
La cara oculta de los coleccionistas
Las motivaciones que impulsan a adquirir obras varían según las épocas; en la actualidad parecen predominar el placer de la experiencia consumista y la repercusión mediática
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"La afición a coleccionar, dice Maurice Rheims, es una suerte de juego pasional." Pero más allá de esa cuestión, sin duda auténtica, existen otras motivaciones, muy diversas, que impulsan a los coleccionistas en todas las épocas. No son coincidentes los intereses de los Medici, los Fugger (mecenas de Durero), Frederic Spitzer, Nissim de Camondo (su colección, en París, es un museo de arte decorativo del siglo XVIII), los Rothschild, Calouste Gulbenkian (su ecléctica colección de seis mil piezas se convirtió en un museo de Lisboa), Leo y Gertrude Stein, Peggy Guggenheim. La nómina es casi interminable.
El emperador Adriano (siglo I después de Cristo), uno de los primeros coleccionistas de la historia, según se afirma, buscaba el puro placer estético; en el Renacimiento, el interés de los Medici era el prestigio. Otros coleccionistas exhibían su poder. Mucho después, hacia 1920, la norteamericana Katherine Dreier entendía el coleccionismo como una cruzada; junto con Marcel Duchamp y Man Ray creó la Société anonyme Inc. (antecedente directo del MoMA) con el fin de promover el arte moderno.
En contra del eclecticismo de la mayor parte de las colecciones, en la segunda mitad del siglo XX el italiano Giuseppe Panza di Biumo, uno de los mayores coleccionistas de arte americano, se limitó a reunir obras de un registro reducido de artistas, involucrados en su mayor parte en el minimalismo, el environmental art y el arte de concepto. La Fundación Guggenheim, en 1991 y 1992, adquirió 350 obras de esa colección, a las que después se sumaron otras 335 en concepto de préstamo a largo plazo. Entre los artistas elegidos estaban Carl Andre, Joseph Kosuth, Sol LeWitt, Robert Morris y Bruce Nauman.
"¡Sólo es arte!"
Durante los años ochenta apareció otro tipo de coleccionista, que no estaba motivado por una concepción del mundo o por una tendencia, sino por el gusto de desafiar el sistema. Un nombre emblemático de esta corriente es el del publicitario británico de origen iraní Charles Saatchi (Bagdad, 1943), quien tuvo a su cargo la imagen del partido conservador que llevó a Margaret Thatcher al gobierno.
En 1997, cuando en la escena internacional existía una orientación inclinada hacia la provocación ( shock art ), Saatchi presentó en la Royal Academy of Arts de Londres al grupo Young British Artists. La muestra, titulada Sensation Young British Artists from the Saatchi Collection , provocó notable malestar; la crítica adversa se fundaba en que lo exhibido no era más que una proliferación de obscenidades, de extravagancias y de excrementos. Entre otros, exponían los escandalosos hermanos Chapman, Damien Hirst, Tracey Emin, Mona Hatoum y Ron Mueck.
En mayo de 2004, en el incendio producido en una empresa de almacenamiento de obras de arte, en Londres, se destruyeron más de un centenar de piezas de la colección Staachi, en particular de los Young British Artists. La prensa afirmaba que era una tragedia para la cultura británica. Por el contrario, Dinos Chapman exclamó: "Ya volveremos a hacerlo. ¡Sólo es arte! Trasgresión más cobertura de medios, es igual a dinero a montones".
Una generación de más reciente aparición es la del neoyorquino Adam Lindemann, para quien "la pintura siempre luce mejor cuando alguien te ofrece dos, tres o diez veces más de lo que invertiste". En 2004, el joven coleccionista publicó un libro con entrevistas y algunas opiniones propias, con el titulo Coleccionar arte contemporáneo . En esas páginas se advierte el escenario en el que se despliega el nuevo coleccionismo: un grupo en exceso frívolo, millonario y mercantilista. Casi todos son herederos de grandes fortunas, con edades que oscilan entre los 30 y los 40 años. No hay dudas de que han encontrado en el mundo del arte y, en particular en el mercado, un estilo de vida que les permite exhibirse de manera divertida, aparentado algún rasgo de cultura actualizada.
Lindemann presta escasa atención a los artistas; "a los creadores -afirma- hay que conocerlos y dejar que se expliquen, pero no hay que hacerles caso pues suelen equivocarse al valorar su propia obra". Los únicos que interesan son el marchand y el coleccionista, el asesor artístico y el experto de las casas de subastas. Los curadores, continúa, "creen que son los que más saben, pero son aburridos y tienen prejuicios con las obras comerciales".
En otra parte, el coleccionista señala que "el arte contemporáneo se está convirtiendo a toda prisa en un importante acontecimiento social". Todo es divertido e internacional, fascinante. Además, es un hecho que en ese círculo la mención del precio sustituye cualquier opinión sobre la olvidada "experiencia estética".
Como señala el crítico alemán Wolfgang Ullrich, la misión del coleccionista hoy se cumple en el acto de comprar. No le interesan las teorías ni los argumentos; se complace con las experiencias consumistas. Por otra parte, de manera inesperada, los poseedores de grandes cantidades de obras de arte han logrado en los últimos años una notable presencia en periódicos, revistas o publicaciones especializadas. Según parece, a muchos lectores les interesan sus historias.
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