Julian Barnes: Arthur & George

En su nueva novela, Arthur & George (Anagrama), de la que publicamos un anticipo, el escritor inglés Julian Barnes narra una historia basada en hechos reales. El novelista utiliza la trama para mostrar hasta qué punto el pasado es una creación del presente
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11 de marzo de 2007  

Víctima del alcohol y de la escuela

Arthur

Siempre se estaban mudando: media docena de veces en los primeros diez años de Arthur. Las viviendas parecían empequeñecerse a medida que la familia se hacía más grande. Además de Arthur, estaba su hermana mayor, Annette, sus hermanas pequeñas Lottie y Connie, su hermanito Innes y después, más adelante, sus hermanas Ida y Julia, a quien llamaban Dodo. Su padre era bueno engendrando niños -hubo otros dos que no sobrevivieron-, pero no tan bueno para sustentarlos. La percatación temprana de que el padre nunca facilitaría a la madre las comodidades propias de la vejez acrecentó la determinación de Arthur de proporcionárselas él mismo.

Su padre -dejando aparte a los duques de Bretaña- procedía de una familia de artistas. Poseía talento y excelentes instintos religiosos, pero era nervioso y de constitución débil. A los diecinueve años se había trasladado a Edimburgo desde Londres; agrimensor auxiliar de la Junta de Obras de Escocia, se vio precipitado a una edad muy temprana a una sociedad que, aunque amable, era a menudo ruda y muy bebedora. No prosperó en la Junta ni tampoco en George Waterman e Hijos, los impresores tipográficos. Era un fracasado de buena familia, con una cara tersa debajo de una barba poblada y suave; tenía un concepto vago del beber y había perdido el rumbo de la vida.

No era violento ni agresivo; era un borracho de los sentimentales, desprendido y propenso a la autocompasión. Le llevaban a casa babeando cocheros cuya insistencia en que les pagaran despertaba a los niños; a la mañana siguiente lamentaba con una sensiblería prolongada su incapacidad de sustentar a quienes amaba tan tiernamente. Un año enviaron a Arthur a una pensión para que no presenciase una nueva etapa del declive paterno; pero vio lo bastante para refrendar su creciente entendimiento de lo que podía o debía ser un hombre. En los cuentos de caballerías y románticos que le contaba su madre había pocos pasajes para ilustradores beodos.

El padre de Arthur pintaba acuarelas y trataba de completar sus ingresos vendiendo sus obras. Pero su carácter generoso se inmiscuía continuamente; regalaba sus pinturas a cualquiera o como mucho las daba por unos cuantos peniques. Sus temas podían ser delirantes y tremendos, y con frecuencia evidenciaban su talante natural. Pero lo que más le gustaba pintar, y por lo que más se recuerdan sus pinturas, eran hadas.

George

A George lo mandan a la escuela del pueblo. Lleva un cuello alto almidonado, con una pajarita floja para ocultar el pasador, un chaleco abotonado hasta justo debajo de la pajarita y una chaqueta con solapas altas, casi horizontales. Otros chicos no van tan pulcros: algunos llevan jerséis toscos, de confección casera, o chaquetas holgadas que han heredado de hermanos mayores. Unos pocos usan cuello almidonado, pero sólo Harry Charlesworth lleva una corbata como George.

Su madre le ha enseñado las letras, su padre sumas sencillas. La primera semana le sientan en los pupitres al fondo de la clase. El viernes le harán un examen y le asignarán un sitio según su inteligencia: los chicos despiertos se sientan en las filas delanteras, los estúpidos en las de atrás; la recompensa por los progresos es que te coloquen más cerca del maestro, de la sede de la instrucción, el conocimiento, la verdad. El maestro, que es el señor Bostock, luce una chaqueta de tweed , un chaleco de lana y una camisa con las puntas del cuello prendidas por detrás de la corbata con un alfiler de oro. Bostock lleva un sempiterno sombrero de fieltro marrón y lo deposita encima de la mesa durante las clases, como si no se fiara de él fuera de su vista.

