Hotel de ruinas

El sudeste asiático es el atrayente espacio de este relato que Edgardo Cozarinsky escribió especialmente para adncultura; los protagonistas son una mujer madura y un hombre joven que, en sus azarosos cruces, convocan fantasmas de la historia, del colonialismo a Pol Pot
Edgardo Cozarinsky
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3 de enero de 2014  

Esta historia no tiene argumento, a menos que su argumento sea la Historia.

Es apenas la huella de un encuentro fortuito, de una coincidencia, una chispa provocada por el roce efímero de dos superficies disímiles.

Acaso el pasado de las figuras que la encarnan pueda sugerir una ficción.

1

El Mekong nace en China, en la provincia de Yunnan. En su descenso cruza Myanmar (que antes se llamaba Birmania), dibuja la frontera entre Tailandia y Laos, entra en Camboya y allí se abre en innumerables brazos para formar un delta en Vietnam. El río es navegable a partir de Savannakhet, en Laos. A partir de Camboya, en las proximidades de Phnom Penh, se inician sus ramificaciones, y van creciendo al entrar en territorio de Vietnam.

En Camboya las aguas del Mekong conocen una particularidad única: su corriente cambia de dirección. La planicie camboyana permite que sea el nivel del agua lo que determina el sentido de la corriente. Al llegar a Phnom Penh el río encuentra en su orilla derecha otro río que es también un conjunto de lagos: el Tonlé Sap. Cuando baja el nivel de las aguas del Mekong, las de Tonlé Sap se comportan como un afluente. Al llegar la estación en que crece el volumen del Mekong la corriente invierte su sentido: son sus aguas las que fluyen hacia el Tonlé Sap, triplicando las dimensiones del lago. A principios de la primavera, la inundación se reduce y el lago recobra su tamaño normal.

Los antiguos khmer creían que el Mekong fluía tanto hacia sus fuentes como hacia su desembocadura en el mar. El día en que bajaba el nivel de las aguas, el rey tomaba una embarcación y cortaba una cinta tendida entre ambas orillas. Sus súbditos se internaban a pie en el agua para atrapar peces con las manos.

2

La iba a recordar como la vio por primera vez: sentada en una piedra a la entrada de un templo invadido por raíces gigantescas, por lianas y follaje. El moho y los líquenes habían trabajado las cabezas de Buda, los párpados cerrados, la sonrisa casi imperceptible. Pero a ella nada de esto parecía interesarle.

A él le llamó la atención que estuviera sola, sin uno de los inevitables, locuaces, políglotas guías rondando alrededor; sobre todo que no tuviera en las manos una guía turística. La verdad es que la mirada de la mujer no parecía observar el templo ni estudiar los bajorrelieves. Acaso no los viese, perdida en sus pensamientos.

Su pelo claro se volvía luminoso en el último sol de la tarde. Él le calculó unos sesenta años. Estaba vestida con esa sencillez intemporal que –su comercio con otras mujeres maduras se lo había enseñado– suele ser más costosa que cualquier moda. Vaciló un instante y finalmente decidió no abordarla. ¿Con qué pretexto le hubiese hablado? ¿Por el simple hecho de ser dos europeos? (Para los nativos toda persona blanca era europea, aunque hubiese nacido, como él, en el extremo sur del continente americano.) No parecía estar perdida, tampoco cansada; sentada allí, serena, sin inquietud, muy probablemente no desease conversación.

3

Esteban había entendido muy pronto que hoteles, bares y comercios, todo el incesante ajetreo de Siem Reap sólo existe porque a cinco kilómetros se elevan las ruinas de Angkor Wat, elección reciente del turismo menos banal. Y se le ocurrió entretener su ocio visitándolas.

Un guía le explica que se trata de un solo templo gigantesco, aunque el visitante crea internarse en un laberinto de restos de muchos edificios construidos para un destino incógnito. Esas ruinas, se entera, habían sido galerías, recámaras y bibliotecas que rodeaban y protegían el centro sagrado de un templo también pensado como mausoleo para un rey khmer del siglo XII.

