Jorge Aguirre: el primer dandy del fotoperiodismo argentino

Más de cien imágenes callejeras en blanco y negro que conforman la obra artística del fotógrafo argentino integran la muestra que abre la temporada en la galería de Los Arcos
Crédito: Jorge Aguirre
Más de cien imágenes callejeras en blanco y negro que conforman la obra artística del fotógrafo argentino integran la muestra que abre la temporada en la galería de Los Arcos
Daniel Merle
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12 de marzo de 2019  

En 1982 el Centro Editor de América Latina reunió en un solo tomo los dieciséis fascículos de la colección Fotógrafos argentinos del siglo XX, que venía publicando desde hacía unos años. El más veterano era Juan Di Sandro (1898-1981) y el más joven, Juan Travnik, que para ese entonces tenía 32. Entre todos ellos, estaba Jorge Aguirre (1929-1996), uno de los cinco reporteros gráficos de profesión incluidos en el libro.

Aguirre tenía una amplia trayectoria en el mundo de las editoriales de revistas en Buenos Aires -con dos etapas en Atlántida para El Gráfico, Para Ti, Somos y Gente, y sus inicios en editorial Abril- y a la par desarrollaba una intensa actividad como "autor", una denominación del mundo de la literatura que Sara Facio había adaptado al campo fotográfico, para diferenciarse del mundillo del fotoclub en el que ser artista era sinónimo de acumulación de premios en el endogámico ambiente de los tradicionales concursos de fin de semana en la extensa red de instituciones que reunía la Federación Argentina de Fotografía por ese entonces.

En esos años, Aguirre era un hombre de mediana edad, delgado y muy atildado. Usaba sacos bien cortados y nunca perdía la compostura. Era amable y seductor, un verdadero dandy. Su imagen contrastaba con la de todos los demás reporteros de la época. Su educación y sus inclinaciones estéticas también lo hacían diferente: había estudiado ciencias económicas y luego grabado, dibujo e historia del arte. Admiraba el sentido del humor de Borges, a quien leía obsesivamente, y era fanático de River Plate.

Crédito: Jorge Aguirre

Desde fines de los años 70 la industria japonesa invadía el mercado con sus cámaras réflex, prácticas y livianas, con una enorme variedad de lentes para diversos usos en el mundo del reportaje fotográfico. Aguirre, sin embargo, permanecía fiel a su Leica M3 de fabricación alemana, un sofisticado aparato muy difícil de manejar, aun para los más experimentados profesionales. Con esa cámara y un solo lente, emprendía sus solitarias recorridas en las inmediaciones de su casa, en Paraná y Córdoba. No necesitó alejarse muchas cuadras para lograr algunas de las imágenes más emblemáticas de la historia de la fotografía argentina del siglo XX.

En esos años, y hasta su prematura muerte, Aguirre fue un punto de referencia para los jóvenes reporteros que hacían sus primeras armas en los medios gráficos. Si bien nunca hablaba de fotografía (incluso decía que no miraba libros de fotógrafos para evitar ser influenciado por las imágenes de otros), podía pasarse horas mostrando sus fotos y mirando las de los más jóvenes. Nunca explicaba cómo resolvía técnicamente sus mejores trabajos profesionales, pero sabía cómo alentar a los que se iniciaban en la profesión.

Aguirre era visto como un carácter singular en los convulsionados años en los que fue uno de los protagonistas de la fotografía argentina. Por su personalidad, nunca estuvo alineado con las prácticas del fotoclub (a diferencia de la mayoría de los reporteros gráficos que buscaban allí una faceta artística), pero tampoco con los fotógrafos que fueron convergiendo en el Consejo Argentino de Fotografía, grupo liderado por Facio (de quien fue íntimo amigo) que coincidía más con su forma de pensar la fotografía como disciplina autónoma.