Cuando hay un descanso entre lecciones, los chicos salen a lo que llaman el patio, que no es más que una zona de hierba pisoteada que mira a través de campos abiertos hacia la mina lejana. Los chicos que ya se conocen empiezan a pelearse al instante, George nunca ha visto peleas entre chicos. Mientras observa, Sid Henshaw, uno de los más brutos, se acerca y se le pone delante. Henshaw hace muecas cómicas, se estira con los meñiques las comisuras de la boca y con los pulgares mueve las orejas hacia delante.

-Encantado, yo me llamo George.

Es lo que le han enseñado a decir. Pero Henshaw sigue gorjeando y moviendo las orejas.

Algunos chicos proceden de granjas, y George piensa que huelen a vaca. Otros son hijos de mineros y parece que hablan distinto. George se aprende los nombres de sus condiscípulos: Sid Henshaw, Arthur Aram, Harry Boam, Horace Knighton, Harry Charlesworth, Wallie Sharp, John Harriman, Albert Yates

Su padre dice que va a hacer amistades, pero no sabe muy bien cómo se hace eso. Una mañana, Wallie Sharp se le acerca por detrás en el patio y le susurra:

-Tú no eres de los nuestros.

George se da media vuelta.

-Encantado, yo me llamo George -repite.

Al final de la primera semana el señor Bostock les pone un examen de lectura, ortografía y sumas. Comunica los resultados la mañana del lunes y después cambian de pupitres. George es bueno leyendo del libro que tiene delante, pero falla en ortografía y aritmética. Le dicen que se quede al fondo del aula. No lo hace mejor el viernes siguiente, ni el otro. Está ya rodeado de hijos de granjeros y de mineros que no se preocupan de dónde les sientan, y que más bien consideran una ventaja estar más lejos del maestro, porque pueden comportarse mal. George siente que poco a poco le están alejando del camino, la verdad y la vida.

Bostock golpea la pizarra con un pedazo de tiza.

- Esto , George, más esto -(toc)-, ¿es igual a qué -(toc, toc).

Todo está borroso dentro de la cabeza de George, que aventura una cifra:

-Doce -dice, o-: Siete y medio.

Los chicos de las primeras filas se ríen, y los hijos de granjeros se les unen cuando se dan cuenta de que la respuesta es incorrecta.

Bostock suspira, mueve la cabeza y pregunta a Harry Charlesworth, que siempre está en la primera fila y tiene la mano continuamente levantada.

-Ocho -dice Harry, o-: Trece y un cuarto.

Bostock mueve la cabeza en dirección a George para indicarle lo burro que ha sido.

Una tarde, en el camino a la vicaría, George se hace sus cosas encima. Su madre le desnuda, le mete en el baño, le restriega, vuelve a vestirle y le lleva a ver al padre. Pero George no puede explicarle por qué, a sus casi siete años, se ha comportado como un bebé de pañales.

Ocurre de nuevo y otra vez más. Sus padres no le castigan, pero la decepción evidente que les causa su primogénito -lerdo en la escuela, un bebé en el trayecto a casa- surte el mismo efecto que cualquier castigo. Hablan de él por encima de su cabeza.

-El niño ha heredado tus nervios, Charlotte.

-En todo caso, no puede ser la dentición.

-Podemos descartar un resfriado, porque estamos en septiembre.

-Y un alimento indigesto, ya que a Horace no le ha afectado.

-¿Qué queda?

-La última causa que menciona el libro es el miedo.

-George, ¿tienes miedo de algo?

George mira a su padre, al alzacuello reluciente, la cara ancha y seria de encima, la boca que habla la verdad a menudo incomprensible desde el púlpito de St. Mark y los ojos negros que le ordenan que diga la verdad. ¿Qué va a decir? Tiene miedo de Wallie Sharp, de Sid Henshaw y de algunos más, pero decirlo sería denunciarlos. De todos modos, no es lo que más le asusta. Al final dice:

-Tengo miedo de ser un estúpido.

-George -contesta su padre-, sabemos que no eres un estúpido. Tu madre y yo te hemos enseñado las letras y las sumas. Eres un chico despierto. Sabes sumar en casa pero no en la escuela. ¿Puedes decirnos por qué?

-No.

-¿El señor Bostock os enseña de un modo distinto?

-No, padre.

-¿Has dejado de intentarlo?