Ese templo, como el reino, pasó sin conflicto del hinduismo al budismo e incorporó figuras y leyendas de su primera devoción a los bajorrelieves de Angkor. El guía señala a Esteban, al lado de budas agraciados por una sonrisa evanescente ("los exploradores franceses la bautizaron sonrisa khmer"), episodios, que el visitante no hubiera reconocido, del Ramayana y el Mahabharata, efigies de Vishnu, guerreros montados en elefantes, figuras femeninas a las que llama devatas o apsaras.

Más emprendedores que los portugueses, que en el siglo XVI se limitaron al asombro y la reverencia –ironiza el guía– los franceses iban a hacer de Angkor Wat objeto de arqueología y filología: en París se creó a principios del siglo XX una Ecole française d’extrême Orient. Camboya había sido incorporada a un imperio colonial hoy difunto, era parte de la Indochina francesa, y recibió la visita de escritores –opina el guía– "de muy distinto pelaje": Pierre Loti y Paul Claudel hicieron el peregrinaje a esas ruinas prestigiosas. Otros, los muy jóvenes André Malraux y su esposa Clara, intentaron substraer algunos bajorrelieves y esculturas, prometidos a un marchand de Nueva York; terminaron su aventura sin gloria, ella expulsada, él en breve cárcel pero con un rédito inesperado: el material para una primera novela de éxito.

Esteban se pierde entre estas referencias y fechas que no le dicen mucho. Pero le hace gracia que la posada donde eligió parar, y hoy tiene otro nombre, fue en 1937 el primer hotel de Siem Reap. Lo crearon franceses, con un sentido de la publicidad hoy difícil de compartir: lo llamaron Grand Hôtel des Ruines.

4

Tres noches antes, Esteban se estudiaba en el espejo de un baño de hotel.

Trataba de verse como otros podían verlo. Como si esa imagen fuera la de un desconocido que se cruzase con él en el gimnasio o en un bar de hotel. O como podían verlo esas mujeres mayores cuyo interés cultivaba.

Llegó a la conclusión de que no podía desperdiciar con cualquiera que se le cruzara los años restantes de buen físico y energía viril. Momentos antes se había deslizado de un lecho compartido, cuidando de no despertar a una sueca vencida por el alcohol y los somníferos. Algo inesperado había intervenido en su vida: una suma considerable ganada en el casino de Macao. Ahora podía permitirse desdeñar un destino turístico poco distinguido, una protectora que revisaba minuciosamente la cuenta del restaurant.

Estaba habituado a decisiones rápidas. Las de esa noche iba a recordarlas como el montaje entrecortado de un film de aventuras barato. El cuarto estaba pagado de antemano, el conserje nocturno no iba a inmutarse si lo veía salir con un bolso de mano y tomar el primer taxi de la fila que esperaba a la entrada del hotel. No pensó en llevarse joyas o tarjetas de crédito: hubiese sido algo por debajo de su línea de conducta; aunque la tentación lo asaltó, supo que podían delatar su itinerario. La suma ganada en Macao, en cambio, le permitía una desenvoltura anónima.

En el aeropuerto eligió el primer vuelo del día. El destino era Siem Reap, en Camboya, y le aseguraron que la visa se obtenía en el aeropuerto de llegada. Le llamó la atención que a un destino de provincia llegaran desde Tailandia vuelos frecuentes: ignoraba aún que esa ciudad servía de base a los visitantes, cada año más numerosos, que visitan las ruinas de Angkor Wat.

En el avión cerró los ojos y vio desfilar las peripecias recientes como un montaje cinematográfico; al abrir los párpados cuando anunciaron el aterrizaje, ya las había olvidado.

No sabía que estaba en el umbral de una vida nueva.

5

Un atardecer ella decidió volver al mercado viejo de Siem Reap. Cuarenta años atrás, su curiosidad, más fuerte que el asco de otros europeos, le había permitido probar sin disgusto grillos y tarántulas fritas, hormigas marinadas, el pez serpiente; le divertía comerlos como aperitivo delante de los visitantes que llevaba de paseo por el mercado, antes de que el cocinero de la embajada les sirviera una esmerada, casi siempre insulsa imitación de comida europea. Hoy reconocía con una sonrisa esos manjares que le habían permitido aquella provocación: le hablaban menos de una cultura exótica que de la mujer joven, intrépida, insolente, que había sido.

