
Historia de un cronista de lujo en LA NACION
Desde 1935, y durante casi cuatro décadas, LA NACION publicó las crónicas de viajes de Manuel Mujica Lainez. A 20 años de su muerte, esta selección de sus mejores notas es un homenaje que recupera para los lectores la mirada asombrada, irónica y personal de "Manucho"
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Manuel Mujica Lainez tiene 22 años. Ha abandonado sus estudios de Derecho en la Universidad de Buenos Aires y trabaja en el Ministerio de Agricultura y Ganadería. Pero los códigos lo llenan de tedio y los "ganados y las mieses", celebrados en la famosa geórgica de Leopoldo Lugones, no lo inspiran. Le gusta escribir, eso sí, y ya ha publicado sus primicias literarias, en verso y en prosa, en las revistas El Hogar, Fray Mocho y Don Goyo, y en el Suplemento de LA NACION.
Desorientado y acaso desencantado de la vida, como corresponde a un joven poeta, se halla una tarde de primavera en la plaza Rodríguez Peña, cuando se encuentra con Adolfo Mitre, hijo de Don Jorge A. Mitre, el poderoso director del diario fundado por su ilustre abuelo, el de las historias de Belgrano y San Martín.
Manuel Mujica Lainez le descubre su situación y lo hace partícipe de sus incertidumbres; y Adolfo, que tiene su misma edad y puede comprenderlo mejor, le abre la posibilidad de entrar en LA NACION, para lo cual le promete hablar con su padre.
Nada podía ser más grato y lisonjero para Mujica Lainez que convertirse en redactor de un diario que admira y con el cual se siente identificado. Su anhelo se convierte en realidad. Ingresa el 9 de noviembre de 1932, destinado a hacer notas sociales; pero nunca llegará a hacerlas.
"Escribí un suelto -dirá más tarde evocando ese trance fundamental de su vida- y lo llevé al jefe de editoriales, quien me dijo que estaba muy bien y le hacía acordar a Becher. Eso me extrañó mucho, porque creí que se estaba refiriendo a Bécquer. Después supe que decir eso en LA NACION era un gran elogio, porque me comparaba con un gran periodista, Emilio Becher. Así comencé el periodismo. Por dominar idiomas, pronto empecé a viajar".
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Para su fascinación, encontró allí a una pléyade de periodistas extraordinarios, como Julio Piquet, Angel Bohigas, Miguel Angel Fulle, Juan S. Valmaggia, Leonidas de Vedia, Abelardo González, Rómulo Zabala, Constantino del Esla, entre tantos, y otros que eran figuras de nombradía nacional, como Leopoldo Lugones, Alberto Gerchunoff, Eduardo Mallea, Alvaro Melián Lafinur, Juan Pablo Echagüe, José León Pagano, Alfonso de Laferrère, Arturo Cancela, Enrique Méndez Calzada, Alfredo de la Guardia, Margarita Abella Caprile, Augusto Mario Delfino, los músicos José André y Roberto García Morillo; Alejandro Sirio, el magnífico ilustrador, y Luis J. Medrano, cuyos dibujos humorísticos prescindían de palabras y hablaban por sí solos.
A los redactores se añadían los colaboradores que visitaban el diario, con quienes se armaban memorables tertulias. El joven periodista no se perdía palabra, deslumbrado.
Mujica Lainez frecuentaba la oficina, presidida por el busto de Rubén Darío, donde trabajaban Gerchunoff y Melián, y donde después trabajaría él mismo, en sus últimos años en el diario, ya en calidad de editorialista.
Con ellos le gustaba departir en los momentos libres. En el inédito "Cancionero de LA NACION", comenzado en diciembre de 1932 con un soneto a Alberto Gerchunoff, figuran poemas circunstanciales dedicados a colegas del diario, redactados en el momento con asombroso arte de repentista y acabado dominio de la métrica y las rimas, buscadas siempre entre las más difíciles.
A los varios poemas destinados al agudo e ingeniosísimo Gerchunoff, se suman los intercambiados con Melián Lafinur y otros dedicados a Mallea, Sirio, García Morillo, Vedia, Delfino, Medrano, Andrés Durán -cronista parlamentario, fallecido en 1953- y tantos más, entre los que se cuentan destinatarios como Ramón Gómez de la Serna, Mariano de Vedia y Mitre, Ignacio B. Anzoátegui, Pepe Eyzaguirre.
Algunos de esos poemas de circunstancias fueron escritos no sólo por pasatiempo sino con motivo de comidas de homenaje, bastante frecuentes hace años, cuando un colega viajaba, recibía un premio o publicaba un libro. Entre esos personajes celebrados hasta la década del 60 en el Cancionero (cuyas páginas nos enseñan, además, acerca de la evolución de la ornamentada letra del escritor) transcurrieron los días del sobresaliente periodista que fue Manuel Mujica Lainez.
En LA NACION resume conferencias de Gómez de la Serna, Federico García Lorca, Federico García Sanchiz; entrevista a personajes notorios, como Don Orione; redacta necrologías, comenta libros, envía crónicas desde Mar del Plata, en las que traza animados cuadros de costumbres. Como corresponsal viajero, recorre los monumentos jesuíticos de Misiones, llega a la Isla de los Estados, frente a Tierra del Fuego; vuela a Alemania en el globo dirigible Graf Zeppelin; va a Bolivia con motivo de la firma de la paz del Chaco; viaja a China, y, en 1945, en Gran Bretaña, Francia y Suecia, comprueba la destrucción de la Segunda Guerra Mundial y el lento renacer de Europa.
De casi todos sus numerosos viajes hay constancia en las páginas de LA NACION y gran parte de esas crónicas fueron recogidas en los dos tomos de su atrayente libro "Placeres y fatigas de los viajes" (1983-1984). "Los porteños" (1980), por su parte, reúne, en dos volúmenes, artículos publicados en LA NACION sobre personalidades y cosas de su ciudad entrañable, Buenos Aires.
Durante mucho tiempo ejerció la crítica de artes plásticas. A comienzos de la década del 50, cuando el régimen peronista había reducido a los diarios independientes a su mínima expresión -LA NACION con sólo seis páginas-, Mujica Lainez se las ingeniaba para resumir su juicio en apretadas y a veces fulminantes líneas. Era un desafío que al escritor lo estimulaba. En sus últimos años, antes de jubilarse, en 1969, fue un redactor reservado para las grandes notas, para editoriales, un redactor de lujo fiel a la mejor tradición literaria del diario.
Vale la pena recordar, finalmente, su elogio del periodismo, contenido en una entrevista firmada por Jorge Reynoso Aldao (1963): "El periodismo enseña mucho. Nos enseña a medir exactamente lo que aspiramos a expresar. Nos enseña a escribir claramente, para que todos nos comprendan. Además nos vincula enormemente, ensancha nuestro panorama, nuestras perspectivas, y eso es indiscutiblemente benéfico para un escritor. Los que se quejan de no haber podido realizar la obra literaria a la cual se consideran predestinados, por culpa del periodismo, se equivocan o se disculpan con un pretexto".