-No, padre. Las sé hacer en el libro pero no en la pizarra.

-Charlotte, creo que deberíamos llevarle a Birmingham.

Traducción: Jaime Zulaika

* * *

Crímenes de la memoria

Fue el caso más curioso con el que tuvo que lidiar, para su desconcierto, la policía de Staffordshire. En febrero de 1903, en el pequeño pueblo de Great Wriley, al noroeste de Birmingham, se produjo una oleada de crímenes, una orgía de mutilaciones, un baño de sangre sin causa. Los animales eran atacados por la noche... las vacas, las ovejas, los caballos, los ponis eran apuñalados, destrozados, descuartizados, desollados y ensartados con tan nefasta y pertinaz determinación que el oficial a cargo de la investigación temía por la cordura del autor de los hechos de sangre. Peor aún, sospechaba que el lunático en cuestión podía llegar a desplazar su atención de los seres de cuatro patas a los de dos; que si no se detenían sus estragos a la brevedad, muy pronto tendrían un asesino suelto. Había que encontrar al culpable de inmediato, antes de que la situación se convirtiera en una verdadera tragedia.

Entonces... un arresto. El hombre en cuestión era un joven abogado, el hijo mestizo del vicario parsi de la localidad. Era un torpe y retraído tipejo que todavía vivía en la rectoría con sus padres y que no parecía tener ni un solo amigo. Se llamaba George Edalji y no era la primera vez que había sido objeto del escrutinio policial. Una década atrás, cuando su familia había sido víctima de una campaña persecutoria (anónimos injuriosos, proclamas infamantes, perversas bromas de mal gusto), se había descubierto que, inexplicablemente, George era el principal sospechoso. Cuando, en la época de las mutilaciones del ganado, las cartas anónimas empezaron a aparecer una vez más, la policía aprovechó la oportunidad para reactivar sus sospechas.

Las ruedas de la injusticia avanzan con rapidez sorprendente. En octubre, George fue juzgado y condenado sobre la base de pruebas circunstanciales: por haber salido a caminar las noches de los crímenes, por poseer una navaja, porque se había encontrado barro sus botas y pelos en su chaqueta. El juez lo sentenció a siete años de trabajos forzados, una condena extraordinariamente severa considerando que el acusado del caso más oprobioso del que se tenía memoria -Oscar Wilde- había sido sentenciado solamente a dos años. Y cuando George Edalji se adaptó a la vida en la cárcel, las mutilaciones, las agresiones y las cartas anónimas no cesaron.

Finalmente fue liberado tras tres años de cárcel, sin ninguna explicación ni disculpa. Culpable y posiblemente desquiciado a los ojos de la sociedad, imposibilitado de ejercer como abogado, Edalji procuró limpiar su nombre, buscando compensación, perdón, algún reconocimiento del daño que se le había hecho.

Cuando, predeciblemente, el sistema legal se mostró glacialmente indiferente, George recurrió a la prensa y publicó una crónica de su ordalía en The Umpire . Así fue como el caso llamó la atención de uno de los hombres más celebrados de la época, Arthur Conan Doyle, novelista, espiritista, padre del relato policial, hombre de familia, a veces político y entusiasta aficionado al cricket, quien sabía reconocer con sólo verlo un fallo escandalosamente erróneo de la justicia y que, con la determinación y el celo de un cruzado, se lanzó a limpiar el nombre de George Edalji.

Nada de todo esto sugiere necesariamente la existencia de material fecundo para Julian Barnes. Sin embargo, Barnes ha tomado los hechos del caso Edalji para urdir en torno a ellos una larga novela: Arthur & George , un agudo retrato de la Inglaterra eduardiana, una disquisición sobre las tensiones entre la ley y la justicia y una convincente visión íntima de dos hombres que tenían entre sí más cosas en común de las que creían. Como en la novela anterior de Barnes, Hablando del asunto (1991), y en su secuela Amor, etcétera (2000), el relato se devana a través de una diversidad de voces y puntos de vista, que rivalizan por la preeminencia narrativa, compitiendo por la verdad. El libro marca el retorno a uno de los temas más resonantes de la obra de Barnes: la maleabilidad del pasado, la poca confiabilidad de la historia... algo que la creación más famosa de Doyle podría haber llamado "El caso del chanchito escurridizo".

