
"Hay movilidad, pero también existen nuevas fronteras"
Renato Ortiz desmitifica la vida global
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Renato Ortiz está acostumbrado a contradecir el sentido común.
Desde fines de los años 80, cuando comenzó a hablar de "mundialización" como la forma particular en que se globaliza la cultura, este sociólogo y antropólogo brasileño rechazó la dicotomía modernidad-posmodernidad e insistió en que, por encima de la geografía, las identidades se construyen hoy según formas de consumo, entretenimiento y hábitos que comparten personas que viven en distintos lugares del mundo.
Ahora, en diálogo con LA NACION, Ortiz afirma que la globalización no puede borrar las fronteras ni hacer desaparecer el Estado ni eliminar las desigualdades. Aun dentro de los espacios transnacionales en que vivimos y pensamos, insiste, las fronteras permanecen -que lo digan si no los migrantes-, los Estados siguen siendo presencias fuertes para la gente y las asimetrías se han profundizado.
A sala llena, como le suele pasar cuando visita la Argentina, Ortiz inauguró esta semana el 3er. Encuentro Internacional de Pensamiento Urbano, que terminará hoy, organizado por el gobierno porteño. "Hay un proceso transnacional, pero este mundo es de diferencia y desigualdad", dice Ortiz, en perfecto español y, mientras recomienda a sus colegas mantener una postura "cosmopolita, pero desde América latina", sugiere: "El tema es ver, dentro de la globalización, qué salidas políticas tenemos".
-Usted enfatiza la idea de la desterritorialización. ¿Pero no existen hoy otras fronteras?
-Tenemos la idea de que el tema de las fronteras es actual, pero en realidad nace en el siglo XIX con la invención del tren de vapor y los autos. Los cronistas de la época, sobre todo en Europa, decían que se habían acabado las distancias. Con la globalización, lo que sí sucedió es que hubo cambios en la noción de espacio, hacia una espacialidad transnacional que excede al Estado nación y a la vida local. Pero eso no significa el fin de las fronteras, sino el quiebre de algunas, la redefinición de otras y la aparición de nuevas fronteras. Si se habla de los viajes, uno hoy se desplaza mucho más fácilmente. Pero los movimientos migratorios, que son su reverso, se enfrentan a obstáculos muy claros, como el cierre de algunas fronteras. Por eso vuelve ahora la metáfora del muro, que es también anterior. Hay muros entre Estados Unidos y México; entre israelíes y palestinos; entre Gibraltar y los africanos que quieren llegar a Europa. Hay movilidad y aceleración, pero también hay nuevas fronteras.
-A pesar de que se habla de su debilitamiento, ¿no sigue siendo el Estado una referencia importante para la gente?
-En el debate sobre la globalización desde el inicio hubo un malentendido, que es hablar del fin del Estado. No creo en el fin del arte ni del trabajo ni de la historia ni del Estado nación. Por supuesto, el Estado no tiene la capacidad de legislación, control y poder que tenía o imaginábamos que tenía antes. No tiene la misma capacidad, lo que no es sinónimo de que no tenga ninguna. Marx decía, en el fin del siglo XIX, que la burguesía ya no tenía carácter heroico. Yo diría hoy que el Estado ya no tiene carácter heroico. Está presente y va a continuar estándolo, pero el carácter heroico era la idea de que dentro del Estado se podía decidir el destino común de todos los habitantes de una nación. No creo que eso sea posible en ningún Estado. Ese es un dato nuevo de la globalización: una buena parte del destino de las personas se juega en el espacio transnacional, que tiene que ser arbitrado y en el que los Estados tienen un papel decisivo. Pero ya no deciden el destino de todos dentro de sus fronteras.
-¿Puede el consumo explicar procesos sociales, como antes hacían el trabajo o la nacionalidad?
-La esfera del consumo es importante en las sociedades contemporáneas y permite explicar varios fenómenos, pero no todos. Hoy, el consumo es importante en la producción de símbolos e imágenes que sirven de referentes para la construcción de identidades colectivas. Un ejemplo típico es el de los jóvenes que podríamos llamar "de clase media mundializada". Las construcciones que orientan la conducta de los jóvenes pasan por la esfera del consumo. No es la única; están la familia, el Estado, la escuela, pero es una competencia de referentes en la que la esfera del consumo tiene un gran auge.
-¿Puede decirse que la globalización es un imaginario hegemónico construido?
-Hoy no. Hay un imaginario dentro de la globalización y es hegemónico, pero la globalización es un proceso, y eso está claro. En los 90 se discutía si era real o imaginada y se decía que era una ideología. Eso sería mucho más fácil, porque a una ideología se le puede oponer algo. Pero un proceso es algo mucho más profundo, porque penetra las estructuras sociales. Todos estamos dentro de la globalización. Antes había un movimiento antiglobalización, que ahora se llama alterglobalización, es decir, intenta buscar otro sentido dentro de esta globalización. En el inicio de la industrialización se pensaba si un país podía volver a la producción rural, pero luego quedó claro que la modernidad era inexorable. El tema es ver, dentro de la globalización, qué salidas políticas tenemos.
Perfil y obras
- Diversidad: Ortiz nació y vive en San Pablo, donde es profesor de la Universidad de Campinas. Con la globalización como telón de fondo de sus intereses, ha investigado sobre la cultura popular; los mitos más usuales sobre Japón; París como capital del siglo XIX y las propias ciencias sociales.
- Las citas: siete de sus libros se han traducido al español. Taquigrafiando lo social (Siglo XXI) y Mundialización: saberes y creencias (Gedisa) fueron los últimos. El libro que acaba de terminar se anticipa polémico: tratará sobre el inglés en las ciencias sociales y desmitificará prácticas arraigadas, como el exceso de citas.