Hombre reloj, 1962
Hombre reloj, 1962

Sus dos campos de acción, el profesional y el artístico, eran compartimentos estancos. La fotografía callejera, que él consideraba su obra artística, era su manera de expresar sin condicionamientos editoriales su visión de la sociedad, y lo hacía a través de un sentido del humor corrosivo y sutil al mismo tiempo.

Pero, por su formación (en la década de 1950 había estudiado con el escultor Clément Moreau), la pintura y el dibujo seguían siendo para él la única vara para medirse como artista. Este dilema lo acompañó a lo largo de su extensa carrera en un ambiente que le resultaba hostil pero al mismo tiempo lo reverenciaba como uno de los más respetados y talentosos fotógrafos.

Más allá de algunas experiencias individuales y colectivas en diversas muestras a lo largo de su trayectoria, esta falsa dualidad entre arte y fotografía se vería plasmada en su madurez en dos grandes exposiciones. En 1981 exhibe "Papeles quemados y? otros fuegos" en la Galería Velázquez, de Buenos Aires, un lugar de referencia obligada para el mundo del arte y que no exhibía fotografías. Hubo treinta y cinco cuadros en esta muestra, todas fotografías directas en color, que no parecían fotografías, sino pinturas. El crítico Pedro Franco observó con admiración: "[?] Un ojo de cristal y una película sensible, por lo visto, descubren colores que están más allá de la acuarela y del óleo [?]".

Crédito: Jorge Aguirre

Cinco años más tarde, expone en la Fotogalería del Teatro General San Martín alrededor de 60 fotografías callejeras realizadas entre 1956 y 1986. La muestra se tituló "Allegro ma non troppo". Estas dos exposiciones son las que dibujan perfectamente el complejo perfil de un artista como Jorge Aguirre. Coincidentemente, las dos fueron exhibidas en su momento en la fotogalería Omega, de La Plata (la primera galería dedicada exclusivamente a la fotografía en el país). Su director, Ataulfo Pérez Aznar, es hoy el curador de "Jorge Aguirre-Antológica 1957-1993", que se inaugurará el jueves 14 de marzo en FoLa (Fototeca Latinoamericana), dirigida por Gastón Deleau, abarcando ciento veinte fotografías en blanco y negro tomadas entre 1957 y 1994, de las cuales casi la mitad son inéditas.

El cuerpo de obras a exhibirse se basó en un principio en las sesenta imágenes de la muestra de 1986 en la Fotogalería del Teatro San Martín. Pero ese listado original fue ampliado por el propio Aguirre hasta llegar a noventa fotografías, que en su momento le presentó como proyecto de libro a Sara Facio para su publicación en la Editorial de La Azotea. Al día de hoy ese boceto no ha sido encontrado entre sus pertenencias.

Crédito: Jorge Aguirre

Ante la magnitud del archivo, que excede ampliamente el corpus de su última muestra en vida, Pérez Aznar decidió profundizar su investigación y, con la colaboración de Gonzalo Aguirre y Julio Menajovsky, trabajó durante cuatro años sobre una selección de trescientos negativos en diversos formatos para llegar a la selección final.

En FoLa también serán exhibidos las cámaras y algunos efectos personales del artista. Entre ellos, en un listado escrito a mano, una especie de decálogo de citas que para Aguirre servían de inspiración para sus fotografías. Entre ellas, una de Leopoldo Marechal, que dice: "El mundo se hace nuevo con cada hombre que mira".

Crédito: Jorge Aguirre

Las claves de un testigo de Buenos Aires

Jorge Aguirre (1929-1996)

Comenzó en la fotografía a los 25 años, después de estudiar ciencias económicas, pintura, dibujo e historia del arte. Fue el más destacado de su generación en generar una conciencia del reportero gráfico como artista visual. Amplió el campo de intereses de la fotografía callejera que había inaugurado en Buenos Aires Horacio Coppola

Agenda

Jueves 14, a las 19

Inauguración de la muestra "Jorge Aguirre. Antológica", con curaduría de Ataulfo Pérez Aznar. Al público, desde el viernes 15, en FoLa, Godoy Cruz 2626. Entrada general, $100

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