"¿Cómo asimos el pasado?", pregunta Geoffrey Braithwaite, el héroe de El loro de Flaubert (1984), recordando un incidente que presenció en su juventud, cuando alguien soltó, en un salón atestado, un chanchito cubierto de grasa. El animal se retorció y chilló y eludió con determinación su captura mientras la gente se tropezaba, caía y adoptaba las poses más absurdas en sus infructuosos intentos de atraparlo. "El pasado -cavila Braithwaite- con frecuencia se comporta como ese chanchito."

En la obra de Barnes, la historia es inherentemente poco confiable, apenas un constructo del presente. Piénsese en la larva de carcoma, un polizonte que cuestiona la versión ortodoxa del Arca de Noé en Una historia del mundo en diez capítulos y medio (1989), o en Inglaterra, Inglaterra (1998), en la que se construye un elaborado simulacro de la nación en la Isla de Wight, con los grandes éxitos de la historia británica, cínica pero lucrativamente fabricados para satisfacer las demandas del turismo. Una y otra vez Barnes nos advierte que confeccionamos el pasado a medida para sentirnos mejor con nuestro presente.

Arthur & George se inicia con sus protagonistas reflexionando sobre el fenómeno de sus primeros recuerdos. Arthur se recuerda de niño, subiendo las escaleras hasta una habitación, abriendo la puerta y viendo, boquiabierto y con ojos desorbitados, lo que había en el interior: el cadáver de su abuela, huesudo y frío, "una cosa blanca, como de cera", tal como lo describió más tarde. Parece tan adecuado para el autor de las historias de Holmes, de un morboso goticismo tan apropiado, el claro origen de ese rojo ovillo de mortalidad que devanaría durante toda su vida. Pero no es también demasiado conveniente, pregunta Barnes. ¿No es sospechosamente adecuado que el primer recuerdo de Doyle sea el de algo tan macabro? ¿Por qué un cadáver y no algo más prosaico, como su madre inclinada sobre el fregadero o su padre en el baño? ¿Es posible confiar en la memoria? George, por su parte -el impasible y poco imaginativo Edalji- no tiene ningún recuerdo primero, ningún atisbo primordial de lo siniestro, ningún encuentro fundacional con lo Unheimlich . Se pregunta si no podrá inventarse algo.

Esta cualidad engañosa de la memoria -este fenómeno de los resbalones históricos- vuelve a hacerse evidente en la minuciosa reconstrucción que hace Barnes del juicio de Edalji. Su inculpación puede haberse basado en hechos meramente circunstanciales y puede haber estado cribada de contradicciones, pero resulta ser suficientemente convincente como para persuadir al jurado de la culpabilidad de George. Cuando Doyle se involucra en el asunto, empieza a construir una nueva acusación contra un residente local que, según le parece, no presenta fisuras. Las pruebas inculpadoras comprenden una colección de cuchillos ensangrentados, una experiencia en el rubro carnicería, un odio implacable hacia el ganado... pero, sometido a un examen más detallado, todo esto demuestra ser una elaboración tan desvencijada y barata como la que llevó a Edalji a la cárcel. Sólo después de la muerte de Arthur emerge algo semejante a la verdad. Un viejo peón, al que nadie había considerado sospechoso nunca, confiesa haber orquestado una campaña de treinta años contra la vicaría, haber escrito cartas obscenas y haber montado elaboradas bromas de mal gusto. Pero incluso entonces, no menciona para nada las mutilaciones. El pasado sale corriendo y chillando en dirección al horizonte, desafiándonos a atraparlo.