Una imponente estatua de Buda, en el interior del templo camboyano  de Angkor Wat
Una imponente estatua de Buda, en el interior del templo camboyano de Angkor Wat
Se detuvo ante un puesto de frutas. La tentaron los rambutanes, su piel de un rojo intenso, cubierta con lo que le habían parecido agujas amarillas hasta que las descubrió suaves al tacto, como el pelaje de un gato. Ahora se preguntaba si su estómago, domado por la edad y una larga ausencia del país, sería capaz de volver a gustarlos, si se animaría a la pitaya, que había aprendido a llamar fruta-dragón, con su piel fucsia asomando entre espinas verdes, cactáceas, disuasivas, y la entraña llena de minúsculas semillas, como la fruta de la pasión.

De pronto sintió que el calor había aumentado, o que estaba afiebrada; años atrás esos accesos de temperatura le habían anunciado la menopausia. Acaso fuera un efecto de los olores penetrantes a los que se había desacostumbrado. Se sorprendió recordando nombres que no había pronunciado durante décadas: kreung, una mezcla de especias machacadas; prahoc, la pasta de pescado capaz de dominar cualquier otro sabor. Cerró los ojos. En el calor húmedo de la tarde esos olores se habían vuelto amenazantes. Su respiración se hizo más débil.

La mujer que atendía un puesto de comida se le acercó y la tomó del brazo sin que una sonrisa acompañara ese gesto amistoso. Ella se dejó llevar a la trastienda. La mujer le señaló un lecho, más bien un jergón cubierto por una manta de colores. Ella se acostó sin decir una palabra, obedeciendo como no lo hacía desde la infancia. La mujer mojó un paño en un cuenco lleno de agua y flores y se lo puso en la frente. Inmediatamente se sintió aliviada: por la frescura, por un perfume que no era de jazmines pero le recordaba la casa donde había sido niña. Al rato ya dormía.

Era de noche cuando despertó. La mujer estaba sentada en una silla de bambú, no lejos del lecho, y se abanicaba con unas hojas de palma atadas entre sí. Al ver que ella había abierto los ojos, se acercó y movió suavemente ese atado de hojas sobre su cara. El olor fresco, vegetal, postergó durante unos segundos los otros olores, los que la habían atacado.

De pronto se le cruzó la idea de que esa hospitalidad silenciosa encubría un robo. Extendió una mano y comprobó que su bolso seguía a su lado, que en su muñeca no faltaba una delgada pulsera de plata. Ese súbito movimiento no pasó inadvertido para la mujer, que se echó a reír, una risa gutural, áspera, que parecía grabada en un disco viejo. Ella la miró avergonzada y esbozó una sonrisa.

Fue en ese momento cuando empezó a hablar, mezclando francés y español, sin saber si la mujer podía entenderla; la escuchaba, sin embargo, con una mirada atenta y una vez borrada la risa, guardó una sonrisa amistosa, que a ella le pareció comprensiva.

–Hace muchos años viví en Phnom Penh. Era la mujer de un embajador.

No sabía muy bien qué era lo que quería contar pero siguió hablando desordenadamente. La mujer la escuchaba en silencio, no decía una palabra, tampoco había hablado antes, ni siquiera un murmullo; a ella se le ocurrió que podía ser muda. Lejos de disuadirla esto la animó a continuar.

6

–Era una vida artificial. En fin, la vida de todos los ricos es artificial. Teníamos sirvientes, muchos sirvientes. Mi preferido era Rithy, un chico de catorce años. Le gustaba leer, estudiaba ingles y francés, yo le prestaba mis libros. Pero tenía mala vista y se cansaba muy pronto. Lo llevé al oftalmólogo que atendía al servicio diplomático, le hicieron unos lentes con los que podía leer horas sin cansarse. No sabía qué hacer para agradecérmelo, me seguía todo el día, esperando que le encargase algún mandado, que le pidiese algo…

Hizo una pausa, como si los recuerdos la llevasen más allá de las palabras. Cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono más pausado. La mujer la escuchaba con un leve movimiento de cabeza, que podía ser un asentimiento mudo.

