
La amistad que hizo nacer una gran literatura
Por Bartolomé de Vedia De la Redacción de LA NACION
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Hay razones sobradas para pensar que Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares fueron amigos muy próximos durante más de medio siglo porque existía entre ellos una poderosa afinidad espiritual y una acentuada semejanza de inclinaciones y gustos personales.
Pero seguramente también podríamos encontrar motivos más o menos convincentes para defender la teoría opuesta: es decir, para sostener que estos dos espíritus extraordinarios de la Argentina del siglo XX compartieron una profunda amistad como resultado del principio –valorado en grado sumo por Aristóteles– de la armonía de los elementos contrarios.
Se ha dicho muchas veces que Goethe y Schiller cultivaron una fecunda amistad justamente porque tenían profundas diferencias de caracteres y calidades personales. Y es sabido que Carlyle y Emerson fueron grandes amigos –y produjeron una correspondencia intensa y rica– no porque alentaran visiones totalmente coincidentes de la vida y de los hombres sino precisamente porque discrepaban en todo o en casi todo.
Ricardo Sáenz Hayes, en su recordado ensayo "De la amistad en la vida y en los libros", se pregunta cuál es la razón por la cual dos espíritus superiores, dos intelectuales de exquisita formación humanística, se interesan, en determinado momento, el uno por el otro ¿Por qué se buscan? ¿Por lo que tienen en común o porque uno de los dos puede aportar lo que al otro le falta?
En el caso de Borges y Bioy Casares, hay algo que está fuera de toda duda, y es que los unía, por encima de todo, una devoradora pasión literaria.
En su imprescindible libro "Borges, esplendor y derrota", María Esther Vázquez dice que Borges y Bioy "mantuvieron una entrañable amistad inglesa: compartieron el humor, la risa, los libros, la creación, la crítica, amigos comunes, antipatías, burlas, ciertos fervores, pero rara vez la confidencia". Dice también que la amistad de Bioy fue una de las cosas que más felicidad y alegría le dieron a Borges en la vida.
Bioy, por su parte, declaró en sus "Memorias" que Borges era para él la literatura viviente. "Para mí, la amistad con Borges fue un regalo de la suerte: fue la primera persona que conocí para quien nada era más importante que la literatura."
Estilos compartidos
María Esther Vázquez, que tan profundamente los conoció a los dos, afirma que "Georgie" y Adolfito -como se los llamó durante toda la vida- compartían los mismos gustos literarios, el mismo estilo de refinamiento intelectual, el mismo sentido del humor y un "idéntico desdén callado ante lo abominable de cualquier origen".
Pero insiste en que fue una amistad carente o exenta de confidencias, porque más allá de las secretas e infinitas bromas que disfrutaron juntos, de los autores que amaron o descubrieron al mismo tiempo, de los libros que escribieron en colaboración, ninguno estaba al tanto de las circunstancias y las peripecias que el otro padecía en su esfera íntima y privada.
Según María Esther, un respetuoso pudor les vedaba el camino de la confidencialidad. Y Borges estaba orgulloso de esa amistad estricta, de esa amistad "en estado puro".
Ahora bien, si reunían todas esas coincidencias, ¿en qué se diferenciaban? Probablemente, en cuestiones sutiles, que precisamente porque no eran demasiado visibles u ostensibles adquirían, en la sensibilidad portentosa de esos dos argentinos irrepetibles, una significativa importancia.
Decía Borges, por ejemplo: "En contraposición a mi reconocido gusto por lo patético, lo sentencioso y lo barroco, Bioy me ha hecho sentir que la calma y la moderación son rasgos mucho más valiosos y deseables". Solía decir Borges, asimismo, que aunque él era el mayor de los dos, cuando empezaron a trabajar en colaboración "el maestro era siempre Bioy".
Por su parte, Bioy Casares describió así la relación: "Borges y yo creíamos que la literatura era lo más importante de nuestras vidas. Pero él era mucho más coherente que yo, porque llevaba su pensamiento hasta las últimas consecuencias y sostenía que la literatura era más importante que la verdad. En realidad, él consideraba que la realidad es una mera expresión de la literatura. Siempre pensé que ése es el mayor homenaje que se le puede tributar a la creación literaria".
El amor y la literatura
Borges y Bioy discrepaban, especialmente, sobre el rol del amor en la literatura. Borges, a pesar de que en la vida real se enamoraba con frecuencia, o tal vez por eso mismo, tenía un prejuicio en contra del amor literario.
Era bastante más épico que Bioy y exhibía cierto rechazo por la parte intimista de las historias. Cuando Bioy le objetaba esa postura, rayana en el puritanismo, Borges se lo agradecía profundamente porque consideraba que su amigo, al llamarle la atención sobre ese punto, lo estaba rescatando de una perturbadora y oscura superstición. Así lo cuenta Bioy en el capítulo 20 de sus "Memorias".
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares se conocieron en 1932 durante un almuerzo en la casa de Victoria Ocampo, en San Isidro. Ese día, la fundadora de Sur presentaba, como era habitual en ella, a un importante invitado extranjero. Como Borges y Bioy se pusieron a hablar entre ellos, la dueña de casa les llamó severamente la atención: "¡Dejen de hablar entre ustedes y atiendan al señor Fulano de Tal!".
Algunas fuentes dicen que Victoria Ocampo usó un lenguaje mucho menos académico. Pero Borges y Bioy no le hicieron demasiado caso: continuaron hablando el uno con el otro durante mucho más de medio siglo. Aunque ellos tardaron en darse cuenta, el imaginario argentino -por no decir "la historia"- los estaba escuchando.