Y en el caso de Arthur Conan Doyle, nunca escasearon los cazadores. Al convertir al escritor en su protagonista, Barnes aborda una vez más a una de las figuras más familiares de la literatura victoriana que, a diferencia del centro de atención de El loro de Flaubert , nunca rechazó el estrecho vínculo entre el arte y la vida del artista. Es posible que sintamos conocer íntimamente a Doyle por las numerosas biografías, por su propio libro de memorias, el disculpablemente aséptico y parcial Memories and Adventures , incluso por la pantalla grande, donde con frecuencia ha sido encarnado por cierto tipo de actor de carácter en general irascible. Escritores que van de Kingsley Amis hasta Stephen Fry han tratado de emular su prosa, lo que le ha ganado la curiosa distinción de aparecer como él mismo en obras que son verdaderos pastiches de su propia obra. David Pirie ha escrito una serie de efectivos relatos policiales en los que un dr. Doyle joven encarna al Watson de su excéntrico profesor universitario Joseph Bell; The List of Seven de Mark Frost lo muestra como un Sherlock manqué en un relato que funde el interés del gran hombre por la criminología y por el espiritismo para lograr un thriller fantasmagórico y conspirativo.

Las intenciones de Barnes son más serias, pero hay algo casi perverso en la manera en que las secuencias iniciales de la novela describen los primeros cuarenta años de la vida de Doyle, esquivando con picardía algunos de los detalles más jugosos de su biografía: el padre loco, su aprendizaje con Bell, su época de marinero a bordo del buque ballenero Hope, la creación de la sociedad de Baker Street. Pero esos acontecimientos son los que han sido explotados hasta el agotamiento por generaciones de biógrafos, hagiógrafos, historiadores y cultores del pastiche. Al eludir conscientemente la cronología establecida y presentar como punto focal de la vida de Doyle algo que en cualquier otro relato figuraría como una mera anécdota, Barnes consigue aquello en lo que todos sus compañeros perseguidores del chanchito han fracasado: hacer que el material más familiar vuelva a resultar inusual, palpable, sorprendente y real.

Sin embargo, la historia está circundada por tantas estructuras, salvedades, desviaciones, paréntesis y apartes que nunca llega a cobrar ímpetu. La crítica que ha acechado siempre la carrera de Barnes -que es más ensayista que novelista- se aplica a veces en este caso, ya que sus digresiones, reflexiones y cavilaciones filosóficas arruinan cualquier posibilidad de que la narrativa cobre convicción. Con el desdén por el género del novelista literario, descarta la posibilidad de convertir el material en un sustancioso relato de misterio, una novela policial, un drama judicial. Sin duda no es vergonzoso, ni indigno ni filisteo procurar que el lector no dé vuelta la página llevado por una tibia curiosidad, sino por el ferviente deseo de saber qué ocurre a continuación. Sospechamos que Doyle podría haber tenido algunas sugerencias al respecto.

Con un poco de imaginación, podríamos ver llegar el ejemplar de Arthur & George a los hogares de los dos protagonistas, enviado a Sir Arthur cuidadosamente envuelto en papel marrón, y a George Edalji, en un paquete junto con el resto de los expedientes diarios, áridos y previsibles. También es fácil imaginar a Doyle sentándose a leerlo ante su escritorio y a George acurrucado junto a la chimenea en su despacho, una vez que sus colegas se han marchado, con su ejemplar tentativamente abierto en la portada. Doyle -maestro de la trama como mecanismo de relojería, archiprofesional del género de misterio lleno de sangre y fuego-, atusándose el bigote de morsa y frunciendo un poco al ceño en los primeros capítulos, buscando su lápiz para hacer algunas juiciosas correcciones. Podemos imaginarlo tachando decisivamente esas partes divagantes que se ocupan de la primera etapa de su vida, con una actitud firme pero justa con las acotaciones ensayísticas, haciendo una mueca de ultrajado disgusto ante las ocasionales excursiones de la novela en el terreno de su propia sexualidad. Se hubiera abocado a reforzar la malevolencia de la abogacía, a hacer más emocionantes las escenas del juicio y después, llevado por el entusiasmo, a agregar una escena de persecución, un asesinato, una muchacha en peligro, un chino siniestro, un veneno letal, una lucha a muerte y por fin, una derrota inequívoca y definitiva del mal. Pero Julian Barnes nos ha ofrecido una novela más sosegada, llena de los insatisfactorios cabos sueltos y de las mezquinas injusticias de la vida real, una novela que el plácido y amable George Edalji, volviendo las páginas de color crema junto a su chimenea, podría haber apreciado y entendido mejor... y que lo hubiera emocionado, halagado y conmovido más allá de lo expresable.

Traducción: Mirta Rosenberg

The Times Literary Supplement

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