–En aquellos años le oía hablar a mi marido de los bombardeos norteamericanos en el norte, donde había bases de entrenamiento de los vietcong. Pero era como si escuchara en la televisión noticias de un país lejano… Sabía que había una guerra al lado, en Vietnam, una guerra interminable, primero para echar a los franceses, luego por la ocupación norteamericana que quería impedir el avance de los comunistas. Pero nada de eso me impedía seguir con la vida cotidiana… Como a todo el mundo. Algún día tendríamos que partir, lo sabía, pero no imaginaba que sería en un avión de rescate, dejando atrás todo lo que había sido nuestra vida aquí…

Una nueva pausa. Buscó la mirada de la mujer. Le pareció comprensiva, aunque acaso no fuera más que su propio deseo de comprensión lo que leía en ese rostro callado.

–Una mañana vi llegar una ambulancia al hospital central, bajaron en una camilla a un hombre quemado, a lo que quedaba de él. Nunca había visto algo tan horrible y sin embargo no podía apartar los ojos de ese cuerpo calcinado que todavía respiraba. Yo había ido para una consulta de rutina, algo sin importancia, y de pronto me encontré delante de un resto de vida... Me explicaron que los norteamericanos bombardeaban con napalm las bases de los vietcong en el norte y que muchas de las víctimas eran civiles que habitaban la zona. Al volver a casa le dije a mi marido que no podíamos quedarnos más allí, creo que estaba histérica, hablaba atropelladamente y él me escuchaba muy sereno, como si supiese todo lo que le estaba diciendo. Me dijo que sí, sabía que en algún momento, cuándo aún no sabía, íbamos a tener que partir. En algún momento, tal vez no muy pronto. Pero había que estar preparados. Yo no entendía que había un tablero político, que apenas Vietnam quedara en manos de los pro-soviéticos, los pro-chinos tomarían el poder aquí.

En este momento de su relato le pareció que asomaba una sonrisa en el rostro de la mujer, que seguía mirándola sin distraerse, y sin hablar.

–Pero desde ese momento ya no pude seguir la guerra como algo lejano, algo que no me tocaba. Los diplomáticos, no todos, los embajadores podían partir con un sirviente. Cuando llegó el momento de nuestra partida cancelaron el permiso de llevar a alguien que no fuera de la familia. Le pedí a mi marido que adoptáramos a Rithy pero se negó y yo pensé en declararlo hijo natural mío, que habría tenido con un camboyano… Una locura, pero me parecía la única solución. No me atreví. Lo dejé atrás.

Esta vez hizo una pausa más larga pero no miró a la mujer silenciosa, sentada tan cerca de ella y que le parecía muy lejana.

–Y muy pronto leí que apenas llegó Pol Pot al poder todos los habitantes de las ciudades, con algo que los identificara como intelectuales, el uso de lentes por ejemplo, eran enviados a trabajar dieciocho horas por día al campo, y si no podían convertirse en "hombres nuevos" eran liquidados... Desde entonces llevo la fotografía de Rithy conmigo. De mi marido me separé hace mucho. Pero esta fotografía la tendré conmigo hasta morir. Sé que algunos escaparon de los campamentos de la muerte, unos pocos sobrevivieron… Hoy no podría reconocerlo, tendría más de cincuenta años… Pero no puedo separarme de esta foto.

La tenía en la mano y se la tendió a la mujer, que la estudió en silencio.

Ella ya no pudo seguir hablando. Se sentía agotada y al mismo tiempo aliviada. Se incorporó, decidida a poner distancia con ese momento de entrega al que se había dejado ir. Murmuró apresuradamente palabras de agradecimiento en distintos idiomas y al mismo tiempo que recuperaba la foto puso en la mano de la mujer un billete de cincuenta dólares.

Estaba por internarse en la animación nocturna del mercado para volver al hotel cuando la mujer le alcanzó una tarjeta, No estaba impresa en caracteres khmer; de un lado reconoció, sin poder leerlos, caracteres thai, del otro leyó en inglés We find the person you are looking for, "encontramos a la persona que está buscando", una dirección de correo electrónico y otra postal, en Bangkok.

7

Esteban se había dejado convencer por una excursión que recorría el Tonlé Sap, pasando del río al lago.

