas de trabajo y en los días salvajes de paro?
Soy igual a cualquiera de ellos, incluidos los que se hundieron en el vacío cuando el andamio o una cornisa desaparecieron debajo de sus pies, y tengo, como cualquiera de ellos, dos brazos, dos piernas, una cabeza, ojos, labios, pelo. Todavía los tengo.
Vos leíste las leyes , dicen.
A vos no te pueden engañar , dicen.
Vos les discutís mano a mano , dicen.
Vos no aflojás , dicen.
Si no vos, ¿quién? , dicen.
Si no soy yo, habrá otro, entre nosotros, al que podamos decirle es tu turno . Y te elegimos , podemos decirle, porque sos uno de los nuestros .
Eso contesto a los miles de bocas negras, a los ojos que no veo, a las cabezas rígidas y a los oídos que me escuchan, allá, abajo, en el calor agrio de las tribunas, y que esperan de mí la promesa de la victoria y el salario de cada día.
¿Y yo? Yo apelo a la escasa, puntual lengua del explotado.
¿Y si les digo asalten los palacios de los que todo lo tienen ?
¿Y si les digo cambien el mundo ? Sólo van a escuchar no aflojen .
Sólo van a escuchar aguanten . Eso les digo yo, Guido Fioravanti.
Hacerse la América
Los paisanos, los tíos, los primos lejanos, los conocidos, los que nacieron con uno en la misma región, en el mismo paisaje, en la misma aldea fundada hace siglos por el paso de las legiones romanas, volvían de la América -de la Argentina, ¿comprenden?-, y contaban fábulas nunca oídas antes.
Calles empedradas con lingotes de oro.
Contaban que había más vacas en una sola de las provincias argentinas que en todas las estrechas lenguas de tierra europeas conquistadas por las legiones romanas. Vacas y vacas y vacas.
Y trigo, y más pan del que hubiera podido comer la familia desde los bisabuelos para acá. Había pan en esa tierra, decían, desde la creación del mundo.
Trabajaron, decían, en mercados cuyos dueños eran paisanos. Y pronunciaban las indispensables palabras españolas para pedir y pagar un vaso de vino, el boleto del tranvía, un par de alpargatas.
Guido Fioravanti escuchaba cómo nacía una leyenda en la boca de los viajeros, de los que regresaban para invertir, en la compra de animales y granjas, el dinero ganado después del mar y del horizonte.
País extraño ése, el de los argentinos, sin reyes ni príncipes.
Pero, ¿y los que callaban? ¿Los como lejanos, como distraídos, los que aprendieron que los antojos no se cotizan en la Bolsa de Comercio?
Coincidían, a veces, los eufóricos y los que callaban.
País de vacas. Muchas. Y de pan. Mucho.
País de estancias, de hombres orgullosos de sus apellidos, y del coraje y de la impunidad que emanaban de sus apellidos como una gracia divina y perpetua.
Un país extraño, que atraía a los ingleses ricos. Habían intentado ocuparlo, los ingleses, a comienzos del siglo XIX, con fusiles y música de gaitas. Y las familias orgullosas de sus apellidos, y sus mujeres, que tomaban mate a las cinco de la tarde, y que, sumisas a los mandatos de Dios, enardecían a sus hombres con docilidades obscenas, y, también, los negros esclavos, combatieron a esos gangosos herejes en la desolación de calles de barro, y casas con paredes de piedra, que recibió, doscientos años y pico atrás, el nombre de Buenos Aires.
Los ingleses aceptaron la derrota y, buenos jugadores de naipes, trazaron vías de trocha angosta y trocha ancha para sus trenes, y construyeron un hospital para reposar de sus fatigas y dolencias, y para los gerentes y capataces que apostaron, en la partida de naipes, a la mano ganadora. Y a los que eran menos ricos, a los que sabían trabajar y callar, y ser ordenados, y recordar cómo era Gales, y cómo su idioma, se les deparó la Patagonia. Otro país, la Patagonia, en el Sur, en el confín del mundo, al que bautizaron, un manchón aquí y otro allá entre la uniformidad silenciosa de lagos, bosques y piedra, con nombres recios y venerables.
-¿Saben qué es un conventillo? -preguntaron los que callaban.
Los otros miraron a los que callaban.
Y uno de los que callaban dijo, sin sonreír:
-Sobran las putas, ahí, en los conventillos.
-Se duerme de a dos o tres por cama... Nunca se enfrían las camas -informaron los que callaban.
Guido Fioravanti, hombre de muchas preguntas, escuchó.
¿Y los domingos?
Los domingos, como en el paese : spaghetti y canzonetas. Uno limpiaba la salsa roja de los spaghetti con pan. Allá, en Buenos Aires, lo llaman pan francés. Cruje, la cáscara del pan francés. Y uno toma vino. Y come queso. Los mejores quesos de Italia. Y de Francia. Sobran las vacas, allá, en la pampa de los criollos. Y por las calles de Buenos Aires pasan tamberos, que arrean cuatro o cinco vacas, y tiran de las ubres de las vacas, y te llenan, con leche tibia y espumosa, una jarra o dos. Y pagás una nada.
No se conoce el hambre.
Pronto voy a comprar una casa, allá, con quinta y una higuera.
¿Acá, en la Italia?
Acá, nada más que mujeres... Soy un indiano que está de visita, y al que le gustan las mujeres intrépidas.
América, sépanlo, paisanos, es Argentina.
Argentina es Buenos Aires. Gran país, Buenos Aires.
País de hombres blancos, la Argentina. Decentes. Republicanos, eso sí. Y católicos. Y conservadores todos.
Hay, también, un Hospital Italiano.
Hay, también, un hospital para los judíos. Y un hospital para los alemanes. Y cementerios para italianos, para alemanes, para judíos. Y otro para los criollos muy ricos y muy orgullosos, con monumentos que valen millones de liras. Es como un paseo al que pocos visitan.
No, no conocimos criollos pobres. Los criollos montan a caballo.
No hay italianos pobres -¿somos pobres nosotros, acaso?-, ni alemanes pobres, ni judíos pobres.
Los ingleses nunca fueron pobres. Ni siquiera los pobres.
Y todos, ingleses, criollos, italianos, judíos, españoles, comen asado. Carne a la parrilla. Cruda, la carne. O en una cruz. Y encienden leños, y la asan.
Guido Fioravanti, hombre de muchas preguntas, escuchó: Argentina es joven.
Argentina no tiene recuerdos.
Argentina es rica.
Argentina es interminable.
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