
La autonomía del color
En sus cuadros más recientes, Miguel Ocampo se desprende del tema. Ana Eckell, en cambio, realiza un intrincado despliegue iconográfico.
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LA extensa trayectoria del arquitecto y pintor Miguel Ocampo prueba que es un artista riguroso y sensible, desde el comienzo de su actuación pública, iniciada en París, donde, en 1950, realizó su primera muestra individual. Dos años después y ya en nuestro país, integró el grupo Artistas modernos de la Argentina, creado por iniciativa de Aldo Pellegrini. Ese grupo tenía dos ramas: la de los concretos y la de los independientes, entre los cuales figuraba Ocampo. Cuando el grupo se disolvió, en 1954, Ocampo continuó solitariamente su carrera, en la que se alternan por períodos la figuración y la abstracción.
La exposición que presenta la galería Van Eyck señala esa oscilación, porque tiene dos partes bien diferenciadas. Ambas muestran la producción reciente del artista (las obras más antiguas son de 1997), pero una es figurativa y la otra, decididamente abstracta. Los cuadros con referencias directas a la naturaleza son cronológicamente los primeros (a excepción del que figura en el catálogo como número 2, que puede asociarse con el cielo en una noche de luna). Pero allí, a diferencia de lo que ocurre en los anteriores, la alusión es involuntaria o, en todo caso, proviene de una mera coincidencia entre el hecho físico y el psíquico.
Por lo demás, se infiere que la tendencia más reciente de Ocampo es evitar la representación y avanzar en el terreno de la no figuración más absoluta. En ese sentido, la exposición no deja dudas, más aún, muestra parte del proceso que conduce en principio, a la sublimación de los referentes temáticos y, por último, el desprendimiento de todo lo que pueda relacionarse con circunstancias visibles del entorno. La sutileza y el refinamiento se manifiestan de un modo cada vez más espiritualizado; el fin es desmaterializar la imagen y exaltar la autonomía del color.
De un total de dieciséis obras, sólo dos llevan título: El origen y Vacío germinal (ambas de 1999). De todos modos, esa orientación sobre la idea madre que las inspira no es suficiente para traducirlas mediante una circunstancia narrativa. No obstante, diremos que la primera tiene un movimiento circular y es algo más explícita en las formas, configuradas en espiral tal vez para impedir la fijación de la imagen, como sucede también con la pintura sin título de 1997, identificada con el número 13, de constitución arremolinada y centrípeta. Algo inverso sucede con el acrílico de 1999 que lleva el número 10, cuyos ritmos curvos se superponen y tienden a desarrollar una imagen dispersiva.
En Van Eyck, Santa Fe 834. Lunes a viernes de 11 a 21. Sábados de 10.30 a 13.30.
Horror vacui
Ana Eckell expone en la Fundación Andreani un notable conjunto de pinturas, dibujos y grabados. La confección casi automática de las imágenes, que la artista superpone y yuxtapone, les da, a primera vista, la apariencia de una totalidad ágil y vivaz. El dinamismo de la iconografía estimula la imaginación y permite considerar lo colectivo como una unidad.
Pero sucesivas lecturas enriquecen lo que el observador puede descubrir y a menudo, no hay entre las imágenes una relación directa de significado. Su interacción, salvo en lo visual, es más aparente que real, está hecha de correspondencias secretas y de analogías formales cuyo agrupamiento destaca diferentes intensidades y planos expresivos. En realidad, muchas de las pequeñas imágenes flotan en el espacio que las contiene y las relaciona gráficamente, pero se resuelven de manera autosuficiente, como si fuesen indiferentes entre sí. Hay varios núcleos de atención en cada obra que se unen, no tanto por el tema o la univocidad del impulso creador, como por el aire de familia que el estilo les confiere.
Detalles que podrían vincularse con los de los cómics crean historias o historietas imaginarias para el espectador, pero verdaderas para Eckell, cuyo despliegue figurativo revela la tendencia a expresar por medio de la sátira lo que manifestado de otro modo podría resultar dramático. La obra es intrincada, algo caricaturesca y suele definirse por la línea, más que por el color. Leyendas e inscripciones acompañan las imágenes y contribuyen a darles movimiento.
Eckell es una dibujante excepcional, cuya gracia estriba, en parte, en la soltura de su trazo, a menudo largo y envolvente, pero también, en su manera espontánea de criticar, como si no se lo propusiese. Lo hace mediante múltiples escenas de acción que muestran los saltos del pensamiento. Nadie ni nada está quieto. Todo lo que sucede parece que se podría contar, pero sería difícil hacerlo porque frecuentemente habría que completar las ideas: abundan los repentismos, las ocurrencias y las anotaciones que se interpolan con números de teléfonos, fechas o recordatorios de circunstancias casuales.
Muchos de los dibujos parecen borradores en los que, de manera improvisada, se acumulan pequeñas circunstancias u obligaciones de la vida diaria que, si no fuese por ese registro, serían olvidadas. La realidad casera se manifiesta así fragmentariamente, pero da una imagen del mundo en la que lo humano es invariablemente el núcleo inspirador. Conocer el orden temporal de la sucesión de acontecimientos -algunos importantes y otros insignificantes- podría quizás servir para reconstruir ciertos momentos con alguna facilidad. Pero, presentados simultáneamente, adquieren una complejidad inescrutable. Ese cruce de retazos gráficos del pensamiento identifica a Eckell como a una artista en la que prevalece la acción sobre la reflexión.
No hay mojigatería en los dibujos, particularmente en los más pequeños, aunque su desenfado se revele con una mordacidad que parece inocente. En realidad, tienen un trasfondo introspectivo y, por momentos, picaresco. (Hasta el 28 en la Fundación Andreani, Suipacha 235).