Le habían hablado de los cientos de casas flotantes, construidas sobre balsas, aun sobre simples embarcaciones; sobre todo, le había despertado curiosidad que no estuvieran amarradas a algún embarcadero ni poste, que flotaran libremente con la corriente, variable según las estaciones. Era algo que, le explicaron, no preocupaba a sus habitantes, camboyanos que convivían sin conflicto con muchos vietnamitas. Esa condición nómade, no ya de individuos sino de sus casas, lo atrajo.

Más inesperado que el encanto del nomadismo, sentimiento romántico ajeno a sus hábitos, Esteban descubrió que las costas, cambiantes según las lluvias que redibujaban los contornos del lago, estaban cubiertas por casas construidas sobre pilotes, y que una humanidad atareada, numerosa, circulaba entre ellos, en un momento del año en que las aguas bajas lo permitían. Había, sí, casas flotantes, de techo a dos aguas, donde pudo atisbar a lugareños de actitud despreocupada, menos exóticos que los pájaros que se posaban sobre esos techos, que los peces atrapados en las redes de los habitantes menos indolentes de esas casas. Pero también había saladeros de pescado, algún intento de supermercado, posadas para turistas de vocación ecológica y hasta una iglesia cristiana sin denominación visible. El conductor de la lancha no supo contestar a la pregunta y se limitó a informar que la habían construido unos japoneses.

Era un vietnamita de edad indescifrable y a Esteban no le sorprendió que eligiera un establecimiento vietnamita para hacer una pausa en el trayecto. Mientras tomaba una sopa donde se mezclaban vegetales, pescado y hongos notó la mirada insistente, la expresión perpleja del anciano que servía. Cuando finalmente se le acercó, inclinó la cabeza en señal de respeto y preguntó en voz baja:

–¿Esteban?

En un primer momento creyó que había oído mal, que –poco inclinado como era a confiar en la casualidad, menos aún en lo sobrenatural– se trataba de un eco –¿de dónde, de cuándo?– que asomaba a su mente. Pero tenía delante al hombre que había hablado: sonreía y se le humedecían los ojos.

Esteban no respondió. El hombre, como arrepentido de una impertinencia, se alejó sin una palabra.

Esteban tuvo miedo.

8

Ella no quiso visitar Tuol Sleng. Sabía lo que iba a encontrar.

Recordaba el edificio de cuando era un colegio en Phnom Penh, su nombre khmer celebraba a un lejano antepasado del rey Norodom Sihanuk. Hoy se lo conoce como Museo del Genocidio.

Ella ya había dejado Camboya cuando los Khmer Rojos rebautizaron el país Kampuchea Democrática y convirtieron el colegio en prisión de seguridad. Fue apenas uno de los muchos centros de exterminio donde, entre 1975 y 1979, los cuatro años de poder de Pol Pot, se liquidó a un tercio de la población.

¿Cuántos de sus conocidos murieron allí, o en otro de los "campos de matanza"? (Le dio un poco de vergüenza, ella que había vivido allí, que había conocido y querido a su gente, que había gustado su comida, descubrirse traduciendo involuntariamente la frase killing fields, como los bautizaron en un distante, tal vez cómplice, sin duda indiferente, "primer mundo".) Sabía de algunos: su médico personal, el profesor de historia con quien había aprendido la historia del país antes de la dominación francesa, el arquitecto que había refaccionado el edificio de la embajada, y tantos estudiantes de los que se había hecho amiga para escapar con frecuencia de la asfixia del mundo diplomático.

Del museo había visto fotos. Innumerables caras de víctimas, todas con un número pinchado en el pecho, fotografías enmarcadas donde un destino común reunía a individuos que nunca se hubieran conocido en vida. También: innumerables cráneos acumulados en una vitrina que los protegía del improbable asedio del visitante. Y los dispositivos de electricidad y agua, hoy desactivados, silenciosos, y por ello mismo cargados de amenaza, que servían de instrumentos de tortura en los interrogatorios.

Una estadística –ella que era tan reacia a leer una verdad en los números– le dio una esperanza. De las diecisiete mil personas que pasaron por Tuol Sleng sólo doce sobrevivieron, individuos cuyo saber o destreza técnica podía ser útil a la administración del centro. Y Tuol Sleng era sólo uno de los ciento cincuenta centros de interrogación y exterminio que los Khmer Rojos instalaron en el país.

Algunos prisioneros habían logrado escapar. Acaso Rithy fuera uno de ellos…

9

Dos días más tarde el viejo vietnamita apareció en el hall del hotel. Al ver a Esteban se puso de pie pero no se le acercó. Esteban se detuvo. Fue un momento de breve expectativa, pero el silencio hizo que le pareciera largo. Finalmente el anciano habló.

–Nunca pensé que nos volveríamos a ver –se expresaba en un francés escolar pero fluido–. Sabía que habías vuelto a Francia, me contaron que te habías casado con una sudamericana. Pensé que todo lo vivido aquí, tanta lucha, tantos sacrificios… en fin, que habías decidido dejar atrás toda esa parte de tu vida. Muchos lo han hecho. Pero no hay nada que hacer, nada se olvida.

En un primer momento Esteban pensó decir en pocas palabras que lo confundían con otra persona, pero no llegó a hablar. Como una vieja fotografía de tiempos en que se sumergía el negativo en un baño químico para revelarla, nombres, lugares, fechas empezaron a definirse, a cercarlo.

Sí, él llevaba el nombre de su padre. Y su padre había sido francés, aunque detestaba que lo llamaran otra cosa que vasco, ni siquiera vasco-francés aceptaba. Y sí, su madre había sido argentina y aunque el padre ya había muerto cuando él nació, ella acunó la infancia del hijo con relatos heroicos de la solidaridad del padre con el ejército de liberación vietnamita, momento fuerte de su vida que nunca había podido olvidar, así como en su juventud había conocido la cárcel por trabajar para el frente de liberación argelino. Casado con una argentina, le hubiese gustado terminar luchando contra la dictadura, pero la enfermedad lo derrotó; fue su viuda quien volvió a Buenos Aires para dar a luz el hijo que no iba a conocerlo.

¿Qué edad hubiese tenido hoy el padre? ¿Qué edad tenía el anciano que lo recordaba emocionado, que creía ver en este Esteban nada heroico a otro Esteban, el de una guerra lejana, ganada y acaso desperdiciada en la paz?

En ese momento ocurrió algo inexplicable, y también irresistible. Sin cálculo ni parodia, Esteban empezó a hablar diciendo lo que intuyó que hubiese dicho su padre. Lo poseían la mirada y las palabras del anciano: le prestaban una identidad que nunca había buscado, que nunca se le hubiese ocurrido desear. Si hubiera estado frente a un argentino, o a un hijo de la cultura mediterránea, habría abrazado al visitante; pero sabía que en Oriente el contacto físico no es bienvenido.

Como un poseso, explicó que en su nueva vida, en el otro extremo del mundo, aún había lucha por pelear, que nada había cambiado desde que se habían visto por última vez. Mencionó lugares, batallas, camaradas cuya existencia desconocía, cuyos nombres nunca había leído. En ningún momento pasó por su mente que estaba fingiendo, que representaba un papel en una comedia improvisada. Su sinceridad, su elocuencia eran auténticas.

Hablaron pocos minutos pero fue un momento de intensidad superior a las palabras dichas, ajena a ellas. El anciano parecía contento. Se despidió con una inclinación de cabeza y uniendo las palmas de las manos, una actitud que Esteban imitó ceremoniosamente.

Más tarde se le ocurrió que no había habido error en ese reconocimiento. Tal vez el viejo creyera en la reencarnación. Además, a Esteban le pareció que durante el encuentro su visitante había rejuvenecido: como si el recuerdo de una juventud llena de peligros y convicciones hubiese borrado brevemente las miserias de su condición actual. Y al mismo tiempo le hubiese impuesto una transfiguración al joven incrédulo que lo escuchaba, que empezaba a sentirse insatisfecho con su incredulidad.

10

Apenas hubo bajado del taxi se dio cuenta del error. Le dio vergüenza admitirlo y decidió buscar de todos modos la dirección impresa en la tarjeta.

Había conocido Bangkok superficialmente, y su recuerdo era el de la ciudad que había sido tres décadas atrás; como todo el mundo, había oído hablar de Patpong, barrio que la gente de cierta edad llamaba red light district. En su tiempo había sido arrasado por soldados norteamericanos con licencia de la guerra de Vietnam, impacientes por obtener cualquier forma de desahogo sexual, de estímulos químicos.

El taxi la había dejado a la entrada de Surawong Road y ella, con la tarjeta en la mano, fue abriéndose paso entre la multitud que deambulaba curiosa, asediada por ofertas apremiantes: shows, baile del caño o proezas vaginales con pelotas de tenis, bares con go-go girls y sexo oral incluido en el precio de la bebida. Y cantidad de katoeis, los respetados ladyboys locales, cuya femineidad aplicada, nunca estridente, no delataba inmediatamente la superchería.

La dirección buscada correspondía a un edificio de entrada abierta ante una escalera que conducía a oficinas en el piso alto; una vitrina iluminada en la vereda informaba de los servicios ofrecidos. Allí estaba repetida la frase en inglés que ella había leído en la tarjeta: "Encontramos a la persona que está buscando". Si alguna duda quedaba sobre su sentido, una pantalla se encargaba de disiparlas: en el video publicitario desfilaban adolescentes, exhibiendo sus promesas en poses invitantes; en algunos casos, nalgas perfectamente redondeadas y firmes; en otros, órganos de tamaño considerable en algún momento intermedio entre el despertar y la erección declarada.

Permaneció un momento ante esas imágenes que no la ofendían; si se sentía humillada era por el error de la mujer del mercado en Siem Reap, por lo que había interpretado en sus palabras, si es que había entendido el idioma, o en la fotografía que ella le había mostrado.

De pronto, algo diferente empezó a borrar ese sentimiento: la posibilidad, tan deseada, de que Rithy hubiese logrado escapar y cruzar la frontera ahora la conducía a otra posibilidad, que no se atrevía a condenar ni a desechar: que hubiese terminado trabajando en uno de los establecimientos de Patpong.

11

–¿No va a ver las esferas de fuego que llaman Naga?– preguntó en inglés un hombre sentado ante la mesa vecina.

Ella fingió no haberlo oído, aunque Esteban, desde una mesa menos cercana, lo oyó perfectamente. El hombre esperó la respuesta que no llegaba sin abandonar una sonrisa amplia. No parecía dispuesto a darse por vencido. Lucía la paciencia empedernida de un viajante de comercio chino.

– Son una de las maravillas del sudeste asiático… – insistió.

Cuando ella consintió en hablarle lo hizo en un inglés educado, intemporal, donde flotaba un rastro de acento español.

–Las vi hace tiempo. Pero no a esta altura del Mekong. Hay que remontar el río hasta Laos, cerca de Ventiane, para verlas. Y no estoy segura de que aparezcan en esta época del año. Surgen al final de las lluvias de octubre.

El hombre extrajo una billetera donde eran demasiado visibles las iniciales de una marca de moda para dejar una tarjeta sobre la mesa de su vecina. Ella ignoró ese rectángulo de cartón que parecía ya haber pasado por varias manos. El hombre debía estar habituado a estas marcas de indiferencia pues no se desanimó.

Inició una explicación, confusa a fuerza de pretenderse científica: las esferas de fuego que subían por el aire y podían llegar a cien metros de altura, si no más, para algunos eran burbujas de gas que entraban en combustion, o descargas eléctricas en una solución que las impulsa hacia lo alto. Estas posibilidades, sostenía, eran más verosímiles que atribuirlas a luces de reconocimiento disparadas por soldados laosianos desde su orilla del río…

La mujer lo interrumpió con una mirada fría que ninguna sonrisa mitigaba.

–No diga pavadas. Las esferas de fuego se llaman Naga por los dragones que viven en el río. No es casualidad que se las vea todos los años después de las "lluvias de Buda". Los dragones las escupen hacia lo alto y allí estallan en chispas. Muchas generaciones las han visto, generaciones que nunca oyeron hablar de luces de reconocimiento ni siquiera de electricidad. Las llaman bung fai paya nak.

Esteban se echó a reír. El presunto viajante de comercio borró la sonrisa que había parecido inamovible y se concentró en su budín de sémola. La mujer sonrió por primera vez y lo hizo en dirección a Esteban. Él decidió hablarle en español.

–Yo también prefiero creer en dragones.

Eso fue todo. Ella no volvió a hablar aunque resultó evidente que había entendido el comentario de Esteban. Él prefirió no intentar un diálogo.

12

La vio una última vez, también sentada sobre una piedra a la entrada de un templo. Pero no era el mismo ante el cual la había visto por primera vez. También esta vez estaba sola, en silencio.

Se quedó observándola un largo momento. Iba a alejarse cuando la vio incorporarse y entrar, si es que se pudiese llamar interior al espacio detrás del pórtico, paredes que no todas llegaban al techo, o se elevaban sin que un techo existiera, trabajadas todas por indescifrables inscripciones de moho. En el centro del primer recinto había una piedra sostenida por otra, algo que tal vez no correspondiese a la palabra altar en la religión para la que el templo había sido concebido.

Ella tomó de su bolso algo brillante, tal vez una hoja de plástico dentro de la cual se entreveía una fotografía en blanco y negro, luego una caja de fósforos y prendió fuego sobre la piedra a esa hoja, cuidando de hacerla girar para que todos sus ángulos se encendieran antes que el fuego se extinguiera.

Él entendió que se trataba de una ceremonia privada, no más incomprensible que otros aspectos del culto, de todos los cultos.

Al final sólo quedaron sobre la piedra unos restos chamuscados, malolientes. Antes de irse, ella se quedó mirándolos durante un momento que a él le pareció muy largo. Una vez solo, se acercó a esos residuos para ver si conservaban algún indicio de lo que fueron. Pero no había más que cenizas y la brisa del atardecer empezó a dispersarlas.

13

Las primeras esferas de fuego surgieron del agua antes de la noche, en ese momento del crepúsculo en que el cielo aún guarda un poco de azul y las luces de la tierra adquieren por contraste un brillo fantasmal. Algunas aparecían muy pequeñas, burbujas apenas, otras del tamaño de bolas de billar. Ante la sorpresa de Esteban, al tomar altura se agrandaban, alcanzaban el tamaño de la cámara de aire de un globo volador, vacilaban en la oscuridad creciente, luego estallaban en chispas o se perdían en la altura sin dejar huella. En el río, las barcas detenidas en medio de la corriente –lámparas de papel de colores brillantes, música apenas audible, ofrendas de arroz pegajoso envueltas en hojas de plátano– se dirían inmovilizadas por el prodigio mismo que estaban contemplando.

Esteban pensó en su padre. Sus sentimientos eran contradictorios. Se le ocurrió que tal vez hubiese estado orgulloso de ver a su hijo en rincones de la tierra donde él había peleado por ideales hoy devaluados. Y al mismo tiempo, que le daría cierta vergüenza entender con qué artes su hijo había llegado a visitar esos territorios lejanos. Y ¿por qué no? acaso cierto orgullo inconfesable, de saber que el hijo debía ese efímero triunfo mundano al ejercicio de su masculinidad.

Intentó también recordar a su madre pero ningún sentimiento acompañó la imagen borrosa que le llegó.

Estaba a orillas del Mekong, en un lugar que no sabía que se llamaba Nong Khai, en Isan, al noreste de Tailandia. Tampoco sabía, ni le interesaba saber, que la población de esa provincia era en su mayoría originaria de Laos, que hablaban el idioma de su país de origen, comían su comida, vestían su ropa. Sólo le importaba dejar atrás tantas cosas, cosas para las que tampoco tenía nombre; sin duda se habría asombrado si le hubiesen dicho que era a sí mismo a quien quería perder.

Una muy modesta suma de lo ganado en una noche afortunada en el casino de Macao había bastado para pagar el taxi que lo llevó hasta allí; otra iba a pagar el taxi que lo llevaría a otro lugar, más lejos, también desconocido. En algún momento ese dinero se agotaría. ¿Dónde? ¿Cuándo? Sentía una vaga curiosidad por imaginarlo.

Las esferas de fuego, cada vez más numerosas, cada vez más grandes, surgían del agua y se perdían en lo alto, en la plena oscuridad de la noche ya instalada. Eran los últimos días de octubre, terminaban los meses de lluvia que los budistas consagran a la meditación.

A Esteban se le ocurrió que los dragones, despertándose bajo las aguas del Mekong, celebraban la fecha.

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